domingo, 2 de agosto de 2009

Cuento No. 2

ESAS RUINAS QUE VES O EL PASADO REGRESA

Estoy dándole rienda suelta a mi vena de incipiente escritor pero fundamentalmente escribo porque quiero manifestar y sacar de mis adentros mi indignación por los últimos acontecimienotos que han ocurrido en nuestras vidas, la de mi amante por cuarenta años y la mía. Lo veo sentado en el porche de nuestra casa en Salinas, si, ese lugar de ensoñación que saltó a la fama gracias a Steinbeck, y me siento a escribir en el antiguo escritorio que compramos en una venta de garage hace un poco más de quince años cuando todavía viviamos en la ciudad de San Francisco. Hace calor en el exterior por lo que se echa aire a la cara y el cuello con un abanico que trajimos del viaje tan extenso que hicimos a las playas de Oaxaca, México, cuando todavía eramos relativamente jóvenes (o debo escribir, ¿no tan viejos?). Contemplándolo, me viene a la memoria esa bella canción que escuchamos no hace ni cinco años, en la voz preciosa de una oaxaqueña, Susana Harp y que dice algo así:

“Contigo llegó a mi vida la primavera

contigo llego a mi senda una nueva luz

contigo siento que vivo por vez primera

las cosas que un día viviera en mi juventud...”

Tengo muy bien presente cómo fue que nos conocimos. Estabamos en lados opuestos de un río que finalmente nos llevó a vivir juntos por cuarenta años. Era el mes de junio de 1969, para ser exactos un sábado, y me encontraba disfrutando en el bar con una bola de amigos latinos y afroamericanos, sería alrededor de la una de la mañana y el bar estaba semi lleno cuando de repente la gente empezó a gritar “¡la policía!”.

Todos pensamos que era una redada común y corriente como hacia ya tiempo atrás ocurrian en los bares de ambiente. Pero esa noche era especial pues todos estabamos hartos de que cerraran y abrieran los antros por las acciones homofóbicas de mucha gente y en especial de la policía. Comenzaron a pararnos a todos contra la pared y a pedirnos identificaciones y a los que no teníamos nos iban subiendo a la patrulla junto a algunas vestidas y personas muy amaneradas. Fue en ese momento que te ví y a pesar de ese momento tan tenso, me pude percatar que eras todo un mango en uniforme pero además de fijarme en tu porte, observe que de todos los polis eras el que mejor nos trataba pues los demás eran agresivos y muy groseros cuando nos conducían del bar a la patrulla. Estaba ya adentro del vehículo, cuando de repente empecé a escuchar gritos y pelea dentro y fuera del Stonewall. Nunca quedó claro como empezó todo pero la comunidad gay se había cansado de tanta represión y descriminación. La batalla se desató y solamente pude gritar “¡arriba las locas! ¡Duro, chicas!” Me emocioné tanto que inicié un zapateo en el piso de la patrulla y comencé a empujar con mi espalda el costado del camión y todos los que estabamos adentro a la vez gritábamos, zapateábamos y empujábamos la patrulla haciendo que se bamboleara, obligando al chofer a arrancar.

Alejándome, te volví a ver tras la ventanilla y sonreías al ver el alboroto, como si en lugar de molestarte te gustara. Tu imagen quedó grabada en mi mente y la patrulla se alejó. Nos llevaron a la carcel y ahí permanecimos durante tres días pues nadie tuvo para pagar la fianza y cuando salimos nos enteramos de lo que había pasado. En esos momentos no me percaté de la importancia del suceso pero más tarde me cayó el veinte de las implicaciones que tuvo en la vida de nosotros los gay y me convertí en un activista muy movido en pro de nuestros derechos.

Seguí con mi trabajo de diseñador de interiores viviendo en Soho y como la vida cultural en ese vecindario era muy intensa, frecuentaba galerías muy a menudo. Cual no sería mi sorpresa al encontrarte, dos semanas después, parado y viendo una pintura de no me acuerdo que artista. Me acerqué a ti e inicié una conversación trivial acerca del cuadro. Cuando volteaste a verme mi miraste algo sorprendido y preguntaste que si no nos conociamos y te dije que no, que no tenía el gusto pues no estaba muy seguro que eras tú al no reconocerte bien sin el uniforme. Dijiste que te llamabas Saul y te dije que yo era Eloy, nos dimos las manos y continuamos platicando acerca del cuadro. Seguimos viendo la exhibición y al terminar me invitaste a tomar un café, te dije que preferia ir a mi casa a tomárnoslo “Si no tienes ningún inconveniente”, señalé. Fuimos caminando hacia mi cercano departamento, platicando de mil y una tonterias. Entramos al depa y te quedaste admirado de lo bien que lucía una pobre buhardilla.

