TODA UNA VIDA
"Prolija Memoria, permite siquiera
que por un instante sosieguen mis penas.
Afloja el cordel que, según aprietas
temo que reviente si das otra vuelta..."
Endechas Sor Juna Inés de la Cruz
Con esta endecha de la ilustrísima Décima Musa quiero empezar el ensayo final de mi clase de inglés pues faltando una semana para entregarlo y con el tema libre a elegir, me he decido a escribir sobre las experiencias que he vivido en el transcurso de mi vida. Y empiezo con ella, no porque me sienta abrumado por mi pasado, sino porque pensando en el pasado puedo proyectarme hacia el futuro.
Bien. Empezaré diciendo que soy originario de un pueblito del municipio de Angangueo, Michoacán. Fui el tercero de siete hermanos, el tercer hombre de una familia de nueve miembros. Mi padre tenía la única tienda del pueblo y por esa razón, no tuve ninguna necesidad de trabajar directamente en el campo, aunque si tuve relaciones con los campesinos y sus familias pues ellos venían cada sábado a comprar a nuestra tienda.
Desde los cinco o seis años de edad, tuve la sensación de que era diferente. En ese entonces no tenía muy claro del por qué no era igual a los demás chicos pero definitivamente, esa sensación prevaleció por mucho tiempo en mi vida. Recuerdo que cuando tenía diez u once años de edad, ya sabía que había hombres muy amanerados y algunos incluso se vestían con ropas de mujer, pero yo no creía ser así, no me identificaba con ellos. Pero la gente de mi pueblo se encargó de hacerme sentir como un excluido y rechazado en mi propia comunidad, diciéndome los nombres que les decían a los otros sin yo saber el por qué. Todos en el pueblo me gritaban nombres que en aquella época no entendí su significado e incluso mi mismo padre se encargarba de disciplinarme muy duramente en lo que para él significaba ser “un hombrecito”, lo cual en ocasiones me tumbó a la cama por las golpizas que me propinaba.
Un hecho vino a marcarme para siempre y a querer salir de ese pueblo que, como diría Cervantes “de cuyo nombre no quiero acordarme”. Era la graduación del sexto grado y yo había sacado altas calificaciones por lo que otro niño del grupo se acercó para felicitarme y me estaba dando un abrazo cuando su madre, quien estaba unos dos o tres metros lejos de nosotros, gritó “¡No hagas eso! Retirate porque se te puede pegar también” Mi compañero, no supe si sabía a lo que se refería su madre o no, pero se apartó de mi como si estuviera yo apestado. Eso me marcó para mi próxima juventud y muchos años más de mi vida. En la secundaria me convertí en el adolescente más aislado del mundo pero encontré consuelo en los libros. Descubrí en la lectura una forma de irme lejos, muy lejos del lugar donde habitaba y a los doce años me puse el propósito de salir del pueblo, tarde o temprano.
Terminé la secundaria con honores pero totalmente solo. No podia continuar en el pueblo mi educación pues no teniamos preparatoria, a la cual tendría que ir a Angangueo, si mi padre lo deseaba. Pero no, mi padre me negó esa oportunidad al decir que con que mis dos hermanos mayores estudiaran era suficiente y que le tendría que ayudar en la tienda. Mi madre, como era la costumbre, nunca opinó lo contrario, a pesar que en nuestras pláticas se mostraba muy solidaria para conmigo. De ella guardo un dulce recuerdo pues era mi oasis en ese desierto en que se había convertido el pueblo para mí y en ocasiones también el ambiente hogareño.
Como ya había decidido salir de ese lugar, ahorre centavo por centavo los tres años que trabajé para mi padre hasta juntar lo suficiente para pagar mi viaje hacia los Estados Unidos pues era un lugar atrayente y misterioso. Lugar al que muchos de mis paisanos iban y venían, del que hablaban mucho entre ellos y yo paraba la oreja cuando iban a tomarse una cerveza a la tienda. Mi curiosidad y mi imaginación hicieron que me creara un mundo maravilloso en ese país.
Mi madre había fallecido un año antes, así es que el día que decidí irme, a los dieciocho años cumplidos, cogí dos mudas de ropa y todo el dinero ahorrado, del cual no quedaba mucho pues ya le había pagado a la persona que me llevaría al Norte y sin despedirme de mi padre ni de mis hermanos, salí de mi casa para no volver nunca (o por lo menos hasta hoy) pues ya no había nada que me atara al lugar.
La persona que nos conduciría al Norte nos esperaba en la plaza del pueblo con una camionetita donde ibamos diez personas. La ruta era llegar a Angangueo, después Morelia y de ahí tomar un autobus hacia Tijuana.
La emoción que sentía por lo que me esperaba fue tan fuerte, que casi no comí durante la travesia. Solamente tomaba mucha agua y alguna que otra fruta hasta que llegamos a Tijuana. Ahí nos quedamos en varias casas donde nos dividio la persona que, después supe, se le decía “pollero”. Yo y un matrimonio jóven con un niño en brazos, nos quedamos en una de las casas. Nos dejó ahí para pasar la noche y al siguiente día nos iría a buscar. Dormimos y al día siguiente lo estuvimos esperando inutilmente pues nunca llegó, la dueña de la casa nos dijo que era muy frecuente que eso pasara y que ahora tendríamos que arreglarnos para cruzar solos pero que teníamos que dejar la casa pues el pollero solamente le había pagado por una noche.
Salimos los tres preguntándonos “Y ahora, ¿qué?” El marido, que ya habia tenido previas experiencias nos dijo que nos fueramos al zócalo para conseguir a un “coyote” que nos cruzaría pero que eso nos iba a costar una lana. Yo hice cuentas mentales y apenas traía cinco mil pesos y le pregunté que cuanto él creía nos cobraría “Pos como tres mil dolares”, dijo. ¡Chin! Y ora que hago, me dije. Nos fuimos caminando a la plaza y cuando llegamos la gente que había en el lugar nos fue separando y nunca más los volví a ver.
Solamente una idea tenía en la cabeza: cómo conseguir lo que me falta. El mundo casi se me vino encima pero como decía mi madre “Dios aprieta, pero no ahorca”.
Me senté en una banca de la plaza para pensar mejor y un chavo, como de unos veinte años se me acercó y me empezó a hacer plática. Entre plática y plática, le fui contando lo que me pasaba y lo que estaba apurado. El se sonrió y me preguntó “¿cuánto ajustas?”. Le contesté, cinco mil. Me dijó, “si confias en mí, yo por esa cantidad te pasó”. Yo no podría creer en mi suerte y le dije que no tenía otra opción pero que si el tenía experiencia, me pondría en sus manos pero con la condición de que le entregaría el dinero hasta que estuviera del otro lado. “¡Juega!”, dijo. Nos pusimos de acuerdo de esperar la noche y mientras nos fuimos acercando a la barda que divide los dos paises pero antes de llegar me señaló un pequeño arbol y dijo: “Aquí descansaremos un rato pues la caminada va a estar dura del otro lado”. Dicho y hecho, se sentó y yo junto a él.
