¿CIRCULAR O ESPIRAL?
Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quiza más lo primero
que lo segundo y también
viceversa"
Viceversa. Poemas de otros
Mario Benedetti.
Me hallo con el alma destrozada y con los ánimos por los suelos, en suma, arrastrando la cobija. En mi mente suena el poema de Benedetti cuando abro la puerta del departamento que alguna vez fue de mis bisabuelos. A mi bisabuela de plano nunca la conocí realmente, solo tengo fragmentos de su imagen en mi memoria pues se murió cuando yo tendría unos cuatro años y nunca tuve una relación con ella pues pasó tres de sus últimos años atada a la cama debido a su avanzado cáncer que la había invadido completamente y como en aquel tiempo existía mucha ignorancia de la enfermedad, a mí, cual chiquillo normal, no se me permitió acercármele nunca. Con mi bisabuelo fue otro cantar. Con él si pasé muchos momentos riquísimos y no nada más hablo de la comida, que por otra parte le encantaba, sino que las experiencias vividas en su compañía fueron fructíferas en conocimiento de vida y enriquecedoras en el plano intelectual pues el Viejo se las gastaba en eso del conocimiento.
Pero ahora tendré que asumir su ausencia pues ha sucumbido a los estragos de la diabetes, a la cual nunca se adaptó pues comía como un adolescente sin importarle nada las prohibiciones para ello pero comía tan deliciosamente que, cuando lo veía comer, se me antojaba probar de lo que estaba comiendo pues disfrutaba tanto el hecho de comer que, aunque fueran unas quesadillas de queso, se las engullía con mucho deleite como si fuera el manjar mejor elaborado de la tierra.
Ahora yo voy a habitar, no sé si temporal o permanentemente, el lugar que él llenó por mucho tiempo y que incluso se conserva tal y como lo dejó pues la muerte ha sido reciente. Hay finos muebles de madera y se encuentrán todos los adornos que a él le encantaba coleccionar pues esa era otra de sus características: su insaciable curiosidad y el deseo de saber de todo, todo, de atesorar cualquier cosa con la que se tropezaba, tuviera ésta la procedencia que tuviera. Por eso su casa luce como una tienda de antigüedades, de cosas tan disimbolas que conviven entre sí como unos huaraches hechos por los yaquis de Sonora cerca de una porcelana china de la dinastía Ming. Así era él, grande, gordo, platicador empedernido pero con esa mirada de melancolía que de repente le llenaba los ojos de lágrimas sin explicación alguna y que él siempre trataba de ocultar pues lo hacía “sentir incómodo”, decía.
Ahora, a mis veinticuatro años, con una relación recientemente rota y el corazón hecho pedazos, regreso a este México-Tenochtitlan, como a él le gustaba llamar a esta ciudad que nunca dejó, para ocupar un espacio que no me pertenece, totalmente, digo, pues fue parte importante de mi niñez y un lugar inolvidable en los tiempos de vacaciones que venía a pasar con él. Y lo hago con el propósito de encontrar refugio y volver a reconstruir lo destruido por un amor mal correspondido (o ¿mal entendido?). Entro a la sala y me tumbo en su sillón favorito donde le gustaba pasar el tiempo, leyendo cualquier libro que por azares del destino caía en sus manos. Me sirvo una copita de tequila y dejo bajar la mente en todo y en nada pues lo que menos quiero en estos momentos es enfocarme en algo. El cansancio me vence pues el viaje desde Sonora fue largo y extenuante. “Viajar casi dieciocho horas sentado muele a cualquiera”, pienso.
Despierto y ya es de noche, recojo la maleta que había dejado en la entrada y la llevo a la recamara principal, abro la puerta y el olor a lavanda que le encantaba usar en todo momento, llena mis pulmones con este aroma y mi mente vuela a un día en que regresando de jugar en el parque cercano, entré intempestivamente al cuarto y lo hallé echado en la cama concentradísimo, escribiendo en un cuaderno empastado con piel de cerdo, lo cual me dijo cuando le pregunté qué hacía. Un poco nervioso y de manera pronta, cerro el cuaderno y para distraerme me dijo “tócalo, verás lo suave que se siente al tacto pues esta forrado con piel de cerdo” y de ahí me agarró del hombro y me sacó de su cuarto contándome la historia del proceso de elaboración del libro.
Veo la cama con barrotes de hierro forjado que aún conserva la colcha que mi propia bisabuela tejió, en los tiempos en que todavía era fuerte, su blancura me impacta pues a través del tiempo la conserva. Abro el ropero de cedro y observo su ropa colgada, mi abuelo era muy frugal para vestir, aunque no para comer. Usaba solamente dos o tres pantalones y tres o cuatro camisas, todas estas blancas pues era su color favorito. Fui descolgando una a una las piezas de su ropa y las fui guardando en su viejo baúl, no tenía ni la más remota idea de qué hacer con sus cosas personales y pensando en ello pasé al baño y fui colocando sus medicinas, su navaja para afeitar, su cepillo de dientes, su peine de carey, su bata para después de bañarse y sus chanclas. Cerré el baúl y me pregunté: ¿ahora dónde lo meto? Recordé que mi bisabuelo tenía un gran desván que se encontraba en el pasillo que daba a la recamara. Lleve mi carga hacia allá y cuando abrí la puerta me sorprendí, todo estaba perfectamente colocado en estantes y cajas, todo muy limpio como si el dueño hubiera pasado muchos momentos en el lugar. Sin más, coloqué mi carga en un espacio y cerré la puerta no sin antes hacerme la promesa de darle una checadita a todo lo que adentro estaba, pues creo que herede del Viejo su curiosidad.
Saqué mi propia ropa de la maleta y la coloqué en el ropero. Entre mi ropa hallé el libro de poemas de Benedetti y lo coloqué en la mesa de noche. Me desvestí y me duché con agua caliente para relajarme y cuando salí, agarré el libro y lo abrí exactamente donde está el poema “Todo verdor” y leo:
“Todo verdor perecerá
dijo la voz de la escritura
como siempre
implacable
pero también es cierto
que cualquier verdor
nuevo no podría existir
si no hubiera cumplido su ciclo
el verdor perecido…”
Cuando me despierto, estoy sobre la cama únicamente cubierto con la toalla en mi cintura. Me estiro y brinco de la cama con una energía que no había tenido en días. Me visto y corro a la cocina a prepararme un nescafé (¡no hay de otra!) y hago la lista de las cosas que debo comprar. Me desayuno y salgo de la casa silbando la canción “Tirana” que canta Eugenia León. Regreso y acomodo todo en su lugar y me siento en su sofá a leer un libro que tomo de uno de los numerosos estantes llenos de libros. Y ¡Oh, sorpresa! Resulta que es un libro de Oscar Wilde “De profundis”. “¡Qué liberal mi Viejo!”, pienso. Me lo pongo a leer y paso buena parte del día disfrutando la lectura (y reflexionándola también, por supuesto). Hago de comer, termino y salgo a la calle para ver si veo algo interesante en los cines. Caminando llego al cine Latino que exhibe “Volver” de Almodóvar. Me entusiasma la idea sin tener una pizca de información de la película y como estoy a tiempo, decido entrar a verla. Al final digo: ¡Guau, que peliculón! Y como que me llegó en un momento en que también vuelvo un poco sobre mis pasos. De regreso me voy chiflando la canción tema.