De tu comentario sobre el depa continuamos charlando entre café y café hasta que no pude aguantar mi curiosidad, pues quería estar seguro, y te pregunté que si eras policía. “Si, ¿por qué?”, preguntaste. Expliqué la forma en que te había visto por lo que de nuevo se inició otra gran charla donde pude percatarme de que eras gay pero en el closet (esa, ahora tan famosa frase). Parecía que teniamos tiempo de conocernos pues no nos cansábamos de platicar hasta que se llegó el tiempo de que te fueras pues vivías en Chelsea y tenías que hacer un gran recorrido. Quedamos de volvernos a encontrar al día siguiente y así estuvimos por más de un mes, viéndonos casi a diario y se fue creando ese lazo que permanecería por mucho tiempo. Un día se me ocurrió invitarte a Woodstock. “¿Qué va a haber allá?”, preguntaste. Un concierto al que asistirá mucha gente y estarán muchos cantantes de rock muy importantes, te dije. Tras de una breve vacilación aceptaste, hicimos planes para equiparnos e ir y quedé en pasarte a recojer a tu casa en mi carcacha.

Era el mes de agosto, muy lluvioso. Llegamos de entre los primeros pero ya había centenares de personas. Estacioné el carro y bajo una llovizna persistente, nos dirijimos al área donde estaba la gente. Eso era un viernes en el cual comenzamos tomando cerveza y fumamos cantidades industriales de marihuana durante toda la jornada. Te veías muy relajado y contento. Tú sonreías y yo me sentía contento. Ese día disfrutamos la música de una de mis cantantes favoritas, Joan Baez entre otros muchos cantantes.

El sábado nos movimos cerca de una zona boscosa para cubrirnos un poco de la lluvia que en ocasiones era muy intensa. Ahí nos encontramos a un grupo de tres mexicanos que habían ido en plan de desmadre y traían peyote, ese hongo alucinógeno que empezaba a ser famoso entre los hippies de esa época, pero que era originario de Oaxaca y de algunas partes del sur de Estados Unidos, usados por la también incipientemente famosa María Sabina y muchos otros indígenas más. Hicimos mancuerna con el grupito y estabamos dando unos toquines tomando cerveza, cuando comenzó a tocar Santana y los chavos mexicanos se enardecieron al escuchar “Jingo”. A la siguiente canción nos invitaron a consumir los hongos. Yo dije inmediatamente que si, pues por supuesto que no iba a dejar de pasar la oportunidad de consumir gratis una nueva droga. Tú dijiste que no. Ellos no te insistieron mucho pues te pidieron que fueras mi guardian y explicaron que era conveniente pues a veces el efecto suele ser impredecible, especialmente por ser la primera vez.

Tomé el pedazo que me dieron y lo mastiqué. Mi cuerpo reaccionó inmediatamente y a la siguiente canción de Santana “Soul Sacrifice”, yo ya estaba volando. El viaje fue estupendo y no me lo esperaba tan bueno. No supe en que momento me separé del grupo y en el viaje yo andaba por una jungla (el bosque cercano) y mis sentidos se hipersensibilizaron pues escuchaba el ruido de las gotas de lluvia al caer, así como el contacto que hacían con mi piel, parecia que entraba en contacto con terciopelo, el sonido de las ramas de los arboles al tocar el suelo también me fue perceptible en esos momentos, y todo pese al ruidajo producido por los músicos. Tampoco supe cuanto tiempo pasé en el viaje pero en la madrugada del día siguiente estaba entre despierto y dormido titiritando de frío, hasta que sentí a alguien arropándome pues estaba completamente desnudo. Eras tú que me habías encontrado en un paraje pasando la zona boscosa. Me abrazaste y comenzasté a sollozar diciéndome que era un maldito por haberme perdido dejándote solo, que nunca lo fuera a hacer otra vez y eso lo acompañaste con besos y muchas caricias (entre dándome calor y cachondeándome).