Estaba yo durmiendo cuando me zarandeó y me dijo “¿listo?” Me desperté por completo y le dije “A la hora que digas”. Las sombras, los escazos matorrales y el calorsísimo que se sentía, fueron los mudos testigos de como iba a dejar mi patria. Pasamos por un claro y me metió a una alcantarilla. A gatas nos fuimos introduciendo al territorio estadounidense, el viaje duró como media hora, no mucho. Como él iba adelante, sacó primero medio cuerpo de la alcantarilla y me dijo “parece que están por otro lado, así es que apurate y sigueme”. Se paró y echó a correr hacia unos matorrales. No habíamos avanzado ni cincuenta metros cuando escuchamos muy cerca el ruido de un helicóptero. “¡Aguas! El mosquito”, gritó.
Me empujó y nos fuimos rodando juntos hasta que nos estrellamos con unos matorrales que nos cubrian. El se quedó abrazándome por la espalda y estaba muy pegado a mí. Por encima de nosotros el dichoso “mosquito” sobrevolaba y con un potente reflector pasaba una y otra vez en su búsqueda pero afortunadamente el arbusto nos cubría lo suficiente para ocultarnos.
El ruido cesó pero él no me soltaba. Le pregunté: “¿tendremos que esperar mucho?” Y contestó: “no, solamente unos momentos para asegurarnos de que se haya ido completamente”. En la misma posición estabamos, el abrazándome por la espalda pegadito a mi, yo sentía su aliento en mi oreja que pasó, de agitado a quieto y nuevamente empezó a agitarse. Comenzó a acariciarme el pecho y a besarme la nuca. Eran mis primeras caricias y yo estaba temblando ante lo desconocido. Acercó más su pelvis y mis nalgas pudieron sentir su verga parada, la cual sentí a pesar de sus y mis pantalones. Yo me quede inmóvil, no sabía qué hacer y comencé a temblar. El fue bajando un brazo diciéndome al oído “Shu, shu, no te espantes que te va a gustar, su mano alcanzó mi entrepierna y empezó a sobar mi verga la que para ese momento ya estaba paradísima. Se estuvo frotando contra mi cuerpo un rato y con su mano comenzó a desabrocharme el cinturón. Me desabrochó el pantalón y me fue bajando lentamente el cierre. Yo, inmóvil, titiritando, frío y hasta creo que sudando a pesar de que a esa hora ya empezaba a sentirse frío. Sacó mi verga y me dijo: “La tienes gordita como a mi me gustan” y comenzó a masturbarme. ¡No atinaba a hacer absolutamente nada! Era mi primera vez y yo como un idiota. Ahora me acuerdo y sé lo que pudiera haber hecho.
Dejó de masturbarme para poder bajarse sus propios pantalones, por supuesto después de haberme bajado los mios. Como me tenia bien agarrado de la espalda, empezó a frotar su miembro contra mis nalgas intentando penetrarme pero como la posición no era muy adecuada, me puso boca abajo y subiéndome la camisa y la chamarra, así como las de él también, oí como se escupia en una mano y se unto su saliva en su verga, volvió a escupir y ahora fue mi culo el que recibió la saliva. Una vez ya lubricado, empujó su verga dentro de mi cuerpo produciéndome un dolor de los mil demonios, intenté safarme pero el puso todo su peso sobre mí y solamente me pude mover a los lados. Me dijo: “Afloja, no aprietes tanto porque te dolerá más. El chiste es que podamos gozar tanto tu como yo” Después de oir su consejo, lo seguí y dejé la tensión a un lado pues mi cabeza voló hacia mi pueblo y me dije “¡Así es que por esto me despreciaban tanto!” solamente alcancé a decirle, “¡es mi primera vez!” A continuación me afloje todo y su verga lo sintió. El procedió a salirse y fui sintiendo como su verga iba saliendo completamente de mi culo, centímetro a centímetro. El hizo gala de maestría al hacerlo porque después de la primera vez que salió, solamente placer sentí. Una vez casi afuera pues su cabeza la dejó adentro, volvió a la carga y nuevamente sentí como su pedazo de carne me perforaba nuevamente pero ahora con mucho placer para ambos.
Así continuo por varios minutos y una vez que se dió cuenta del placer que me estaba proporcionando empezó un movimiento fuerte de cadera y sentía sus huevos chocando contra mis nalgas, lo que en mi inexperiencia me pareció muy cachondo, erótico y sensacional. Después de comenzar la fuerte cogida, sin salirse de mí, me agarro de las caderas y me levantó poniéndome de rodillas, él se medio incorporó con las rodillas dobladas y comenzó la gran primera cogida que me dieron en este mundo. Pasaron algunos otros minutos y terminó con un gran grito de satisfacción y con convulsiones que creí le iba a pasar algo. Pero no, acabó y se dejó caer a mi lado. Dijo: “esta ha sido una muy buena cogida y ¡nunca me había tocado un virgencito! Dame unos minutos y ahorita podemos volver a jugar”
De rodillas había quedado yo con mi esfinter palpitando de gusto al aire pues había sido estrenado. Por primera vez vi su cara detenidamente. No era exactamente guapo pero el bigote que usaba lo hacía ver mayor de lo que era. Su piel era morena clara y según me dijo, era originario de Tijuana. Tenía unos labios carnosos y con los ojos cerrados, sus pestañas eran muy largas lo que cuando abrió sus ojos, le dieron una dimensión diferente a su mirada. Mi corazón latía aceleradamente y todavía no atinaba a qué hacer. Estaba descubriedo el sexo por primera vez, con un tipo al que no conocía, en una zona desértica pero el único sentimiento que sobresalía de los muchos que tenía era el de alegría, me sentía totalmente liberado de una carga que venía cargando desde que tenía uso de razón.
En esas cavilaciones estaba cuando se incorpora y me agarra de los hombros acercándome su cara y me dio el mejor y más delicioso de los besos con esos labios carnosos que tenía. Hasta ese momento pude reaccionar y también lo agarre de la cara y correspondí al beso (según mi leal saber y entender que tenía por esos días ya que no tenía ninguna experiencia previa de nada). Me acarició el cabello y continuaba besándome, sin separarnos nos fuimos levantando hasta quedar completamente parados y frente a frente. Con una de sus manos comenzo a jugar con mi verga y con la otra me fue deshabrochando la camisa. Una vez que la desabotonó, fue besando mis mejillas, mis orejas, mi cuello, mi pecho, se detuvo un rato jugando con mis tetillas y con el vello de mi pecho, fue besándome el abdomen hasta llegar a la zona genital donde se detuvo oliendo la zona hasta que, satisfecha su curiosidad, empezo a mamarme la verga, lentamente, primero la cabeza jugando con su lengua con ella. Se separó y me dijo: “como ya te había dicho, ¡tienes una gordita verga que me encanta!” Volvió a ponérsela en la boca y se la fue introduciendo en la boca hasta que sus labios tocaron mis vellos púbicos. La sensación era simplemente gloriosa, era la primera vez que me lo hacían y estaba fascinado por las sensaciones. Mi verga entraba y salía de su boca a su conveniencia y luego su atención comenzó a jugar con mis huevos. ¡Yo estaba que aullaba!