Al día siguiente, vuelvo a levantarme con mucha energía y entusiasmo. Me pregunto: “¿pues no que estaba muy depre por el rompimiento?” Y me contesto que tal ves sea por el reencuentro con la mejor época de mi vida y con todas esas buenas vibras que mi Viejo dejó tras de sí, las que me han llenado de vida otra vez. En ese tenor, decido hacerle en la tarde una visita al desván pues, como mi bisabuelo, mi curiosidad se despierta por saber el por qué un lugar de esa naturaleza se encuentra tan limpio y arreglado, ¿Qué encontraba el Viejo en él, para dedicarle tiempo y esfuerzo?
Abro la puerta del desván y me siento como la princesa que abre el cofre del tesoro, esperando encontrar miles de diamantes, perlas, rubíes, zafiros y esmeraldas. Enciendo la luz y me encuentro con estantes a la derecha, al fondo y a la izquierda. En el medio queda un espacio vacío que el Viejo aprovechó para poner una mecedora. Me tumbo en la mecedora y me tomo mi tiempo para decidir por donde empezar. Como la organización es uno de mis defectos (o cualidades, como se vea), decido empezar por la derecha. Parece que este era el estante de las chucherias o baratijas, según yo, porque encuentro llenos los tres niveles de figurillas y otros objetos de diferentes materiales y orígenes.
Agarro una pieza que llama mi atención y es una figurilla hecha de barro donde una pareja está haciendo el amor en la posición que todos conocemos como “el perrito” y pienso “¡Caray! El Viejo tenía su corazoncito” y me fijo en la fecha de la etiqueta que está adherida en la parte de abajo y leo: 15 de marzo de 1948. Me sorprende un poco el hecho de que haya adquirido esta pieza un año después de casarse. Tomo un rollo que parece un códice y lo extiendo, veo una figura con un dibujo que parece azteca y no tengo ni la más remota idea de lo que es. Le doy vuelta y leo “Ometeotl. Dios de la dualidad” y su fecha de adquisición es 20 de febrero de 1947. Y así cojo y dejo en su lugar piezas como un anillo con incrustaciones de marfil, un perro de barro de Colima, un dragón de jade, una mariposa en lapislázuli, una cuchara de madreperla, y otros muchos objetos más hasta que llego al final. Miro el reloj y todavía es temprano para comer así que decido empezar a revisar el segundo estante.
Y ¡oh, sorpresa! En el segundo nivel y delante de mis ojos se encuentra el cuadernillo donde escribía mi bisabuelo la tarde en que lo sorprendí. Lo tomo y como si el tiempo no hubiera pasado por él, sigue conservando su suave y tersa superficie. Tal y como si fuera un libro antiquísimo, como un códice o algo parecido, lo abro con sumo cuidado y caen al suelo algunas fotos viejas en color sepia, como se hacían hace años. Veo una donde están unos jóvenes abrazados y uno parece mi hermano pues tiene muchos rasgos que me son familiares. Veo varias de paisajes y otras donde varios niños asoman sus cabezas a través de vagones de ferrocarril, otra donde aparecen otros niños rodeando al Presidente Lázaro Cárdenas y otra donde solamente están muchos niños y algunos levantan el brazo izquierdo con el puño cerrado. Todas están fechadas y son de entre los años 1937 y 1940. Después de saciada mi curiosidad y preguntándome si alguno de esos chamaquitos era mi bisabuelo, comencé a hojear el cuaderno y en su primera hoja estaba escrita una dedicatoria que decía: “En memoria de un gran amor que la vida se encargo de separar para nunca más volver a reunir” Estaba fechada el 1 de diciembre de 1970, cinco años después de que falleció mi bisabuela, recordé. Después se dejaron dos hojas en blanco y a continuación un acróstico:
Me parece que nunca dejaré de
A ñorar tu recia figura
N i podré olvidar
U n rato vivido contigo pues
E l destino se encargará de poner
L ápida en mi cabeza antes de ello.
Mi pregunta inmediata fue ¿quién es Manuel? El Viejo se llamaba José María pero todos le decíamos “Chema” o “Chemita” de cariño. Ya estaba picada mi curiosidad así que me aplasté en la mecedora con el cuaderno en mis manos y sentado en unos cómodos cojines con los que contaba ésta, di lectura de lo que a continuación sabrán:
“Manuel, Manolo, Manolete como te gustaba que te dijera. ¿Hasta cuando tendré tu nombre en mis labios y en mi memoria todos los recuerdos vividos a tu lado? Miro hacia atrás y tu ausencia se agiganta cuando mi memoria comienza a traer aquellos momentos en que los dos, entre otros muchos, huíamos, sin saberlo y sin quererlo, de una guerra que llegó a ser tan desastrosa para nuestro pueblo y que nos alejó de nuestra tierra natal. Quisiera decirte tantas y tantas cosas que si pudiera expresarlas verbalmente me quedaría mudo al no poder decirlas todas a la vez. Tu sabor, tu olor, tu fuerza, tu risa, tu coraje, tu nostalgia, todo tú siempre han estado y estarán el resto del tiempo en que mi destino me alcance y tu y yo nos uniremos en el inframundo, en el infierno o en el cielo, en el shibalbá o en cualquier otro lugar propicio para compensar todo el tiempo que gastamos el uno lejos del otro, recuperar esos pedazos de nosotros mismos que perdimos al separarnos, en fin, lograr estar juntos aunque solo sea en espíritu.” Paro un momento y doy una respiración profunda, el Viejo ¿homosexual?, no doy crédito a ese pensamiento y decido continuar, aunque nace en mí la sensación de estar profanando algo, me siento como si estuviera entrando a la tumba de Pacal o algo por el estilo. Además, mis conocimientos de historia, en relación con las fechas de las fotos, me indican que tal vez el Viejo huía de la Alemania Nazi. ¿Gay y judío? ¡Amolado estaba! Continuo.
“Solamente a estas alturas comienzo a exteriorizar mis pensamientos. Me encuentro viejo y sólo pues la compañera que logró llenar algunos huecos que dejaste ha muerto y la presencia de tu ausencia se agranda pues mis hijos, nietos y bisnietos se encuentran lejos de mí. Este cuaderno lo inicio como una especie de catarsis donde intento conjurar mis demonios, una especie de oasis en medio de mi desierta vida y una forma de homenajear este amor que he sentido por ti desde el momento en que te conocí en el tren que abordamos hacia Burdeos, Francia, en Valencia el año de 1937. Ocupamos tú y yo, solos, el mismo camarote y nos pusimos a platicar y supe que venías de Andalucía y tú supiste que yo de Madrid. Que habías dejado a tu padre, pues eras hijo único, quien trabajaba como soldador en una fábrica y que por temor a perder al hijo querido, prefería enviarlo a un país amigo sin saber cuando se volverían a ver. Yo había dejado a mis padres y dos hermanos más grandes y me embarqué con mi hermana menor con el cuento de mis padres que iríamos a un campamento por poco tiempo.
Además, supe que tu padre había mentido al inscribirte pues dijo que tenías 15 años, la edad límite para inscribirse en aquel programa, cuando en realidad tenías 17 y que yo acababa de cumplir 15. Juntos hicimos el viaje contándonos mutuamente nuestras cortas historias. Cuando llegamos a Burdeos nos separamos, aunque ese breve tiempo estuviste en mi mente pues tu fuerte presencia ya había dejado huella en mí, alojándonos en un hotel para esperar a embarcar un buque que nos conduciría a México, país que todos pensábamos que quedaba “a la vuelta de la esquina” y nunca imaginamos que íbamos a trasladarnos por mar para llegar a él, ni que serían varias semanas para alcanzar sus costas. Esa separación entre nosotros fue temporal pues nuevamente quedamos juntos en el camarote del buque Mexique que nos llevaría a nuestro destino. Esta vez compartimos el espacio con unos gemelos que venían de Barcelona.