Tus besos y caricias fueron como petalos de rosas que cayeron en mi rostro y como eramos jóvenes (teníamos 28 años los dos), me comencé a excitar y te planté un gran beso en la boca y correspondí a tus caricias con las mias. Mi verga se puso dura de inmediato y cuando mi mano bajo para explorar la tuya, me encontré con que también la tenías bien parada. Nos olvidamos de la cobija y ahí, al aire libre, te bajé el cierre del pantalón, saqué tu verga y la comencé a mamar lentamente, no era muy grande pero era muy gorda y apenas cabía en mi boca. Te fuiste desvistiendo sin dejar de besarme y de acariciarme hasta que quedamos completamente desnudos. Comenzamos a jugar mutuamente con nuestras vergas, mamándonoslas y usando la cobija como colchón, me tendí boca abajo para que me lubricaras el culo pues te quería bien dentro de mí, aunque pensé que me iba a doler al principio. Te colocaste encima de mí y mientras frotabas tu verga con mis nalgas, empezaste a besarme el cuello lo que me provocó un pequeño cosquilleo. Fuiste lamiendo toda mi espalda, mis sobacos y antes de llegar a mis nalgas me diste la vuelta, dándome una profunda mamada en la verga y me dí cuenta que no eras nuevo en esos menesteres a pesar de haberme dicho que estabas en el closet.

Estuviste un rato entreteniéndote con mi verga y mis huevos procediendo después a darme la vuelta y ahora si, comensaste a lamerme el culo y a introducirme tu lengua, lo que me hizo sentir nuevamente de viaje. Una vez que lo lubricaste, comenzaste a meterme un dedo para que fuera relajándose mi esfínter, colocaste dos y hasta tres de tus gruesos dedos. Una vez que te aseguraste que podrias entrar, pusiste saliva en tu verga y te colocaste en posición para penetrarme. Lo fuiste haciendo delicada y calmadamente, no supe si porque no querias lastimarme o porque lo disfrutabas, aunque después descubrí que era por lo segundo. Fuiste entrando poco a poco en mi cuerpo, como lo habías hecho ya en mi vida, hasta que tus huevos tocaron mis nalgas. Yo creo que estaba totalmente relajado por el hongo pues no me dolió absolutamente nada. Lo extrajiste lentamente para dejarme solamente la punta y volviste a meterla de manera suave otra vez. Lo hiciste cinco o seis veces más hasta que te diste cuenta que en lugar de dolor, me estabas causando un gran placer por lo que pasaste tus brazos debajo de mis axilas, agarrándome fuertemente y enroscando tus piernas en las mias, comenzaste un movimiento frenético y así, con esos rápidos y febriles movimientos, terminaste haciéndome venir a mi también, sin habérmela tocado.

La escarcha estaba sobre el pasto y se sentía el friecito matinal por lo que, abrazados, nos enrollamos con la cobija y dormimos hasta que el concierto del domingo nos despertó. Una vez despiertos, nos quitamos las cobijas y como dos seres que apenas habían venido al mundo, permanecimos desnudos. Pareciamos dos chiquillos con juguete nuevo pues no dejábamos de reir, de saltar, de besarnos y acariciarnos sin la menor provocación. ¡Nos habíamos encontrado mutuamente! Y eramos felices por ello.

Una vez que terminó el concierto, nos despedimos de los cuates mexicanos, agradeciéndoles su compañía y agarramos camino rumbo a casa. En el camino comenzamos a platicar de lo que había pasado en el bosque y te pregunté qué era lo que pensabas. Dijiste que habías tenido la duda de ser gay desde los quince años de edad y que habías tenido varios encuentros casuales con otros hombres aunque nunca te habías enamorado de ninguno de ellos, por ello creías que sí lo eras pues estabas muy enamorado de mi persona. Esa información hizo que mi corazón saltara, detuve el auto y lo orillé. Una vez detenido te abracé y te dí un gran beso. Establecimos que el sentimiento era mutuo y desde ese día te quedaste a vivir conmigo para ya nunca volvernos a separar, como buenos latinos que eramos.

Mudaste tus cosas a mi casa y todas las mañanas me encantaba verte cuando te ponías el uniforme para ir a trabajar. Tomando el café que nos preparaba, te observaba y cada vez pensaba que era un milagro haberte encontrado en las condiciones más extrañas y me decía lo suertudo que era. Pasaron ocho años tranquilamente, tú en tu trabajo y yo haciendo el mio e involucrándome cada vez más en la organización del movimiento gay en la ciudad, así como también tú te fuiste involucrando, de manera secreta primero pero después ya abiertamente. Durante ese tiempo disfrutamos y padecimos juntos acontecimientos como el final de la Guerra de Vietnam y los asesinatos sufridos por israelíes en las Olimpiadas de Munich. Pero como la vida no puede ser totalmente dicha y felicidad, los problemas comenzaron cuando se enteraron en el departamento de policía que eras homosexual y que vivias conmigo, la vida en el trabajo se hizo casi imposible para ti, por lo que platicamos la situación y decidimos que lo mejor era cambiarnos de estado y mudarnos para San Francisco.