Regresó a mi verga y me masturbó con su boca hasta que no pude más y terminé en su boca. Como no sabía cómo expresar la satisfacción que sentía solamente di un tremendo resoplido y caí de rodillas porque no podia sostenerme en pie. Nuevamente me tomó entre sus brazos y comenzamos a besarnos. Primero muy inocentemente con besos en la boca, en los ojos, en las mejillas, en el pelo y todo eso, después fueron besos profundos de lengüita. Comenzamos a excitarnos de nuevo, nos incorporamos y estuvimos abrazándonos y besándonos efusivamente fuerte. Mi verga se percató que su verga también estaba parada y empezamos a restregarnos los cuerpos con frenesí hasta que el paró, se agacho y me dio unas buenas mamadas en la verga. Acto seguido, se incorporó, se dio la vuelta, se puso saliva en la mano y se la unto en su culo y me dijo “¡es tu turno!” Como yo no tenía ni la menor noción de qué hacer, me fue pegando su culo a mi verga y se la fue acomodando hasta que la punta entró, con un grito de satisfacción de su parte. Se detuvo un segundo y dijo “creo que la subestime de primera vista”. Mi verga se fue metiendo en su culo lenta pero segura. En ese momento sentí una gran presión en las sienes y creí que mi corazón estallaría de la emoción que eso me produjo. Una vez que sintio mi verga adentro preguntó “¿Ya sabes lo que tienes que hacer o te lo tengo que demostrar otra vez?” En seguida lo tome de la cintura y por primera vez me percate de que su piel era muy tersa y comencé a entrar y salir de él con mucha torpeza y fiereza al principio pero después ya le agarré el gusto y lo hice de maravillas, bueno, eso creo pues lo dijo asi. Mientras yo estaba en lo mio, el se agarró la verga y comenzó a masturbarse. Esta vez los dos terminamos juntos con un gran grito de ambos (pues ya había aprendido).
Se separó hasta que su esfínter se dió cuenta que mi verga había regresado a su tamaño original. Se volteó y me dio un gran y profundo beso otra vez y dijo: “¡Carajo! Nunca había cogido con alguien como contigo”. Me dio un fuerte abrazo y otro beso en la mejilla, se subió los pantalones y dijo “Ahora si, en chinga porque el camino es largo”. Procedí a subirme los pantalones y agarre la pequeña maleta donde traía mis escasas pertenencias y a caminar se ha dicho.
Caminamos toda la noche y llegamos en la madrugada a un ranchito. Dijo: “Yo conozco a alguien aqui que te puede ayudar a encontrar un trabajo. Esperame aquí que ahorita vuelvo” Me dejó parado en la entrada del rancho y se fue detrás de la casa grande. Lo mire alejarse y viendo su esbelta figura lancé un gran suspiro y dije: “A ese hombre lo voy a amar toda la vida”. Regresó momentos después con otro cuate que parecía tener la misma edad, más o menos. Me presentó y dijo “Soy Melquiades y vengo de Jalisco, mucho gusto. Llegas a buena hora porque nos falta gente pa’l trabajo. ¿Tienes experiencia en la cosecha de fresa?” Le dije que si, pos no tenia de otra. “¡Aceptado!”, dijo. Entonces se dió media vuelta y nos dejó solos, al hombre de mi vida (pensé) y a mí. El me dijo: “Bueno, yo ya cumplí mi parte. Ahi te quedas porque yo me regreso. ¡Que tengas mucha suerte!” Y me dio un fuerte abrazo ¡como los hombres, caray!. Me quedé petrificado, no sabía qué decir, las palabras se fueron dejándome abandonado, como él lo estaba haciendo. Se dió media vuelta y se fue alejando. Las lágrimas corrieron por mis mejillas pero de mi boca no salió ni una exclamación. Perdía al hombre de mi vida y lo estoy dejando ir (pensé). Enojado conmigo mismo me limpie furiosamente las lagrimas con la manga de la chamarra y me dirigí a la parte trasera.
Ahí descubrí que la casa cubría un cobertizo. Melquiades estaba parado en la puerta y me dijo: “Este será tu cuarto que compartiras con otros quince jornaleros. La jornada empieza a las cuatro de la mañana y se termina alrededor de las cinco, depende. Ganarás tres cincuenta la hora que comenzará a contar desde que empieces a trabajar hasta que se termine. Unas muchachas nos llevan al campo para almorzar y disponemos de treinta minutos. ¿Tienes alguna pregunta?” Como yo no tenía ni la remota idea de lo que iba a hacer, le dije que no. “Entonces –dijo- toma una colchoneta y una cobija, acomódala cerca de la ventana del cuarto pues los demás espacios ya están ocupados. Hoy, después de la jornada, podrás conocer a tus compañeros” Hice lo que me indicó y me acosté, como había caminado toda la noche y las emociones vividas la víspera estaban frescas, me quedé profundamente dormido.
Me desperté cuando fueron entrando los demás habitantes del cuarto, como estaba desorientado porque no me dí cuenta de inmediato donde estaba, ellos fueron ocupando sus lugares, se arropaban con sus cobijas y se tiraban en sus respectivos colchones. A mi lado quedó José María, a quien después supe le decían Chema. Me saludo y dijo que era de Michoacán también pero de un lugar cerca de Patzcuaro. Dijo que tenía algunas semanas de estar ahí y que se sentía muy a gusto porque estaba acostumbrado a trabajar en el campo y se veía que no se agotaba mucho como los otros pues después de un rato, casi todos empezaron a roncar y él continuó platicando. Contó que venía buscando nuevos horizontes, que sus padres ya habían fallecido y que él estaba solo en el mundo pues aunque tenía otros hermanos, ellos eran más grandes que él y tenían sus propias vidas ya hechas, que tenía veinte años y que le gustaría formarse un futuro en este país porque ya no tenía para qué regresar a México.
Le conté mi historia, obviamente omitiendo detalles, y estuvimos como una hora platicando. Nos dormimos y al día siguiente, aunque me consideraba tempranero, cuando me levanté, él ya se había levantado, lavado la cara y estaba echándose un pan con café en el comedor común. Me saludó inmediatamente que me vió, ofreciéndome café. Acepté y me pegué con él para saber que sucedería después. Eran casi las cinco cuando varias camionetas pasaron a recojernos para llevarnos al campo. Nos sentamos juntos Chema y yo, le expuse que no tenía experiencia previa y se propuso para enseñarme cómo hacerlo. Bajamos de la camioneta y ¡empezó la chinga! Chema me mostró la manera de hacerlo e iba adelante mio. Yo iba una línea paralela a él siguiéndolo y haciendo todo lo que hacía. Como a la una nos trajeron la comida y a regresar al campo. Terminamos a las seis porque era verano pero yo acabé muerto, la espalda deshecha que ni siquiera podia caminar bien.
Chema se ofreció a darme un masaje “porque si no ¡no te paras, canijo!”, dijo. Acepté el ofrecimiento y nos fuimos a nuestro rincón, pasando por el botiquín para recojer alcohol. Ordeno me quitara la camisa, que traía empapada, y me acostara. Lo hice y se puso alcohol en las manos. Sus manos eran de verdad muy buenas, anchas, rasposas, fuertes y ágiles que el masaje me sentó a las mil maravillas. Su comentario fue: “tienes piel como de mujer, muy fina y suavecita”, pero no más. Así pasaron los meses y me pegué a Chema, pues el tenía más experiencia en esos trotes. Ibamos como la temporada, ahora era la fresa, después la lechuga y así, como las estaciones pasaron, nosotros cambiabamos de campo.
Una ocasión, habíamos tenido una dura semana en una tarea que yo no había realizado previamente, cortar manzana. En ese trajeteo terminamos la semana y todos se organizaron para irse de farra los dos días de descanso. Yo, que estaba molidísimo, preferí quedarme porque no tenía ganas de nada, excepto de echarme en mi colchón y dormir todo el fin de semana. Todos se bañaron en unas regaderas portatiles que había y se pusieron muy cucos para ir al pueblo cercano pues irían a un concierto de una banda primero y después ¡lo que aparezca!