Fuimos a cenar las viandas que los buenos franceses nos habían donado y te desapareciste de la fila donde nos entregaban pequeños envoltorios con pan, queso y una botellita de vino (¡esos franceses!). Tiempo después llegaste al camarote con unas veinte botellitas de vino y dijiste: “Ahora si, ¡con esto podemos empezar a hacer la América!” y acto seguido empezaste a descorchar una botella y nos la pasaste. Nuestros compañeros no quisieron más y tú y yo empezamos a vaciarlas hasta quedar completamente borrachos. El sentimiento de la lejanía de mis padres me entristeció y empecé a llorar. Intentaste consolarme con palabras de ánimo y palmaditas en la espalda pero yo estaba inconsolable y me tire a la cama para llorar a rienda suelta sobre mi almohada. Te echaste junto a mi y me volteaste para que te mirara y dijiste: “Mira Chema, desde este momento te prometo, por el alma de mi padre, que siempre estaré contigo cuando me necesites y si algún mala sangre te intenta hacer algo, estaré ahí a defenderte”, acabaste de decir la última palabra y con los brazos y piernas me diste un fuerte abrazo y tus labios, por primera vez, se posaron en los míos y te quedaste dormido y poco después, al calor que producías y al acompasado ritmo de tu respirar, me quedé yo también dormido, sintiéndome muy seguro entre tus brazos y sin cuestionarme nada respecto de ese beso.” ¡Guau, me dije, así que desde chavito el Viejo ya hacia sus pinitos! Reflexiono y acepto que en la ingenuidad de sus quince años, el Viejo no tenía ni la remota idea de que eso era bien condenable en esa época.
La curiosidad fue más intensa que la sorpresa del ingenuo beso que había leído, pues no tenía ni la remota idea de que el Viejo era español ya que no tenía ningún acento extranjero cuando hablaba, así es que me dirigí a su vasto repertorio de libros que tenía y busqué algo sobre España. No encontré nada sobre ese país en particular pero hallé diez títulos sobre la Guerra Civil Española. Me puse a leer uno donde me enteré que dicha guerra tuvo lugar desde mediados de 1936 a mediados de 1939 y que por ese motivo habían emigrado miles de españoles. Como me interesaba lo de la emigración y el libro le dedicaba un capítulo entero al tema, leí que mucha gente huyó hacia todo el mundo desde aquel lugar pero especialmente a la URSS, Francia, Bélgica, Inglaterra y México (¡ahora caigo! Exclamé), pero a esos países de destino, primero fueron enviados niños y en 1937 se constituyo un grupo especial de infantes que se dirigieron a México con invitación y apoyo del Presidente de la República Mexicana de aquel entonces, Lázaro Cárdenas que, supe a continuación, de hecho fue el país del que España recibió más ayuda en ese tiempo. Cuando llegaron a México fueron recibidos con bombos y platillos, hubo verbenas populares y ceremonias oficiales pues fue un gran acontecimiento pues en México se vivía una etapa cercana a los ideales que movían a los revolucionarios de España. Y como su destino final fue la ciudad de Morelia, Michoacán, se les puso como sobrenombre “Los niños de Morelia”. La luz llegó a mi mente y ahora entendía todo lo que estaba leyendo, hasta comprendí el motivo de las fotos en ese cuadernillo, todo hacia sentido y me dio pesar el hecho de que el Viejo haya tenido que vivir esa experiencia de desarraigo de su familia pero también me encantó la idea de que hubiera encontrado a una persona en la cual apoyarse para sobrevivir y, sobre todo, que en ella encontró su verdadera personalidad y el amor, ese primer amor que siempre sera recordado por todos nosotros el resto de nuestras vidas.
Satisfecha, por el momento, mi curiosidad, volví al cuaderno y leí: “Al día siguiente nos despertamos y como si nada nos levantamos y fuimos a explorar el barco. Encontramos a mucha gente en el bordo vomitando, ‘el viaje está haciendo sus estragos’, dijimos. Días después llegamos a La Habana, Cuba, donde no nos bajaron pero si una multitud de gente nos esperaba en el Puerto y en nuestra inocencia, agitábamos las manos y nosotros, por ser los más grandecitos, levantamos el puño izquierdo y gritábamos “¡Viva la República!” y la gente nos vitoreaba. En ese puerto solamente permanecimos poco tiempo y después zarpamos. La llegada al Puerto de Veracruz fue apoteósica, cientos, si no miles, de gentes congregadas en el lugar gritando lo mismo que en La Habana, mucha gente nos agarraba de las manos o de nuestras ropas, nos gritaban hurras y nos enviaban besos con las manos, nos regalaban flores y dulces pero nunca tocamos el suelo de Veracruz, por una pasarela subimos al tren que nos conduciría a la capital.
El recorrido del tren fue fantástico pues en todas las estaciones había gente esperándonos y eran igual de expresivas que las de Veracruz. Cuando llegamos a la capital de México, el Presidente Cárdenas nos dio la bienvenida y visitamos algunas escuelas y fotos por aquí y fotos por allá, todo era algarabía a nuestro alrededor y mucha gente se tomaba fotos con nosotros y más flores y dulces y nos embarcamos en otro tren a Morelia, Michoacán, nuestro destino final. Nuestra relación fue creciendo y estrechándose, para todos lados ibamos juntos y nos abrazábamos como antiguos camaradas pasando mucho tiempo platicando acerca de los sucesos que no entendiamos completamente pero nos daba una importancia inmensa y en esas disquisiciones nos pasábamos horas conversando.
El Presidente había ordenado remodelar y acondicionar dos caserones en Morelia para albergar en uno a las chicas y en el otro a los chicos, ambos con el nombre de Escuela Industrial España-México, aunque en realidad eran internados. Nos dividieron por edades y mi cama quedó cerca a la tuya pero mi cama me encanto porque tenía un gran ventanal a la cabeza. Y a adaptarse a las nuevas condiciones, adaptación que estuvo llena de raspones y heridas con los maestros y autoridades del plantel, hasta que nos empezamos a calmar pues veníamos de un país en guerra y con el gran dolor del desarraigo, así que veníamos como potrillos salvajes. Nuestros contactos, tuyos y míos, eran frecuentes pues estábamos juntos en el grado de educación que nos asignaron y además, como parte de la educación que nos preparaba para ser hombres de bien, escogimos el mismo taller: mecánica. Cuando caminábamos de una clase a otra, tú solías pasar por mi espalda tu musculoso brazo que habías creado cuando trabajabas con tu padre y de repente rozabas con tus labios mis mejillas sin que los demás lo notaran. Yo me sonrojaba pero disfrutaba mucho de tus caricias y expresiones de afecto y en mi ingenuidad, no pensaba llegar a más.