No teniamos ni tres años viviendo en la Castro, en la que viviamos completamente felices cultivando amistades, cuando en 1981 leímos en el periódico de la rara enfermedad que surgió entre la gente homosexual en Nueva York y tiempo después conocimos la noticia de que también en Los Angeles apareció. El pánico surgió dentro de la comunidad y unos sospechaban de los otros, no había gente que se enfermara por alguna otra razón, que no fuera catalogada con la nueva enfermedad. Como la gente heterosexual se enteró que predominaba entre los gays y eran los que más la padecían, en 1982 la empezaron a llamar la “Plaga Rosa”, “El cancer gay” y nuevamente fuimos objeto de descriminación en todas las áreas de la vida.

Al interior de nuestra relación empezamos a preocuparnos porque con la información que surgía, nos fuimos enterando que se sospechaba se transmitía por contacto sexual y por la sangre. Comenzamos a dudar uno del otro pues a pesar de que habíamos permanecido juntos, sabíamos que de manera discreta, el otro había tenido relaciones sexuales con otras personas durante ese tiempo. El temor y la duda estaban presentes. Fue el tiempo más difícil de nuestra relación pues era la sospecha una presencia constante cuando haciamos el amor, al grado de que lo tuvimos que espaciar pues el deseo se vino abajo. Conforme se fueron haciendo los descubrimientos más y más precisos acerca del origen y su causa, fuimos calmándonos y como la comunicación entre nosotros era muy abierta y sincera, hicimos una terapia de pareja entre nosotros mismos y llegamos a la conclusión de que eso no afectaría nuestra relación pues si bien habíamos hecho lo que habíamos hecho, no era tiempo para lamentarnos sino que, si teníamos la enfermedad, ibamos a luchar juntos para sobrevivir.

Nuestros amigos iban cayendo como moscas ante el embate de la enfermedad y el trabajo comunitario vino a crear una oportunidad para los que la padecían y a ayudarnos a resolver nuestros conflictos dentro de la relación. La solidaridad y el apoyo de las nuevas organizaciones que iban surgiendo, eran un refrescante baño para nuestro vida interna. El miedo pululaba la vida de todos pues se sabía el nombre de la enfermedad (SIDA) pero se desconocía casi todo sobre ella.. La descriminación en contra de las personas que se sospechaban tenían la enfermedad nueva, fueran o no homosexuales, como se vino a saber después, iba creciendo alarmantemente y por eso las organizaciones comunitarias jugaron un papel fundamental en este proceso.

En ese tiempo la información surgía a cuenta gotas y se iban conociendo más datos acerca de la enfermedad. Finalmente en 1984 se descubre qué causa la enfermedad tan rara pero los baños y los clubes gays fueron clausurados en San Francisco como “medida preventiva” y como coronación a esa discriminación, en 1985 se da el caso del niño Ryan White.

Levanto la mirada de la computadora y observo que te echas aire con una mano y con la otra levantas una lupa para poder leer. Esa actividad que nos hizo unirnos mucho más en los tiempos de nuestra incipiente relación pues ambos disfrutábamos mucho el leer, y eso me recuerda que cada vez más pierdes la vista, así como la memoria por algunos momentos. Espero que no te olvides de que he sido tu amante por años y me des una patada en la cola para sacarme de tu vida, ¡ja!.

Esos tiempos del inicio del SIDA fueron muy pesados por la carga discriminatoria, de rechazo, de miedo, de angustia y desesperación pues hasta que no se supo como descubrirla, pudimos dormir tranquilos y volver a coger libremente porque afortunadamente fuimos unos de los primeros en hacerse la prueba para saber si estabamos infectados o no en 1985, cuando fue creada la prueba para detectar los anticuerpos. Pero además, la comunidad gay dió muestras de poder organizarse en torno a una necesidad que le afectaba, los hechos de solidaridad, apoyo y fraternidad, estuvieron presentes en esa dura jornada como respuesta a tantos hechos negativos. Una vez más la comunidad se organizaba alrededor de algo que le afectaba directamente: primero la descriminación por ser diferente y luego con el estigma de ser portadores de la nueva y letal enfermedad.