Llegó la noche del sábado y Chema todavía insistió que debería ir. “¡Hay buenas viejas, ya he ido otras veces!”, dijo. Ofrecí mis disculpas pero no es que no quisiera, no podia. Llegó el camión por ellos y absolutamente todos al pueblo. No quedó ni un alma de los trabajadores en el rancho. Me quedé absolutamente solo. Recosté mi molido cuerpo en mi colchón y como tenía vista panorámica, divise el atardecer y esperé el anochecer, pensando todavía en el hombre que había dejado partir y que me había hecho experimentar tantas y tantas cosas maravillosas en solo una noche, a pesar de que había pasado ya un año. La primera persona que me ha puesto atención en este jodido mundo y la dejo ir, no tengo ni madre, me dije. En esas cabilaciones estaba y el sueño reparador llegó.
Serían las tres de la mañana cuando todos regresaron haciendo una bulla tremenda que hicieron me despertara. Me volví hacia la pared para volver a dormirme pero todos llegaron echando desmadre, cantando y embriagándose más de lo que estaban. Solamente les pedí que apagaran la luz y que no habría ningun inconveniente. Intenté conciliar el sueño nuevamente pero era casi imposible. De pronto escuche que Chema se tumbaba en su colchón, cerca de mi, él también había tomado aunque creo que no mucho pues era el que menos ruido hacía. Las voces y los ruidos se fueron apagando, quedando los ronquidos de algunos y podía escuchar a los grillos cuando de repente sentí una pierna y un brazo de Chema sobre mí. Pausadamente lo retire y me volví a acostar aunque nuevamente, ahora no tan violentamente como la vez anterior, volví a tener ambas partes del cuerpo de Chema sobre mi pero esta vez él comenzó a acariciarme la cara y como nunca me he rasudaro desde que el bigote apareció en mi cara, no puedo creer que el haya creído era una mujer. Delicadamente fue pasando sus gruesos y toscos dedos sobre mi cara, acariciaba parte por parte toda la extension de ella. Poco a poco fue acercando su cuerpo al mio hasta que literalmente quedo pegado detras de mi y únicamente nos separaba la cobija y nuestra ropa.
Fue retirando lentamente la cobija y agarrándome de la cintura me pegó totalmente a su cuerpo. A mi memoria volvieron recuerdos de la noche en el desierto y mi verga automáticamente, saltó excitada dentro de mi truza, pues los fines de semana me quedaba en calzones ya que al otro día no iriamos a trabajar. Mis nalgas sintieron la dureza de la verga de Chema que a pesar de los pantalones de él, se sentía fuerte y poderosa intentando salir de su carcel. Yo sentí que nuestras respiraciones nos iban a delatar y levante la cabeza para ver si alguien podría estar mirándonos. Todos roncando, sonreí satisfecho. Una vez tranquilo al saber que no había nadie para enterarse, procedí a pegar mis nalgas a la verga de Chema pues esta vez no me quedaria a la espera. Con mis manos desabroche su cinturon con la gran hebilla que tenía, le desabotoné el pantalón y le bajé el cierre. Puse mi mano en su verga sobre sus calzoncillos y se la comencé a sobar. Una vez que sintió mi mano en su verga, descaradamente me empezó a besar la cabeza, el cuello, las orejas e incluso volteó mi cabeza para darme un beso. La sensación fue extraña para mi pues el también usaba bigote pero el suyo era más espeso y grueso.
Volteó mi cabeza y yo me volví completamente, quedando frente a frente. Fui desabrochando su camisa lentamente hasta descubrir el pecho velludo que tenia y que tantas fantasias me había provocado con esos fuertes pectorales que tenía. Agarré sus tetillas y las exprimí con gran placer, gimió de placer. Me separe de su dulce boca y fui recorriendo su fuerte y velludo pecho, frotando mi cara y disfrutando el delicioso contacto de ella con sus vellos. Le agarré ahora las tetillas con mi boca y jugué con ellas un rato con la lengua. Recorrí su vientre musculoso y procedí a darle mordizcos a su verga sobre sus calzones. Su respiración me indicaba que le gustaba. Con mis manos libres lo descalce y le fui bajando los calzones junto con los pantalones hasta que quedaron a mi vista, la luna era una buena linterna esa noche, sus poderosas, membrudas y velludas piernas. Chema contaba con un cuerpo precioso, de hombre acostumbrado al trabajo, pero coronaba su impresionante belleza masculina la poderosa tranca que se alzaba palpitante a mitad de su vientre.
El tenia cerrados los ojos pero disfrutaba mucho el momento, sus gemidos y respiraciones entrecortadas decían eso. Puse su estaca dentro de mi boca, produciéndo que mis ojos lloraran por el tamaño que tenía. Se la fui mamando lentamente, ora solamente la cabeza, ora todo el cuerpo de ella. Después me dirigí a sus huevos, velludos y colgantes en su majestuosidad. Chema abrió las piernas como diciendo “ve más allá”, eso no lo había hecho nunca pero no me iba a poner mis moños en ese momento. Fui bajando de sus huevos hasta lamer la separación de sus nalgas. Levanté sus piernas lamiéndole su velludo y precioso culito. Gemía y suspiraba de placer. Introduje mi lengua dentro de su culo hasta donde pude, una y otra vez, hasta que no pude mas y procedí a untarme saliva en mi verga y poniendo sus piernas en mis hombros lo fui penetrando lentamente pues no sabía cual iba a ser su reacción cuando me sintiera adentro. Solamente lanzó un hondo suspiro así que tranquila y pausadamente fui entrando y saliendo dentro de ese rico culito que Chema tenía. Mire a mi alrededor y todos seguían roncando por lo que apresuré la marcha y terminé dentro de Chema exclamando un ¡hum! de satisfacción.
Baje sus piernas y me puse encima de él. Me gustaba la sensación de su vello corporal pegado a mi cuerpo con la gran asta que se erguía, como reclamando atención. Tomé unos minutos para recuperarme y le dí un beso largo y profundo al que correspondió sin inmutarse en lo más mínimo. Le bese toda su cara y volvi a hacer el recorrido que ya tenía en mi memoria hasta que llegue al mástil que brincaba reclamando ser atendido. Lo puse en mi boca poco a poquito y un rato jugue con su pellejo que le cubría la cabeza y después lo introduje completamente hasta que me lastimó la garganta, aguanté las ganas de arquear y repetí la operación. Me dí una vuelta por sus grandes testículos y los puse uno a uno en mi boca. Su gemido me hizo saber que le gusto. Procedí a untarme saliva en mi culo que ya estaba palpitante, queria tener esa barra candente dentro de mí. Me levante colocando a Chema y el bulbo palpitante debajo mio y lentamente me fui sentando en esa barra encendida. Lo hice despacio, haciendo memoria de la lección aprendida en el desierto. Una vez que entró toda, ahí la deje por un momento y empecé a subir y a bajar. Chema simulaba estar muy dormido, pero dormido y todo me agarró de la cintura y me ayudo al sube y baja que hacía. En esa posición estaba y con una mano me estaba masturbando hasta que las rápidas respiraciones de Chema me avisaron que estaba a punto de terminar y terminé vaciándome en su velludo pecho. Terminamos y me saqué esa hermosura de verga. Con mi playera le limpie el pecho y él, todavía con los ojos cerrados, me agarró de la cabeza y me plantó un besote, después se dió la vuelta, se tapó con su cobija y se durmió. Procedí a ser lo mismo.