Así transcurrió un año y recuerdo bien que era junio, uno de los meses más calurosos en Morelia, no recuerdo por qué no tuvimos que ir al taller y teníamos toda la tarde libre. Rápidamente y sin comentarlo con nadie más, decidiste que fuéramos al río cercano a la ciudad. Llegamos caminando pues no encontramos ningún transporte para ir al lugar conocido por “La Poza”. Cuando llegamos, estábamos todos sudorosos así que inmediatamente nos quitamos la ropa y desnudos, saltando, gritando y riendo nos tiramos al agua. Recuerdo que el agua estaba deliciosa, nadamos y jugamos un buen rato y en ese tono festivo nos salimos del agua para tirarnos en una roca plana que estaba a la orilla. Nuestros cuerpos quedaron cerca y no recuerdo el motivo (tal ves fue el Diablo o Dios el que lo provocó, ¡a saber!) pero empezamos a luchar cuerpo a cuerpo, forcejeamos por un buen rato y otra vez estábamos sudorosos pero de repente paraste la lucha y me miraste fijamente a los ojos, con esa mirada tuya que a todos podía convencer y que no se dejaba amilanar por nada, yo también te veía (no recuerdo si enamorado o expectante) y en ese momento nuestros rostros se empezaron a acercar hasta que nuestros labios se unieron comenzándonos a besar; primero de una manera lenta introdujiste tu lengua en mi boca y aquella intrusa provocó un sobresalto en mí pero enseguida me defendí introduciendo la mía en tu boca.
Los besos fueron tomando intensidad y nuestros respectivos miembros entraron en actividad, el tuyo principalmente tomando un tamaño bastante considerable pues eras mayor que yo. Como éramos dos neófitos en esas lides no supimos qué hacer y lo mejor que hicimos fue restregarnos uno contra el otro, frotando nuestros miembros en una lucha sin cuartel nuestros miembros se encontraban haciendo las veces de sables pero en una contienda no sangrienta sino excitante y placentera. Nuestras bocas, manos, vientres, piernas, todos ellos formaban una bola de fuego que amenazaba con quemarnos. En esos menesteres duramos unos quince minutos, el tiempo más placentero que recuerdo de mi vida, hasta que finalmente terminamos al mismo tiempo y las caricias y besos tomaron un ritmo suave. Como tú habías estado encima de mí, te tiraste a lado sobre tu espalda pero agarrándome la mano. Preguntaste: “¿Qué piensas? ¿Estás enojado?”. Y yo te contesté: “No, estoy feliz”. Me diste un beso lleno de ternura en la boca y me dijiste que tú también lo eras, que esperabas estuviéramos juntos por mucho tiempo. En ese momento pasó una carreta con un campesino llevando maíz en la parte de atrás y nos dijo: “¡Buenas tardes!” Y le contestamos, perdiéndose la magia que nos envolvía y regresándonos a la tierra y a la realidad. Nos levantamos y vestimos. Camino de regreso, a través de la campiña con el sol en su ocaso y una brisa que traía un olor combinado de vegetación y humo, tan característico del campo, me tomaste de la mano hasta la ciudad donde nos paramos a tomar un Titán de naranja que nos fió Don Goyo, el dueño del estanquillo de la esquina de la escuela. Estábamos tomando el refresco, compartiéndolo y en la radio se escuchaba:
“La juventud se va y se va deprisa como el viento.
Hay que gozarla más y después vivir de sus recuerdos
Hay que tener valor y darnos una vez sin miedo
Amar es un dolor que esconde la felicidad.
Los juramentos son, en amor, tan falsos como ciertos
tener una ilusión que más da, si luego la perdemos
podemos fracasar lo mismo que encontrar un cielo.
Juguemos el albur, juventud hay una nada mas…”
Era una canción que empezaba a tomar fuerza en 1938 y que en ese momento la guardé en mi cabeza sin pensar ni reflexionar en ella pero que ahora que la recuerdo me produce un agridulce sabor de boca pues contigo viví experiencias nunca antes ni después vividas con esa intensidad, tu recuerdo me ha sostenido todo este trecho que he andado sin tí. Pero en aquel momento yo era el adolescente más feliz del mundo y éste se me hacia chico en comparación de lo que estaba sintiendo en esos momentos. Tú también te veías radiante y eso me confirmaba que mis sentimientos eran compartidos por tí. Nunca pasó una duda o un rechazo hacia lo que habíamos hecho. No existía ningún cuestionamiento interno por nuestra actitud.” Tome otra respiración profunda y me dije: “¡que intenso el Viejo!” No podía dejar de leer, mi curiosidad y el deseo de saber más y más fueron incrementándose y seguí leyendo. “Nuestros encuentros, después de la primera experiencia, cobraron entonces un carácter más sexual y crecían en atrevimiento. La siguiente vez (¡cómo la recuerdo! Y si estuviera menos enfermo yo creo que me volvería a excitar), tuvo lugar en las duchas. Como si nos leyéramos el pensamiento nos hicimos tontos hasta que todos terminaron por irse y nos quedamos solos. Antes de quedarnos totalmente solos, tú me dabas la espalda y volteabas la cabeza haciéndome un guiño, aún en presencia de los otros. Yo, cuando nos encontramos completamente solos, ya estaba excitadísimo y tenía una erección que si pronto no tenía atención iba a provocarme dolor (eso lo pensé fugazmente aunque no tenía una experiencia previa). Ese fue el momento cuando tú te volteaste, viéndome de frente y cuando bajé la mirada a tu vientre, también tenías una fuerte erección pero la tuya se veía más provocativa pues tu miembro era bastante más grande que el mío. De mutuo acuerdo, no sé cómo ni con qué pretexto, te acercaste a mí dándome un beso húmedo que me dejó sin habla por un momento pues me agarró sorpresivamente. Inmediatamente nuestros brazos cobraron vida junto a nuestros vientres y con el agua que escurría entre nuestros cuerpos, nos restregábamos furiosamente cuando de repente, y sin decir “¡agua va!” Me volteaste y con el jabón como lubricante (ahora que lo pienso, no sé de dónde tomaste la idea), introdujiste tu pene dentro de mí. Mi cuerpo reaccionó tratando de safarse pero tú me abrazaste con tus brazos como tenazas a la altura del pecho y no me soltaste.
El dolor del primer embate fue muy doloroso pero conforme fuiste moviéndote dentro de mí, aquel se fue convirtiendo en placer. La acción que tomaste y la cogida me sorprendieron brevemente pues no tenía la remota idea de que eso se pudiera hacer entre dos personas. Recuerdo esos momentos y todavía mi esfínter palpita al recordarte dentro de mí. El proceso duró unos diez minutos, los más excitantes de mi corta vida y terminaste gimiendo, pues no podías gritar ya que se oiría y tu cuerpo se aflojo. Dejaste que el agua recorriera tu cuerpo pero no sé cómo y de dónde vino la idea, pero te voltee e hice que te pusieras de rodillas, tu magnífico culo quedó expuesto a mi vista y te contemplé unos instantes, tú no dijiste nada pero sabías (o ¿intuías?) lo que iba a venir. Doble mis piernas hasta que mi verga alcanzo tu culo y utilizando de la misma forma el jabón, la introduje toda y volviste a dar un pequeño gemido, para mí fue como abrir las puertas del paraíso pues nunca antes había tenido esa sensación de goce, de poder, de compartir y estar con alguien a quien amas (por supuesto que en ese momento no me importaron estos razonamientos). El proceso no duro mucho pero yo no pude contener las ganas y grite como solo un animal salvaje podría hacerlo. Dándome cuenta de lo que hice, me levante rápidamente y te ayude a hacer lo mismo, te fuiste a tu regadera y yo me duche con agua fría para que se me bajara la erección que tenía aún. Cuando nos vestíamos bajo la mirada del conserje que había acudido por mi grito, me hallaba sorprendido de haber vivido y disfrutado cosas totalmente nuevas y que anteriormente no sabía que se podían hacer pero que sin embargo, no sé cómo, intuía que no estaba bien hecho pues en Morelia, sociedad conservadora, la pareja era hombre-mujer y nada más. Esa idea no estaba muy bien delineada en mi cabeza pero ahí estaba, no con vergüenza pero sí con algo de incomodidad. En mi mente no estaba totalmente clara la idea de algo prohibido pero si de algo extraño”
“¡No es posible!”, me dije, ¡el Viejo si era gay! La lectura me excito demasiado que tuve que detenerla, bajarme el cierre y con ayuda de mi saliva, hacerme una santa masturbada hasta que no quede completamente satisfecho. Ya después de haberme calmado reflexione. Me dije: “Ahora resulta que es de familia. ¿Cuánto le habrá costado al Viejo guardar este secreto? De hecho fue ¡toda su vida! Nunca me pasó por la cabeza que hubiera habido otros homosexuales dentro de la familia, me consideraba el único y resulta que no, que ya hay antecedentes. Bien guardadito que estaba en el closet pero fue valiente al enfrentar las condiciones que la sociedad le imponía: casarse y tener hijos. Este pensamiento me enorgulleció al saber que el Viejo rompió una tradición impuesta por la sociedad dominante de aquel entonces y reflexione que aunque actualmente ya no se estila mucho el casarse para “taparle el ojo al macho”, aunque todavía hay gente que lo hace, continúa habiendo mucho hostigamiento para las personas con otras preferencias sexuales.