Afortunadamente no estuvimos infectados y volvimos a seguir coguiendo. Recuerdo muy bien el día en que nos dieron los resultados. Fuimos los dos juntos a recojerlos al hospital y cuando los leímos ¡como saltamos de justo! ¡nos abrazamos y besamos en la clínica! A pesar de las miradas que doctores y enfermeras nos hacían. Inmediatamente salimos y fuimos a comprar una botella de champagne para celebrar la ocasión. Nos fuimos al depa y desnudos nos metimos a la bañera junto con la botella. Nuestros húmedos cuerpos se frotaban deliciosamente por el agua caliente y el jabón. Chapoteamos felices un rato en la tina, bebiendo copa tras copa y explorando nuestros cuerpos como si fuera la primera vez que nos conociamos, hasta que nos excitamos y besándote, te puse en cuclillas y de un solo tirón te penetre, gritaste de placer y de dolor por la embestida, estuve entrando y saliendo con un placer inmenso pues siempre me ha gustado tu culo y hacia que te incorporaras para besarte en la boca. Después te dí la vuelta y poniendo tus piernas en mis hombros te volví a penetrar ayudado con la lubricación del jabón y el agua. Paré un instante y aprovechaste para zafarte. Me incorporaste y ahora fuiste tú el que me penetró, estuvimos parados cogiendo por un buen rato y levante una pierna para que tu penetración fuera más profunda, hasta que tu respiración me indico que ibas a terminar, agarré mi verga y me masturbé logrando terminar a la vez que tú lo hacías. Gritamos como si hubiera sido la primera vez que cogiamos, gritamos porque nos liberabamos de la losa que pendía sobre nuestras cabeza y terminamos la ducha junto con la botella.

En ese tiempo también padecimos juntos la perdida de mis seres queridos por el terremoto de la Ciudad de México y tu hombro me sirvió para llorar a mis muertos. Pero como la vida tiene que continuar, seguimos haciendo trabajo con la comunidad, luchando para que hubiera más investigaciones en el campo de la enfermedad y que se proveyera el dinero necesario para ello, a la vez que teniamos nuestros trabajos propios. Nuestros tiempo iba de la oficina a la organización no lucrativa y a la casa. Estos cuarenta años que hemos vivido y padecido muchas cosas juntos, nos han servido para unirnos cada vez más, si es que eso puede ser. Juntos hemos vivido y pasado muchas buenas y malas experiencias con que la vida ha cubierto nuestro camino.

Ahora que ya que tenemos sesenta y seis años y las enfermedades que padecemos nos han deteriorado los cuerpos, quisimos irnos a vivir a un asilo y parece que tendremos que volver a luchar, a pesar de que nuestros cuerpos padecen ya un buen cúmulo de enfermedades y que hemos llevado una vida productiva, dentro de algunos cánones que nuestra conciencia y la sociedad establece. Tenemos ahorrado el suficiente dinero para pagar uno de esos lugares que sea decente y nos provea de un cuidado especial para el resto de nuestras vidas pero sabíamos, por nuestras amistades, que era imposible conseguir uno en el área de Salinas. Nuestros amigos cercanos que lo habían intentado fueron rechazados en todos por lo que creímos que era mejor buscar en otro lugar y nos fuimos a visitar varios cerca de San Francisco, lugar entrañable pues habíamos vivido mucho tiempo ahí. En todos los lugares nos recibieron muy amablemente pero cuando se enteraban que queriamos un cuarto para los dos con una sola cama, brincaban de admiración algunos y con disgusto otros, poniéndonos mil y un pretextos para no aceptar nuestra solicitud. Hicimos la visita a diferentes lugares y en todos la respuesta fue negativa, nunca nos dijeron que por ser homosexuales sino siempre existía una razón u otra para darnos una negativa.

¿Entienden cual es mi frustración y coraje? Después de haber luchado por años por los derechos de los homosexuales, resulta que la sociedad no avanza, se niega a reconocer nuestra existencia y continuamos siendo estigmatizados. ¿Será que tendremos que hacer otro Stonewall para hacernos escuchar? ¿Será que tendré que regresar al closet para poder vivir una vejez tranquila? ¿Será que después de dormir en nuestra cama común por casi cuarenta años tendremos que dormir en cuartos separados, ocultando nuestro amor? Esto ha sido un shock para mi pues creía que esos tiempos obscuros habían pasado a la historia, misma que se vuelve a repitir pero como soy un luchador, a pesar de mis enfermedades y achaques volveré a tocar puertas, hare mítines y cualquier acto donde las autoridades puedan escuchar mi/nuestra voz y pueda morir tranquilo sabiendo que voy a cerrar la puerta dejando un mundo más justo detrás de ella.

Termino el escrito con esas reflexiones que son vómito de mi parte por el grado máximo de decepción en que me encuentro pero me voy, pues tengo que tomarme la pastilla de las 4:00 pm para la presión alta.

EL TERCO

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