Al despertar, me dí la vuelta y Chema ya no estaba en el colchon. Me vestí y salí a buscarlo para ver que era lo que decía sobre lo que había pasado. Lo encontré en el comedor tomando un café, me invitó para que me sirviera uno y me sentara junto a él. Dijo: “¡Que nochecita, no?” Acepté el comentario y no dije nada pero desde ese día las cosas cambiaron entre Chema y yo. Nos quedabamos detrás del grupo para darnos unos besotes, marca diablo. De repente nos perdiamos en el campo y cogiamos como desesperados. Entre él y yo nunca conversamos sobre la relación que teníamos pero parecía que estabamos sincronizados pues un pequeño gesto era suficiente para hacer algo.
Un día en que todos habían salido y nosotros nos quedamos para hacer la limpieza del cuarto, pues nos tocaba hacerla, me puse a platicar con Chema y le dije que por que no mejor ahorrabamos lo poco que podíamos juntar y nos ibamos hacia San Francisco. Tal vez ahi podremos lograr algo, le dije. El me miro serio y me dijo: “Mira, lo que pasa entre tu y yo es muy rico, muy sabroso y muy satisfactorio pero no somos hombre y mujer o marido y esposa, así es que cada quien su vida y si te quieres ir, pues vete, pues yo prefiero quedarme aquí haciendo algo que sé hacer pues en una ciudad me sentiría absolutamente perdido, solamente te pido que me avises cuando lo piensas hacer, ¿hecho? Además he conocido a una chava y pienso casarme con ella pronto” Entonces, pensé, si era eso lo que pensaba de lo que teníamos y me traicionaba teniendo a otra persona además de mi pues yo creía que eramos como amantes, me dio coraje y le dije que ya tenía ahorrado suficiente dinero y que el día siguiente me iría. Dijo: “esta bien, ¡así sea! Ha sido mucho el gusto de haberte conocido y ve con dios.” Se dio la vuelta y se alejó, dejándome llorando de rabia y frustración. No volvimos a cruzar palabra.
Ese fue mi segundo amante perdido. Iba dos a cero, pero yo queria estudiar, hacer algo en esta vida y no nada más trabajar para otros aunque también el tener un amante a mi lado me gustaba. Así es que el día siguiente, amaneciendo, me levanté y como siempre Chema ya no estaba. Fui al comedor y como estábamos solos, le dije que había sido muy feliz con él y que lo iba a extrañar pero tomó su decision y yo tomaría la mía. El patrón ordenó al capataz me llevara al pueblo y ahí tomé el Greyhound que me llevaria a San Francisco, mi destino (¿final? No lo sabía).
Llegamos ya bien noche a San Francisco. Yo nunca había estado en ninguna gran ciudad por lo que me impresionó ver tanta iluminación y tantos edificios tan altos. Bajé del autobus y me senté en una banca. Inmediatamente aparecieron las comparaciones sobre lo distinto que se ve el cielo en el campo y en la ciudad pero dije “La suerte esta hechada y ¡a rajarse, a su pueblo!”. Fui a los baños pues tenía necesidad de orinar y me percaté que los inodoros no tenían puertas y que las personas que estaban sentadas en ellos jugaban con sus penes. Pueblerino que soy, aparte la vista y oriné. Me cerré el cierre y me volví y le eche un vistazo a los cubículos, contenían personas de todas las razas y edades. Salí y me volví a sentar en la misma banca “¿Y ahora?”, me pregunté. Traía dinero pero como no hablaba inglés no podría alquilar un cuarto, además no conocía la ciudad y no sabía pa’donde jalar. En esas elucubraciones me encontraba cuando me percaté que un hombre de unos cuarenta años de edad daba vueltas alrededor mio. Parecía gringo y cuando se dio cuenta que le había visto, me hizo señas para que lo siguiera. Curioso, lo seguí. Entró a los baños y antes de entrar meneo la cabeza en señal de que fuera con él. Ya picado, continue. Dentro de los baños se metió a un cubículo desocupado y ahora con la mano me dijo “ven”. Fuí e inmediatamente que me tuvo al alcancé, me agarró la verga y me la empezó a acariciar. Yo era joven y con la excitación del lugar, mi verga se paró. El tipo me bajó el cierre, me la sacó y comenzó a mamármela. Excitado, le tome la cabeza, que tenía pocos cabellos, e inicié el movimiento de caderas, no dejé que se separara hasta que termine dentro de su boca. Se levantó, se limpió la boca y sacando unos billetes de su bolso los metió en uno de los míos. Eso me sorprendió e hice el intento por devolvérselos pero me agarró el brazo y dijo “Thank you” y me dejó estupefacto.
Me subí el cierre del pantalón y volví a salir. La anterior experiencia me dejó pensativo y en esas andaba cuando un afroamericano se me acercó pidiéndome cerillos. Por supuesto que sus palabras no las entendí pero con sus gestos comprendí. Cuando se alejaba, ante mi negativa, volteaba a verme. Yo le sostuve la mirada y otra vez, señas para seguirlo. Hicimos el mismo rito que anteriormente con el otro pero ahora el fue el que se sacó la verga, que por cierto estaba muy grande y gorda, y me agarró de los hombros, indicando que se la mamara. Como en mi vida había visto una verga negra y de esas proporciones, mi curiosidad me dijo “¡Hazlo!” y lo hice. Era imposible que su descomunal verga entrara en mi boca, así es que me metía lo que podía y con mis dos manos tomaba el sobrante. No tardó mucho en venirse en mi boca y tuve que tragarme sus mecos que eran los primeros en mi vida y su sabor saladito no me desagradó del todo. Se metió su verga, se subió el cierre, sacó un puñado de billetes y los puso dentro de mi chamarra. ¡Había descubierto la prostitución! (¿o ella me había encontrado a mí?).
Pero la última persona que conocí esa noche, y fueron varias, sería la más importante por un buen tiempo en mi vida. Serían como las tres de la mañana y las personas en los baños ya eran escasas. Estaba yo lavándome las manos cuando por el espejo veo que entra un gringo jóven como de unos veinticinco años, con unos pantalones muy ajustados que resaltaban el gran paquete que contenían. Se paró en un minguitorio y se sacó la verga. En eso momento no se la pude ver porque me quedaba de espaldas por lo que proseguí a ir al minguitorio de al lado y cuando me estaba bajando el cierre se la vi y no pude contener la exclamación “¡Guau!” pues era una verga verdaderamente impresionante. El se sonrió y me dijo en un español mocho “¿Cómo llamarte? Me, Steve” y me tendió su mano. Le dí la mía y nos dimos el saludo. Me preguntó: “¿Tú también cobrar?”, le expliqué que no, relatándole mi periplo hasta San Francisco y le pregunté que si no sabía dónde podría hospedarme. Me dijo “Venir conmigo. Mi edificio ser barato”.
Nos cerramos nuestros pantalones y dejamos la estación. No habremos caminado ni cinco cuadras cuando el me dijo “Aquí ser. Esperar un momento que yo hablar con manager” Se metió y yo pensé: “Este cuate ha debe estar medio zafado. Mira que levantar al dueño a estas horas”. No se habrá tardado más de treinta minutos cuando salió y me dice: “Manager estar de acuerdo. Tu cuarto ser el 205 y el mío ser 203. Vas a pagar cien dólares a la semana” Me introdujó al edificio y mientras me explicaba subimos al piso donde estaban nuestros cuartos, que realmente lo eran pues no había cocina ni baño privado, el único que había estaba al fondo del corredor y en cada piso había quince cuartos. Abrió la puerta de mi cuarto, encendió la luz y ésta iluminó una habitación chica que tenía una cama, una mesa con una silla, un espejo chico en una de las paredes y un espacio donde deduje estaría la ropa.