Deje mis cavilaciones a un lado y continué leyendo. “Ese descubrimiento de nuestra sexualidad totalmente abierta, nos expandió el universo y de “¡ahí pa’l real!” como dicen los mexicanos, nuestros encuentros fueron convirtiéndose en algo frecuente, sorpresivo y candente. Recuerdo la primera vez que me asaltaste en mi cama. Estaba yo tranquilamente durmiendo cuando sentí una mano sobre mi boca. Desperté sobresaltado pero reconocí casi de inmediato tu mano pues ya todo mi cuerpo la conocía como era, rasposa y con dedos cortos gruesos. Me quede quieto esperando alguna indicación tuya pero el empujón de algo duro que sentí en mis nalgas, me hicieron comprender lo que vendría a continuación. Comenzaste a besarme el cuello y acariciarme el cuerpo con las dos manos cuando entendiste que te había reconocido. Junto con tus manos, tu pelvis se movía a un ritmo que empezó lento pero fue creciendo en rapidez y fuerza. Pero el inconveniente fue la cama pues como era de metal hacia ruido por lo que te detuve y te susurré al oído “mejor bajémonos”.
Nos levantamos y coloqué mi sábana sobre las baldosas frías, nos recostamos e iniciamos una serie de besos, caricias, apretones de nalgas y jaladas de verga. Me puse boca abajo y te pusiste saliva en tu mano (otro hallazgo del que no tenía ninguna idea), me la pusiste en el culo y volviste a hacerlo lo mismo pero en esta ocasión fue en tu verga. Lentamente, para no lastimarme, fuiste clavándome tu considerable mascota y una vez que sentiste tus testículos sobre mis nalgas, la fuiste sacando muy despacito hasta que solamente dejaste su punta dentro de mí. Una vez que te enteraste que no había dolor en ello, procediste a meterla, pero esta vez con gran fuerza que hasta puje, quedito, por supuesto, y con grandes estocadas lo dejaste ir y venir a su antojo hasta que terminaste calladamente. Te separaste, he inmediatamente de volteaste para que llegara mi turno. Otra vez te tenía a mi merced y con mis manos acaricié como pude tu ancha espalda, pues el hecho de estar bajo la cama nos daba poco espacio de maniobra y fui besándote desde el cuello hasta que llegue a la raya donde se dividían tus nalgas. Dudé por un momento el continuar pero ya estaba encarrerado y besándote una a una tus magníficas nalgas, fui llegando al centro de tú, en ese momento, frágil humanidad y puse mi lengua en tu ano, no entiendo cómo se me ocurrió pero lo hice, primero lamiéndolo y después introduciéndola lo más que pude. En ese momento, cuando te introducía, lanzaste un gemido que me atemorizó, pensando que eso podría despertar a los compañeros. Me quedé quieto y atento el oído, como no escuché ni sentí ningún movimiento, continué haciendo lo que hacía. Me tome mi tiempo explorando esa zona tan tuya hasta que la dejé bien humectada. Procedí a untar saliva en mi verga y sin decir ¡agua va! la metí de un solo golpe hasta el fondo y volviste a gemir, pero esta vez no me detuve, continué cabalgando por un buen rato hasta que en esta ocasión si pude reprimir el grito y solamente salió de mi garganta un ¡hum! de satisfacción y de placer. Te volteaste y te bese en la boca, recostándome a tu lado. Nos relajamos y estuvimos quietos, solamente agarrándonos de las manos, por un rato.
Tiempo después, nos volvimos a besar y nuestros miembros se volvieron a poner duros, en esa ocasión nuestra exploración fue mutua y descubrimos el sabor de nuestras vergas al mismo tiempo. El descubrimiento de poder agarrar con nuestras bocas nuestras correspondientes vergas nos hicieron explorar detenidamente nuestros miembros junto con sus respectivos compañeros, tu contabas con mayor vello púbico que yo y al introducir tu verga en mi boca hasta el fondo, que no era una cosa fácil pero que con práctica lo fui haciendo mejor, mis labios lo rozaban produciéndome un cosquilleo en ellos. Al sentir mi verga en tu boca fue como entrar a la cueva de Ali Baba pues con tu lengua jugando con mi glande (¡gracias a dios que nuestros padres no nos circuncidaron!) me hacías sentir que el miembro era tocado por las más ricas y tersas telas mientras tu lengua jugaba con mi prepucio. Mientras yo hacia lo mismo con la tuya y jugaba también con la punta de tu verga y con mi lengua recorría palmo a palmo tu estaca dura como el granito y suavemente metía tus testículos en mi boca, ora uno, ora el otro, ora los dos y tu lanzabas pequeños gemidos de placer. En ese trabajo nos llevamos un buen tiempo pues entre que explorábamos la zona genital y nos desviábamos a la zona anal, eyaculamos en nuestras bocas a la vez, volviendo nuestros cuerpos a reposar después. En aquella época éramos los dos muy jóvenes, tu 18, yo 16, por eso teníamos esa energía que se derrochaba a nuestros costados.
Nuevamente nos quedamos relajados por un rato pero esta vez reiniciamos caricias que íbamos descubriendo, como dicen que dijo el que lo dijo. Supe que tenías cosquillas en las plantas de los pies y tú supiste que me producías escalofrío cuando me besabas atrás de las orejas. Cuando llegamos a la parte genital, ya estábamos ambos duros como rocas y nos empezamos a subir y a bajar el glande primero, con extremo cuidado como si fuera un tesoro que teníamos en la mano, como decía, primero delicadamente pero después, con fuerza y cerrando el puño alrededor de la verga del otro, nos masturbamos mutuamente hasta terminar mientras con la otra mano y con las piernas creabamos otras caricias. Descansamos y a continuación te levantaste, no sin antes darme un beso y dijiste “buenas noches” y te dirigiste a tu cama. Me levanté y volví a mi cama sin poderme dormir porque aún continuaba excitado, tanto física como mentalmente pues cada experiencia que vivíamos era algo sorprendentemente nueva y placentera pero además me maravillaba las múltiples formas en que podían gozarse dos personas y cómo, el contacto continuo de nuestros cuerpos iba descubriendo maneras de hacer sexo sin tener la remota idea de que podrían existir. Además, ¡santa ingenuidad!, pensaba que no había nada prohibido en lo que hacíamos pues existía un mutuo consentimiento de ambas partes.” Vaya con los “modernos” de esos tiempos, pensé. Haciendo esa reflexión recordé que mi primer contacto con algo homosexual fue a través de la TV cuando alguien amanerado era objeto de burlas, chistes y en ocasiones hasta agresiones físicas de la gente a su alrededor. Me solidaricé un poco con el Viejo pues también en mi época de descubrimiento tuve que esconderme e incluso hasta hoy en día, para que la gente no me rechazara por ser un hombre que gusta de otros. Recordé con nostalgia el primer ligue de mi vida a los catorce años en la secundaria. Por supuesto que no fue tan intenso como el del Viejo pero fue en verdad mi primer amor y siempre lo conservo como uno de mis mejores recuerdos.