Steve tomó asiento y sacó de su chamarra una botella de licor. Me ofreció pero dije que yo no tomaba. Se encogió de hombros y le dió un gran trago. Preguntó: “¿Tener empleo?” No, contesté, lo voy a ir a buscar a partir de mañana. Explicó que la cosa estaba dura con los trabajos porque si no tenía papeles iba a ser difícil. “Tu ser guapo”, dijo, “Poder hacer dinero sin cansarte. ¿Tuvistes experiencias en baños?” Le dije que sí. “A eso referirme”, indicó “pero no querer pusharte a algo que tu no querer. Buscar trabajo mañana y cuando te canses de buscar y no encontrar, poder pensar esa opción. Tu saber que mi cuarto es el 203 y si tener dudas, visitarme. But no antes de mediodía” Agarró su botella y se fue a su cuarto. Me tire en la cama pensando en lo que había dicho, en lo que viví en la terminal y saqué los billetes que tenía en las bolsas. Los conté y eran más de cien dólares “¡Caramba! Ni lo que ganaba en una semana de jornalero y eso que fueron solamente unas horas”, exclamé. Pero como traía muy inculcadas las costumbres de mis padres, solamente consideré que había tenido suerte y no le dí mucha importancia ni me pasó por la cabeza hacer dinero por ese medio “Mañana iré a buscar trabajo”, me dije. Me desvestí y me acurruqué en la cama pensando en mis amores idos.
Al día siguiente me levanté y quise darme un regaderazo pero como no tenía toalla ni nada, desistí por lo que me fui a desayunar y a ver si podia conseguir chamba. Pasaron los días y entre comidas y cosas que compraba, el dinero se iba agotando y yo no encontraba trabajo “Porque no tienes papeles. Porque no hablas inglés. Porque no tienes experiencia…” fueron las excusas que una y otra vez iba oyendo cada vez que preguntaba por algo. A punto estaban de acabarse mis reservas, cuando me acordé de Steve. Ya hacía un mes que había llegado y nunca me lo había vuelto a encontrar, pero recordé su advertencia de no buscarlo antes del mediodía. Era un jueves y me levanté creyendo que ese sería mi día. Desayuné fui a dar una vuelta por el embarcadero y ver las focas, ese día no me molesté en buscar trabajo. Solamente disfruté. Como queria que Steve estuviera en su cuarto, a la una regresé y le toque a su puerta. “Who is it?”, preguntó. “Yo, tu vecino”, contesté. En ropa interior todavía, abrió la puerta y preguntó: “¿Cómo estar?” Le empecé a contar mi viacrucis y en la situación angustiante en la que me encontraba, solamente una sonrisa apareció en su cara y me dijo: “quitarte la ropa, quiero ver tu cuerpo desnudo”
Di un brinco y empecé a pensar que no había sido una buena idea haber venido. El soltó una carcajada y exclamó: “No preocuparte. No querer sexo contigo porque no tener para pagarme. Querer evaluar si tener condiciones para el trabajo” No muy seguro de que estaba haciendo bien, me quite la camisa, los zapatos y el pantalón, quedándome en calzoncillos. “¡No, todo! En la profesión que empezar lo primero que perder es vergüenza”. Procedí a quitarme lo que me restaba de pudor junto con los calzones. El miraba como todo un conocedor y fue dando vueltas alrededor mio hasta que una vez detrás de mí, pellizco una de mis nalgas, “¡Ay!”, exclamé. Sin ningún rubor me agarró de los huevos, me cogió la verga y descubrió la cabeza de la piel que la rodea, revisó mi boca y mis dientes y dijo: “¡Perfecto! Ser un buen ejemplar y pareces limpio. Bien, empezar con decir que no voy a cobrar lecciones. Ser contribución a la humanidad. Como decir, debes desechar pudor y vergüenza porque en este trabajo no las necesitas y en ocasiones hasta estorbar…” Siguió hable y hable explicándome con detalle todos los pormenores de ser un prostituto, donde ir y donde no, que vestir y que no, que decir y que no y otras muchas lindezas y ayuda que habría de necesitar en el futuro. Lamentablemente y eso lo digo ahora, nunca me dijo nada sobre drogas. Terminada la lección, me vi comprometido a invitarle la comida, la que aceptó gustosamente. Comimos y me dijo “Bueno, irme a trabajar. Ahora ya sabes qué hacer y tu serás el dueño de tu tiempo y de tu dinero. Darte mi bendición aunque no ser religioso” Me dejó en el restaurante y me regresé al cuarto. Ahora tenía una idea de lo que hay que hacer y lo primero era renovar mi guardarropa y con mi último dinero fui a comprarme una nueva muda apropiada.
Fui a Goodwill a dejar la ropa que desechaba y por algo más apropiado con mi nueva profesión diciéndome “Madre, esta actividad que empezaré a realizar no es por fornicio sino por que no tengo de otra y debo sobrevivir. Perdóname” Me compré una botas vaqueras de buen ver, unos jeans de una talla más chica, una camisa a cuadros y un sombrero, esa sería mi indumentaria de trabajo (y a la que acabé acostumbrándome). Regresé al cuarto e inmediatamente me puse lo recién adquirido. Me vi en el espejo y tuve que descolgarlo para ver si se me notaba la verga y cómo se verían mis nalgas. Satisfecho con lo que vi, salí dispuesto a comerme al mundo. Pero, ¿por dónde empezar? Sonreí al recordar la estación de autobuses y dije: “Ahí donde empecé sin querer, me rebautizaré ahí también”.
Esos fueron mis principios como prostituto, era jóven y esta dotado físicamente (aunque amolado por otra parte) y empezó la caminata que duraría exactamente cinco años. Había días buenos, regulares y malos, clientes guapos y clientes feos, tuve relaciones con gente de todas las razas y condiciones sociales y económicas, tuve cogidas esplendorosas y otras que ni valen la pena acordarse. Vi penes negros, blancos, cafes, amarillos, rojos, largos, medianos, chicos y muy chiquitos, flacos, robustos y gordos. Vi nalgas redondas, planas, abundantes, escasas. Hice de todo y me hicieron de todo pero de lo que nunca me previno Steve fue de las drogas, como dije.
Empecé a usarlas cuando un cliente habitual me ofreció poppers a los que me hice un usuario cotidiano, aunque no lo necesitaba porque, en mi profesión, yo parecía niño en dulcería, todo lo quería cojer, tomar y saborear en mi boca. Después en una fiesta a la que fui invitado me ofrecieron marihuana a la que prontamente me hice adicto hasta fumarme varios porros en un día, trabajando o no. Un cliente me llevó a visitar a unos amigos a Long Beach y ellos consumían cocaína a la que también me acostumbre aunque esta costaba más cara y había que talonearle para que saliera pa’pagarla. Un compañero de oficio, en un bar, me ofreció anfetaminas que me hicieron olvidar totalmente de la otra. Este círculo que empezó como algo casual, se fue haciendo una espiral que en lugar de ir para arriba, iba para abajo. Me fui hundiendo más y más en el vicio de las drogas hasta que deje de ir a trabajar para quedarme a consumirlas. Mi degradación y mis futuros problemas empezaron cuando salí a la calle, no a venderme y conseguir dinero, sino a solicitarlo de la gente y cuando no lo obtenía de manera voluntaria, lo hacía a la fuerza, es decir, robando. Cada vez me sentía más solo y hundido, la droga la necesitaba como el agua o el oxígeno hasta que me llegó el tiempo de pagar.