Continuo leyendo: “A la mañana siguiente nos enteramos que en la noche anterior uno de nuestros compañeros había muerto electrocutado. Fue un shock el enterarme pues mientras yo gozaba contigo, otra persona moría. En mi naciente juventud, cuando uno se piensa fuerte e invencible, este hecho me hizo reflexionar acerca de lo corta que es la vida y lo fugaz que pueden ser los momentos placenteros. Esta muerte causó mucho revuelo en el plantel y los problemas duraron hasta que hubo un cambio de director. Al mismo tiempo empezaste a dar muestras de ese indomable o testarudo carácter que te caracterizaba. No ibas a clase, faltabas al taller, salías por las noches a escondidas y regresabas por la madrugada para que no te sorprendieran. Nuestros encuentros empezaron a escasear pero eran intensos. Intentaba reflexionar y platicar contigo pero decías que eras hombre y que tenías derecho de hacerlo. Los problemas para ti empezaron a aparecer pero nada te importaba y a fines de 1940 fuiste removido para el Internado España-México No. 2 que se encontraba en la capital de México. Cuando me comunicaste lo que iba a pasar, prometimos escribirnos siempre y la última noche que pasaste en nuestro lugar marcó un final apoteósico.
Fuiste hacia mi cama y sigilosamente me despertaste y quedito me indicaste que me vistiera pues te tenía que acompañar. La invitación me sorprendió pues nunca me habías hecho participe en tus correrías. Intrigado te seguí y por el lado de los talleres nos brincamos la barda. Caminamos en las semioscuras calles de Morelia hasta que llegamos a un área desconocida por mí pero que te resultaba cómoda por lo que pude apreciar. Nos metimos en un portal grande de gruesa madera y llegamos a un patio central, a un lugar que parecía ser una vecindad. Tocaste en una puerta algo que parecía ser una clave y abrieron. Una persona que claramente era un hombre con ropas de mujer nos sonrió y nos dijo “bienvenidos”. En el interior había algunas mesas que eran ocupadas por hombres y al centro había una pista que parecía ser de baile (lo que comprobé tiempo después). Nos dirigimos a la barra improvisada al fondo del cuarto y pediste dos mezcales. Nos lo sirvieron y me diste uno. Brindaste por el tiempo en que permanecimos juntos y en el cual nos conocimos y entregamos en alma y cuerpo. De un jalón bebiste el tuyo y pediste otro. En ese momento la sinfonola comenzó una canción bailable y todos los hombres se pusieron a bailar entre ellos. Eso me sorprendió pues estaba acostumbrado a lo que pasaba entre nosotros pero no tenía ninguna idea de que pudiera haber gente y sitios como aquellos. Me pediste bailara contigo y sin esperar contestación me agarraste de la mano y la cintura e iniciamos el baile, no sin una sensación de pena de mi parte pues como ya dije, estaba acostumbrado a tu cuerpo pero no a exhibirme delante de otros. El roce de nuestros cuerpos era estrecho a pesar de que la música era muy movida y eso nos excitó pues nuestros miembros brincaban en nuestros pantalones, pidiéndonos a gritos atención y luchando por salirse de esa prisión que para ellos representaban los pantalones. Terminó la pieza y volvimos a la barra. Acabamos nuestras bebidas y entraron dos muchachos del pueblo morenos de buena estatura, atractivos, sombrero y bigotes. Te saludaron con mucha confianza y me presentaste. Pediste una ronda para todos e iniciamos una plática entre todos. Sonó otra canción en el aparato y sacaste a uno de ellos a bailar. El otro hizo lo mismo conmigo y otra vez sucedió lo que contigo. Nuestros cuerpos se rozaban, primero ocasionalmente pero después con intención de hacerlo, provocándonos la erección consabida. Así, entre rondas de copas y bailes, fuimos intercambiando parejas, sucediendo siempre el cachondeo entre todos. Serían las dos o tres de la mañana, yo estaba muy mareado ya igual que todos pero me percate que uno de los muchachos se acercó al que atendía el bar y le introdujo un billete en la mano.
Momentos después nos invitó a ponernos ‘cómodos’, dijo. Acto seguido te levantaste y me ayudaste a hacerlo pues ya estaba mareado y de la cintura me condujiste a un pasillo donde abriste una puerta y entramos a una recamara (lo que deduje por la cama que estaba en medio). Todos nos metimos y uno de los muchachos llevaba una botella en la mano que puso en el buró y todos nos sentamos en la cama. Tu comenzaste a besarme mientras que los otros hacían lo mismo, lo que vi con su imagen reflejada en el espejo, sorprendido por el beso en público que me estabas dando. Con la desinhibición producida por las copas, correspondí a tu beso estrechando el espacio que quedaba entre nosotros abrazándote con mis brazos. Estuvimos un rato besándonos, cuando de repente sentí que alguien me agarraba la nalga, abrí nuevamente los ojos y me fijé que tenías tu brazo extendido y alcanzando la verga de uno de ellos. Vuelvo a insistir en que yo estaba ya mareado y no tenía mucho control de mis reacciones por lo que apercibido de que tu hacías lo mismo que el otro, te solté del abrazo que te estaba dando y tomé del cinturón al que más me había llamado la atención, le pasé la mano por la cintura, lo jalé hacia mi y con la otra mano agarré su cabeza y le planté un gran beso. De lo que sucedió a continuación, no tengo un recuerdo exacto. La imagen que recuerdo es que todos nos fuimos quitando la ropa, con un pequeño dejo de agresividad e impulsividad. Desnudos ya, todos estábamos formando un grupo compacto de brazos, piernas, manos, culos y vergas. Todos mamábamos, cogíamos, agarrábamos, besábamos, chupábamos, arañábamos, metíamos, sacábamos, mordíamos, lamíamos, succionábamos y nos entregábamos a los placeres del cuerpo y del sexo con agresividad, con gran ahínco e ímpetu, a veces en parejas y en ocasiones en grupo. Dos o tres horas después de idas y venidas, descansamos un rato y nos vestimos para regresar a la escuela. Nos metimos por el mismo lugar y nos tiramos a nuestras camas respectivas. A la mañana siguiente, con los estragos del alcohol y del exceso, me fui a la escuela y tú te quedaste reuniendo tus pocas pertenencias para el viaje. Regresé a tiempo para abrazarte e intercambiar nuevamente las promesas de escribir y visitarnos lo más que pudiéramos. Después, el adiós. No me pude contener y me solté en un llanto amargo al verte subir al camión. Ver partir tu figura fuerte y pensar que nunca más te volveria a ver y nunca te tendría dentro de mí y yo de ti, fue algo que no pude soportar, corrí detrás del camión hasta que mis fuerzas se agotaron. Te asomaste a la ventana trasera del autobús y me enviaste un beso con la mano. Te regresé el beso y me paré, exhausto, arrodillándome instantes después, desfalleciente de dolor y al punto del agotamiento emocional.
Los días que continuaron a tu partida fueron tristes y desolados. No tuve ánimo de hacer nada y todo perdió interés. Tiempo después recibí una carta brevísima de tu parte pero que para mí representó agua en el desierto. Había pasado días sin comer ni dormir, desganado de hacer cualquier cosa y perdidas las ganas de continuar viviendo, sin ninguna esperanza, atormentándome con escenas que podrías tener con otros, loco de celos. Pero tus palabras me regresaron la vida. Bebí una a una tus palabras escritas como si fueran maná del cielo. Por supuesto que inmediatamente, al terminar de leer la carta, te escribí, página tras página, una larga carta que inmediatamente te envié. Por supuesto que no pude compartir con nadie la emoción que me embargaba el enviarte una carta, ni tampoco el infierno que hasta entonces había vivido. Nadie supo lo que había habido entre tú y yo y mucho menos después de un evento que marcaría mi vida e influiría mis decisiones futuras.
Corría el año 1942. Recuerdo que estábamos trabajando en el taller de mecánica cuando oímos una fuerte algarabía que provenía de la calle. Una multitud de cerca de 50 personas perseguían a un hombre de aproximadamente veinticinco años. Todos llevaban garrotes y cuerdas principalmente, aunque uno que otro llevaba machete. Le gritaban “puto”, “marica”, “joto”, “florecita”, “mariposón” y junto a esos epítetos decían “¡Te vamos a quitar las ganas de seguir cogiendo con hombres!”, el hombre iba ya desangrándose e iba trastabillando intentando salvarse de la multitud pero en su carrera loca caía y se levantaba hasta que en una de esas cayó y todos lo molieron a golpes en el suelo e incluso observé que entre la gente agolpada se alzaba un machete y después todo fue silencio. La gente dejó de gritar y fueron retirándose de poco a poco hasta dejar la calle solamente con el cuerpo inerte del hombre. El maestro corrió para tratar de auxiliarlo pero ya era demasiado tarde, la ambulancia llegó dos horas después, igual que la policía, y solamente se llevaron el cadáver sin hacer ninguna pregunta, como si ya supieran y/o estuvieran de acuerdo con lo que había pasado. El hecho me afectó tanto que tuve que pedir permiso para retirarme y una vez que llegue al dormitorio solté el llanto y no supe por quién lloraba, si por el hombre o por mi, al saber que podría pasarme lo mismo.” ¡Guau! Dije, tal vez las cosas han cambiado un poquito desde aquel entonces en que la sociedad era más cerrada pues hoy en día no se ven casos así o por lo menos no son frecuentes, tan violentos y a la luz del día pero los periódicos frecuentemente publican historias de gentes gay que son asesinadas sin que se hagan las investigaciones necesarias para esclarecer las muertes. Tal vez el día de hoy somos más visibles porque generalmente somos personas con un gran nivel de consumo y por que no, gracias a las luchas de que muchos homosexuales, lesbianas, trasvestis y transgeneros han realizado para hacer que nuestra realidad sea respetada por el resto de la comunidad en donde vivamos. Ante lo que acababa de leer reaccioné con mucho coraje al ver que las cosas han cambiado pero solamente de forma y de intensidad ya que siguen subsistiendo practicas homofóbicas a todos los niveles y en todos lados. Fui a la cocina por un vaso de agua y ya tranquilo proseguí con mi lectura.
“Como un eterno vigilante estuve esperando tu contestación rondando la oficina que recibía el correo, pero esta nunca llegó. Mis sentimientos en aquel tiempo eran contradictorios pues anhelaba tus palabras pero también apareció por primera vez el miedo a la posibilidad de que la gente supiera qué hubo entre tú y yo. Día tras día fui consumiéndome en vida entre estas dos aguas. Fui perdiendo kilo tras kilo y esperanza tras esperanza aferrado a la idea de que tal ves te volvería a ver pronto y ante la idea, delirante a veces, de enfrentar el juicio de otra gente.
Así pasó un año y al recibir una invitación de una familia de emigrantes españoles radicados en el D.F., brinqué de gusto pues había llegado el momento de buscarte y volver a hacer las mismas cosas que hicimos juntos, tuve la esperanza de que pudiéramos tener nuevamente esa relación que alguna vez nos unió tanto, de construir nuevamente ese puente que había entre nosotros. Llegó el esperado día y estaba muy ansioso. Inmediatamente que llegué a la ciudad les pedí permiso para ir a la escuela donde habías sido enviado. Llegué a buena hora y pregunté en las oficinas por ti. La noticia fue un mazazo en mi cabeza pues me dijeron que, efectivamente, habías llegado en la fecha convenida pero que quince días después te desapareciste del lugar y no sabían nada de ti desde entonces. Con el corazón roto y el alma por el suelo, regresé a la casa donde me hospedaba y fui un maestro del fingimiento pues hacía y decía cosas que no sentía. Los quince días que duraron las vacaciones se me hicieron meses pero al final regresé a Morelia. Tiempo después, invitado otra vez por la misma familia pero esta vez para quedarme con ellos, regresé a la capital del país y me inscribí en una escuela con el fin de estudiar ingeniería, tenía ya veinte años. Terminé la carrera e inmediatamente me casé a los 23. En aquel tiempo nunca tuve relaciones con otros hombres aunque no me faltaron oportunidades, pero después de ver la forma en que la sociedad reaccionaba ante esa situación, me reprimía el deseo y continuaba adelante. Sólo con el corazón destrozado, tuve que continuar lo que la gente esperaba y hasta me obligaba a seguir: casarme y tener familia, ser un hombre de provecho como muchos me decían” ¡Que triste! Suspiré y me pregunté: “¿Cuál es la diferencia entre el ayer y el hoy?”. Me puse a reflexionar acerca de los avances que en materia de derechos habíamos adquirido los homosexuales y realmente no fueron de gran ayuda mis resultados:
- Somos más visibles, es decir, tolerados pero solamente en lugares específicos.
- Se tolera más a una persona gay aunque se prefiere que no sea de la familia, ni muy afeminado
- Existen más lugares (tanto bares y discotecas, como sitios por Internet y revistas) abiertamente homosexuales pero son caros pues la comunidad gay tiene para gastar dinero, es decir que el marketing nos ha vencido.
- Se han realizado películas donde se plasma una homosexualidad diferente del estereotipo, aunque en muchas otras se continúa utilizando el mismo para el ridículo.
- En algunos países se admite el casamiento de personas del mismo sexo aunque en otros se asesine a gente por su condición homosexual (y hay países en donde estas dos características coexisten, por ejemplo, México)
- Somos estigmatizados por la enfermedad del siglo XX, el SIDA, a pesar que las estadísticas dicen que no somos los únicos.
- Tal vez un avance y a mi juicio el más importante, es que hemos ganado la posibilidad de vernos como una comunidad. Somos un ente multifacético pues vamos de las locas vestidas hasta empresarios, escritores y políticos (hasta curas ¡carajo!). Una comunidad que es capaz de verse a sí misma, auto criticarse y levantar la testa para seguir adelante.