Ese día había conseguido realizar algunos robos de relojes y joyería, fui a un lugar para cambiarlas por dinero y conseguir droga. Estaba quedando con el comprador cuánto me iba a dar, cuando dos policias me agarraron de los brazos y dijeron “¡Queda detenido por robo!”. Sentí que la tierra me tragaba, mi degradación era mucha pero todavía me quedaban resquicios de vergüenza y los colores se subieron a mi cara. No puse resistencia pues me sabía culpable. Me esposaron y me condujeron a la patrulla. De ahí a la carcel donde permanecí preso. Como a las personas que había despojado tenían dinero, pusieron todos los cargos posibles en mi contra y me hundieron sentenciándome a cinco años de prisión en Folsom.
Fui conducido ahí sin tomar en cuenta que estaba empezando a sentir los efectos de la abstinencia de la droga. Afortunadamente para los demás reclusos, estuve solo en una celda por tres o cuatro meses, el tiempo en que duro mi desintoxicación que fue terrible, en esos momentos creía y quería morir, sudaba copiosamente, el frío que sentí era inmenso, los huesos todos me dolian y eran frecuentes las alucinaciones que padecía. No comía y raramente dormía, era frecuentemente conducido a una celda de castigo o a la enfermeria por los alaridos que daba y los daños que me hacia a mí mismo. A la distancia considero que fueron meses de mucha angustia, dolor y desesperación, pero definitivamente de crecimiento. Una vez que superé la crisis, mi mente tuvo un acceso de increíble claridad y me propuse por objetivo el no volver a caer y a la fecha tengo casi diez años de cumplir mi palabra. Una vez tranquilo y en franca recuperación, el gusto por la lectura que había dejado al olvido regresó, fui un ávido visitante de la biblioteca de la prisión, aprendí el oficio de electricista, terminé mi GED y me involucré en la alfabetización de los compañeros latinos que no sabían leer ni escribir. Físicamente mi cuerpo embarneció por el ejercicio que hacia, me fui volviendo más duro de carácter, mis facciones se hicieron más seguras y un poco duras pero mis maneras se hicieron pausadas. Cumplí los cinco largos años que me asignaron y salí a la calle.
La pregunta lógica era: “Y ahora ¿qué?” Temía regresar a San Francisco por los muchos malos recuerdos que tenía de la ciudad pero un compañero me mencionó en la prisión que había una ciudad en el Condado de San Mateo, cerca de San Francisco, que se llamaba Redwood City, donde habían muchos paisanos míos viviendo, por lo que decidí, no sé si por nostalgia de oir a mi gente o porque era el destino, ¡a saber!, dirigír mi camino hacía allá, pero ya desde que estaba dentro de la prisión tenía una tos persistente y los doctores no descubrieron que era y llegando a una pequeña plaza comercial, ya en la ciudad, me faltó la respiración y caí inconsiente.
Desperté en la cama de un hospital lleno de tubos. Mi cerebro trabajaba al máximo para explicarme por qué estaba yo ahí hasta que poco a poco fui recordando los últimos acontecimientos. Ya había comprendido lo que pasó cuando entro un doctor. Dijo: “¡Hola! ¿Cómo te sientes?” Raro, contesté. “¿Sabes por qué perdiste el conocimiento?” No tengo ni la remota idea, dije. “Te hemos detectado una fuerte neumonía, te estamos dando ya medicamentos pero queremos saber algo mas de tí por lo que vendrá un trabajador social a recabar información, ¿esta bien?”, preguntó. No hay problema, contesté. Como ya era tarde, una enfermera trajo comida y estaba comiendo cuando una trabajadora social se presentó y dijo: “¡Hola! Mi nombre es Aurora y soy la trabajadora social. Deseo saber alguna información acerca de ti. ¿Te parece bien?” Si, dije.
Bueno, a continuación vino toda una serie de preguntas que más bien parecia un interrogatorio policiaco sin las luces en tu cara, o al menos a mi me lo pareció. Cuando llegó a la pregunta sobre sexualidad, pegué un brinco y me puse a la defensiva. No estaba preparado todavía para discutir esa clase de temas con una extraña. Ella me tranquilizo y me hizo saber el por qué era importante. Con vergüenza y sin mirarle directamente a la cara, fui lo más honesto que pude con ella. Al terminar de recabar todos los datos que necesitaba me informó que harían la prueba de VIH, solamente para descartar posibilidades, informó. Bien.
Cual no sería mi sorpresa cuando tres o cuatro días después llegó el medico, que por cierto estaba de rechupete, me dio toda una cátedra de lo que era el VIH y todo lo que le rodeaba, y que desafortunadamente las pruebas arrojaron un exámen positivo, es decir, lo tenía. Me hubiera ido de espaldas de no estar acostado. Por supuesto que ya había escuchado del mentado virus pero nunca me imagine que me pudiera dar a mí, no daba crédito de que esto me estuviera pasando a mí. Las lagrimas brotaron espontáneas y el doctor, con esas manos tan grandes que tenía (o tiene, no lo sé) me comenzó a consolar. Ya una vez tranquilo le pregunté ¿cuánto más tengo de vida?. Se sonrió y me dijo que eso no me preocupara que hoy en día no era una sentencia de muerte el saber que lo tenía y que podría durar muchos, muchos años más si me cuidaba y tomaba medicamentos, porque eso si, tendría que empezarlos a tomar lo más pronto posible porque la carga viral era mucha y mis defensas estaban muy bajas.
Me dejo abatido y pensando en que no tenía familia ni conocido alguno en este país, ni perro que me ladre. Si salia por mi pie del hospital qué haría, es mas, cómo voy a pagar los gastos generados en el hospital, las medicinas, las consultas futuras, en fin, cómo sobrevivir. Con ese pensamiento me dormí y al día siguiente, a temprana hora, tenía al pie de mi cama a Aurora. Me dio el pésame por la noticia pero me dijo que había muchas ayudas en el Condado para alguien con mi condición y me las fue enumerando una a una, explicando el por qué no había de preocuparse, que lo importante era yo, que me cuidara tanto física como mentalmente y cosas por el estilo. Diez días después de mi ingreso, salí del hospital con muchas herramientas para empezar una nueva vida, con la notica que había recibido había vuelto a nacer pero me sentía muy esperanzado por las cosas que el doctor y Aurora me habían dicho.
Un taxi me llevó a una agencia que me ayudó a conseguir casa y a pagar el depósito y la renta. Ya totalmente reestablecido fui a buscar empleo el que afortunadamente encontré gracias a una persona que me encontré en el centro de la comunidad. Empecé a trabajar en la limpieza de oficinas porque sin papeles y con mis antecedentes, nadie me iba a dar trabajo como electricista. Acudía regularmente a las citas con el médico que me asignaron, el cual, lamentablemente no era el mismo que vi cuando estaba hospitalizado y en una ocasión, en la sala de espera, comencé a platicar con otro paciente que me vió leyendo un libro y preguntó que si me gustaba la lectura y le dije que si, efectivamente. Después de un rato de platica me preguntó que si no me interesaba continuar en la escuela. Le contesté que si. Me dijo que habia un colegio comunitario llamado Cañada College y que ahí podría retomar mi educación. Me dió la ubicación y casi le doy un beso por la valiosa información que me había proporcionado pero ese día era de mi suerte. Mi trabajadora social me informó de algunos abogados que podrían ayudarme a legalizar mi estancia en el país y por supuesto que estaba interesado pues el hecho de no contar con los papeles de legalización, me iba a ser imposible alcanzar mis metas.
Fui a la escuela primero para ver que opciones tenía para seguir estudiando. Me enviaron con un consejero y platiqué con él. Me indicó que pues tenía terminado mi GED y la escuela contaba con un programa para ayudar a las personas de escasos recursos, podría empezar para el siguiente semestre, el de otoño. Señaló qué pasos tenía que dar para iniciar y que era importante, mientras terminaba los cursos de inglés como segunda lengua, fuera pensando sobre los objetivos que queria lograr, si es que quería ir a la universidad después, entre ellos. Cuando terminé en la escuela y recabé las fechas de inicio y el exámen de colocación, me fui a San Francisco para asistir a una cita que tenía con los abogados y que había hecho el día anterior. Las oficinas quedaban en un barrio que había sido mi lugar de trabajo en el pasado y recordé las buenas cosas que tuve en ese lugar, procurando no recordar el pasado difícil. La reunión fue un éxito pues me ofrecieron muchas esperanzas para lograr mi legalización pero había un pequeño problema tenia que salir y volver a entrar al país pues para aplicar tenía que ser un año después de la última entrada al país.
Estuve piense y piense y aunque no me agrado mucho la idea, tenía que mentir sobre ese dato, solamente. Hice todo lo que me pidieron y ellos recabaron la información necesaria por lo que en menos de tres meses, los papeles estaban en proceso. La abogada me dio la noticia el día que fui a realizar los exámenes de colocación que iniciaron mi retorno a la escuela.
Han pasado ya cuatro años de esa primera vez y estoy adentro del sistema aunque todavía no se decide mi caso, asimismo me faltan solamente algunas materias para terminar los créditos necesarios para ir a la universidad pues no he podido dedicarme solamente a la escuela en virtud de que tengo que pagar mi renta y algunas otras cosas. Me siento muy orgulloso de mi mismo y me digo que si mi madre pudiera verme, estaría también muy orgullosa de su hijo que en algún tiempo fue despreciado, vilipendiado, humillado y golpeado por los demás. Pero debo dejar constancia que vino a ser una ayuda incomparable un grupo de apoyo para personas en mi condición que existe en el Hospital en donde me atiendo, pues he logrado superar muchos miedos y rencores que guardaba en mi alma, me siento cada vez más seguro de mi mismo y estoy consciente de que el tiempo que viva seguire luchando contra ese alien que traigo en mi interior y me refiero tanto al físico como al mental.
¿El sexo? Por supuesto que mis actividades sexuales han variado aunque no han disminuido en intensidad y frecuencia. Cuando tengo necesidad de sentir el contacto humano, piel con piel me refiero, voy a los video clubs, a los lugares de ligue, al parque Golden Gate y a otros lugares donde puedo encontrarme con otros hombres y mis prácticas se han hecho seguras para mi y para otros. Ahorita me acuerdo de un hecho que en esos momentos fueron angustiosos pero que después le tome la gracia y me llena de alegría.
Recuerdo que fui solo a la playa nudista de San Gregorio. Estaba en un lugar cercado y procedí a quitarme toda la ropa para tomar el sol, me puse el bronceador y me acomode para leer el libro que estaba leyendo. Habrán pasado unas dos horas cuando un tipo de unos cuarenta años se acercó a mi lugar y se asomó por arriba de la barda que me rodeaba. Preguntó que si era un intelectual porque estaba leyendo en un lugar donde comúnmente se va a cojer. Me dió risa y le dije que no, que ambas actividades me gustaban mucho pero cada una en su momento. Pidió permiso para meterse y le hice espacio en mi toalla para que se sentara no sin antes tomar nota del buen miembro que se cargaba. Platicamos un rato y le ofrecí de la fruta que llevaba, tomó una fresa y muy sensualmente se la llevó a la boca, le dio un mordisco y succiono con sus bellos labios el jugo que soltó.
La imagen de ver como se la introducía a la boca y el chupar el jugo me exito y mi verga se paró de inmediato, de lo que se percató inmediatamente. Se terminó la fresa y tomándome de la cabeza, me plantó un beso de forma lenta y profunda que con el sabor de la fresa me parecio riquísimo. Me empujó suavemente para que me recostara y me comenzó a mamar la verga y me acomodé para hacer un 69 pues ya su verga estaba totalmente parada. Fue un momento delicioso pues el sol caía directamente sobre nosotros y nuestros cuerpos morenos, sudorosos y totalmente excitados, se frotaban con suma facilidad. Antes de que continuara le dije que tenía que decirle algo. Se puso serio y me miró a los ojos como queriendo adivinar a lo que me refería. Era la primera vez que iba a decirle a una pareja sexual que era seropositivo y al principio no me quedó muy claro el por qué lo estaba haciendo, el hecho me causo miedo pues temía que fuera a rechazarme, como mínimo. Tragué saliva y lo dije. Por un momento pareció enojarse pero soltó la carcajada y me dijo “¡creí que me ibas a decir algo mas horroroso!” y me dió un fuerte abrazo y a continuación exclamó que mientras nos cuidaramos, por él no habría problema alguno. Sellamos el compromiso con un gran beso y reanudamos el faje que habiamos suspendido. Ya a punto, saqué un condón de mi bolsa junto con el lubricante, lo abrí y me lo puse en la boca pues me había hecho todo en experto en ponerlo con ella. Puse lubricante en su verga y así él recostado y recordando mis viejos primeros tiempos, me fui sentando en esa gorda y larga verga. Una vez que terminó su miembro de entrar en mí, él se incorporó, me abrazó y me dió un beso y dijo “¡estás bien rico, morenito!” Y así, mientras yo subia y bajaba, nos besábamos y nos dabamos caricias, yo tome su verga para sentir como entraba y salia de mi culo. Terminanos juntos y nos tiramos en la toalla, yo sobre él teniéndolo a mi merced lo cubrí de besos y él correspondió completamente. Me preguntó si podría traer sus pertenencias a mi lugar y le dije que si. Vino y se acomodó, como venía mejor equipado que yo, sacó unas cervezas de su heladera y brindamos por el hecho de encontrarnos en este amplio mundo. Nos contamos nuestras respectivas historias y desde entonces nos vemos lo más frecuentemente que podemos pues tenemos muchas actividades en la semana pero nos desquitamos los fines de semana en que nos vemos, vemos peliculas en el cine o en la casa, cualquiera de los dos hace una comida, leemos juntos, cojemos y tratamos de ser el uno para el otro.
Concluyo el ensayo diciendo que me siento satisfecho de mi mismo porque he sobrevivido muchas cosas negativas que la vida me ha presentado, pero como dicen que dijo quien lo dijo “Nada le pasa a nadie que no sea capaz de lidiar con ello” y eso creo que me ha convertido en un luchador en este campo de batalla que es la vida pues en estos momentos estoy cumpliendo muchos de mis sueños, pero el más importante es la sensación de libertad que he alcanzado.
EL TERCO
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