Después de hacer mi brevísimo análisis, continué con la lectura. “Pero a pesar de mis deseos, volví a caer en la tentación. Recuerdo que era el año 1958, época antes de la navidad para ser precisos y ya para mí eras un mero recuerdo que me dolía pero solamente de manera sorda. Iba yo caminando sólo por la avenida San Juan de Letrán (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas) buscando los regalos de navidad para mis hijos y esposa cuando, viendo un escaparate, vi al otro lado a una persona que se parecía mucho a ti, el mismo pelo ensortijado, la misma piel aceitunada y la misma mirada decidida. Mi corazón dio un vuelco y mi ritmo cardiaco se intensificó tanto que temí me fuera a desmayar. Al estar mirando tan intensamente al sujeto, este terminó por darse cuenta y se me quedó viendo también. Nervioso, desvié la vista y lo miraba de soslayo percatándome que continuaba viéndome. Caminé a otra tienda esperando que el tipo se alejara en otro sentido pero continuó tras de mí. Estaba llegando a la Calle de Madero huyendo de mí, ahora, perseguidor y voltee para ver si continuaba ahí y me tranquilicé al no verlo pero al momento de voltear lo tenía enfrente de mí diciéndome “Buenas noches”. Comencé a sudar frío y contesté “Buenas noches tenga usted”. A continuación me espetó: “Me he dado cuenta que se me ha quedado viendo por un buen rato y me pregunto el por qué de su acción” Las palabras se agolparon en mi boca pero le explique que me recordaba a alguien del pasado.
Él dijo llamarse Adrián y tenía la misma edad que tú hubieras tenido, era maestro en una preparatoria y estaba también buscando regalos para su esposa e hijos. Como su voz sonaba tranquila y no agresiva, regresó mi confianza y platicamos un rato hasta que me invitó un café a la Casa de los Azulejos. Tomamos asiento y comenzamos a platicar de nuestras historias y profesiones, yo no me había percatado que sus ojos eran café oscuro pero de mirar profundo, enmarcados con unas gruesas cejas que le oscurecían un poco el tono de la piel, sus labios eran más carnosos que los tuyos, muy besables por cierto, y la sonoridad de su voz era seductora. En esas observaciones andaba cuando sentí que su pierna rozaba insistentemente la mía y yo no tuve a donde moverla y como no la quite continuó haciendo lo mismo a intervalos. Había pasado ya una hora y me dijo: “todavía es temprano, te invito al cine que esta en la otra calle” Me di cuenta del tuteo y un hormigueo en mi estómago me hizo aceptar. Fuimos y tomamos asiento. No transcurrieron ni quince minutos cuando empezó con su pierna a rozar la mía y cuando su mano se posó en mi pierna, mi miembro saltó de manera inmediata. Yo estaba nerviosísimo y excitadísimo a la vez, miraba a todos lados creyendo que los demás nos estaban observando. Adrián fue subiendo su mano sobre mi pierna hasta que llegó donde mi verga estaba durisísima y empezó a sobármela y con pases de maestro me desabrochó la bragueta y me la sacó iniciando un movimiento de arriba abajo, primero con la mano y a continuación con su boca, alternándose. Yo por supuesto que no me quede a la zaga y seguí sus pasos. Estábamos masturbándonos de lo más lindo cuando acercó su cabeza a la mía y me plantó un profundo beso húmedo que duró una eternidad y que me transportó a tiempos remotos, después de ti no había vuelto a besar a un hombre. Me fue recorriendo con su boca la mejilla, la oreja y cuando llegó al cuello me estremecí de placer. Se dio cuenta de ello y sin que yo me diera cuenta, con la otra mano se empezó a desabrocharse el pantalón. Una vez quitado el cinturón, se bajó el pantalón y untándose saliva, se sentó en mi verga. Yo estaba escandalizado pero al observar a mi alrededor me percate que había solamente dos o tres parejas más que estaban también haciendo lo suyo aunque nunca supe a ciencia cierta de qué sexo eran y Adrián se estuvo sentado sobre mi verga largo rato. Después, magistralmente se quitó los zapatos y tras de ellos los pantalones también. Sin zafarse de mi verga se dio la vuelta plantándome un gran beso, continuamos por algunos minutos y en esa posición terminé. Lentamente regresamos a nuestras posiciones originales, vistiéndonos a la vez, terminó él y sin más me dijó “¿Nos vamos?” Se levantó y yo tras él. A la salida solamente me dio la mano y dijo “Fue un placer”, se dio la media vuelta y se fue. Nunca más me lo volví a encontrar ni a saber de él.”
¡Caray, me digo, por qué habrán desaparecido esos cines! Y pareciera que la cosa no ha variado mucho en el ambiente gay. Los encuentros casuales en cualquier lugar, sexo y después ¡Chao! Si te he visto, no me acuerdo. Miro el reloj y me doy cuenta que no he comido y que son las dos de la mañana. Ya encarrerado el ratón... dice el dicho, así que me entero de todo el periplo del Viejo durante el resto de su vida y su lucha contra su homosexualidad que alguna vez disfrutó y cierra el cuaderno escribiendo “Adios amor mío, estas letras han servido para mantenerte fresco en mi memoria, tanto mental como física. Espero que tu vida haya sido más fácil que la mía y tengo el pleno convencimiento de que fue de esa manera por tu fuerte carácter y sólidos principios. Pero creo que no debo decir adiós sino hasta luego pues algún día nos volveremos a encontrar. Y termino como dijo Pedro Paramo
‘Hace mucho tiempo que te fuiste... La luz era igual entonces que ahora, no tan bermeja; pero era la misma pobre luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina que hay ahora... Yo aquí, junto a la puerta mirando el amanecer y mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo; por donde el cielo comenzaba a abrirse en luces, alejándote, cada vez más desteñida entre las sombras de la tierra.’
Dejo el cuaderno en su lugar de origen y salgo del desván con un raro sabor de boca pero también descubro que el dolor que sentía por mi amor perdido al empezar a leer el cuadernillo se ha esfumado y mi cerebro quedó sumamente excitado, honrado y orgulloso pues me enteré de algo más grande y profundo que lo viivido por mí, pero preocupado a la vez pues me quedó bullendo en la cabeza la idea de que los homosexuales no hemos evolucionado mucho que digamos, aunque incuestionablemente ha habido avances.
En general, parece que en una época el Viejo y yo compartimos el hecho de tener nuestros corazones rotos pero su camino fue más tormentoso que el mío pues a pesar de que nadie en mi familia saben que soy gay, tampoco siento esa presión que él sintió cuando se descrubrió diferente. Yo no creo que me vaya a casar por presiones de la sociedad y aunque todavía sigo en el clóset, gozo de la libertad de ir y venir, con restricciones por supuesto, pero tengo un chance mejor que el Viejo de poder realizarme completamente como persona entera, no vivir en una mentira como vivió, aunque le admiro su capacidad de adaptación y su fortaleza para sobrevivir al amor roto que tuvo, además de que no se convirtió en un ser amargado y queriéndole hacer la vida imposible a otros, sino al contrario, fue un ser que supo querer (aunque quien sabe si la llegó a amar) a la mujer con quien vivió, engendró hijos y los supo educar, sabía disfrutar de la vida y compartir lo mejor de su existencia con otros. De esa parte estoy orgulloso por provenir de una familia así, aunque por otro lado veo que el ambiente gay no ha cambiado en mucho sustancialmente hablando, seguimos cogiendo con uno y otro sin importarnos nada, tal vez tengamos ya algunos derechos en algunos paises pero seguimos siendo ciudadanos devaluados en muchas parte de este mundo. Tal vez la libertad sexual que tenemos sea una cosa buena, pero como dijo mi bisabuelo “Quien sabe quien hizo eso, dios o el diablo” y tal vez esa sea tema para otra historia. Asi es que cerre la puerta, me fui a la sala, me serví un tequila, me senté en el sofá y me dije a manera de consolación, como nuestra celebérrima poetisa, por el amor que se me fue: “¿quién en amor ha sido más dichoso”.
EL TERCO
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