domingo, 2 de agosto de 2009

Cuento No. 4

¿CIRCULAR O ESPIRAL?

Tengo miedo de verte

necesidad de verte

esperanza de verte

desazones de verte

tengo ganas de hallarte

preocupación de hallarte

certidumbre de hallarte

pobres dudas de hallarte

tengo urgencia de oírte

alegría de oírte

buena suerte de oírte

y temores de oírte

o sea

resumiendo

estoy jodido

y radiante

quiza más lo primero

que lo segundo y también

viceversa"

Viceversa. Poemas de otros

Mario Benedetti.


Me hallo con el alma destrozada y con los ánimos por los suelos, en suma, arrastrando la cobija. En mi mente suena el poema de Benedetti cuando abro la puerta del departamento que alguna vez fue de mis bisabuelos. A mi bisabuela de plano nunca la conocí realmente, solo tengo fragmentos de su imagen en mi memoria pues se murió cuando yo tendría unos cuatro años y nunca tuve una relación con ella pues pasó tres de sus últimos años atada a la cama debido a su avanzado cáncer que la había invadido completamente y como en aquel tiempo existía mucha ignorancia de la enfermedad, a mí, cual chiquillo normal, no se me permitió acercármele nunca. Con mi bisabuelo fue otro cantar. Con él si pasé muchos momentos riquísimos y no nada más hablo de la comida, que por otra parte le encantaba, sino que las experiencias vividas en su compañía fueron fructíferas en conocimiento de vida y enriquecedoras en el plano intelectual pues el Viejo se las gastaba en eso del conocimiento.

Pero ahora tendré que asumir su ausencia pues ha sucumbido a los estragos de la diabetes, a la cual nunca se adaptó pues comía como un adolescente sin importarle nada las prohibiciones para ello pero comía tan deliciosamente que, cuando lo veía comer, se me antojaba probar de lo que estaba comiendo pues disfrutaba tanto el hecho de comer que, aunque fueran unas quesadillas de queso, se las engullía con mucho deleite como si fuera el manjar mejor elaborado de la tierra.

Ahora yo voy a habitar, no sé si temporal o permanentemente, el lugar que él llenó por mucho tiempo y que incluso se conserva tal y como lo dejó pues la muerte ha sido reciente. Hay finos muebles de madera y se encuentrán todos los adornos que a él le encantaba coleccionar pues esa era otra de sus características: su insaciable curiosidad y el deseo de saber de todo, todo, de atesorar cualquier cosa con la que se tropezaba, tuviera ésta la procedencia que tuviera. Por eso su casa luce como una tienda de antigüedades, de cosas tan disimbolas que conviven entre sí como unos huaraches hechos por los yaquis de Sonora cerca de una porcelana china de la dinastía Ming. Así era él, grande, gordo, platicador empedernido pero con esa mirada de melancolía que de repente le llenaba los ojos de lágrimas sin explicación alguna y que él siempre trataba de ocultar pues lo hacía “sentir incómodo”, decía.

Ahora, a mis veinticuatro años, con una relación recientemente rota y el corazón hecho pedazos, regreso a este México-Tenochtitlan, como a él le gustaba llamar a esta ciudad que nunca dejó, para ocupar un espacio que no me pertenece, totalmente, digo, pues fue parte importante de mi niñez y un lugar inolvidable en los tiempos de vacaciones que venía a pasar con él. Y lo hago con el propósito de encontrar refugio y volver a reconstruir lo destruido por un amor mal correspondido (o ¿mal entendido?). Entro a la sala y me tumbo en su sillón favorito donde le gustaba pasar el tiempo, leyendo cualquier libro que por azares del destino caía en sus manos. Me sirvo una copita de tequila y dejo bajar la mente en todo y en nada pues lo que menos quiero en estos momentos es enfocarme en algo. El cansancio me vence pues el viaje desde Sonora fue largo y extenuante. “Viajar casi dieciocho horas sentado muele a cualquiera”, pienso.

Despierto y ya es de noche, recojo la maleta que había dejado en la entrada y la llevo a la recamara principal, abro la puerta y el olor a lavanda que le encantaba usar en todo momento, llena mis pulmones con este aroma y mi mente vuela a un día en que regresando de jugar en el parque cercano, entré intempestivamente al cuarto y lo hallé echado en la cama concentradísimo, escribiendo en un cuaderno empastado con piel de cerdo, lo cual me dijo cuando le pregunté qué hacía. Un poco nervioso y de manera pronta, cerro el cuaderno y para distraerme me dijo “tócalo, verás lo suave que se siente al tacto pues esta forrado con piel de cerdo” y de ahí me agarró del hombro y me sacó de su cuarto contándome la historia del proceso de elaboración del libro.

Veo la cama con barrotes de hierro forjado que aún conserva la colcha que mi propia bisabuela tejió, en los tiempos en que todavía era fuerte, su blancura me impacta pues a través del tiempo la conserva. Abro el ropero de cedro y observo su ropa colgada, mi abuelo era muy frugal para vestir, aunque no para comer. Usaba solamente dos o tres pantalones y tres o cuatro camisas, todas estas blancas pues era su color favorito. Fui descolgando una a una las piezas de su ropa y las fui guardando en su viejo baúl, no tenía ni la más remota idea de qué hacer con sus cosas personales y pensando en ello pasé al baño y fui colocando sus medicinas, su navaja para afeitar, su cepillo de dientes, su peine de carey, su bata para después de bañarse y sus chanclas. Cerré el baúl y me pregunté: ¿ahora dónde lo meto? Recordé que mi bisabuelo tenía un gran desván que se encontraba en el pasillo que daba a la recamara. Lleve mi carga hacia allá y cuando abrí la puerta me sorprendí, todo estaba perfectamente colocado en estantes y cajas, todo muy limpio como si el dueño hubiera pasado muchos momentos en el lugar. Sin más, coloqué mi carga en un espacio y cerré la puerta no sin antes hacerme la promesa de darle una checadita a todo lo que adentro estaba, pues creo que herede del Viejo su curiosidad.

Saqué mi propia ropa de la maleta y la coloqué en el ropero. Entre mi ropa hallé el libro de poemas de Benedetti y lo coloqué en la mesa de noche. Me desvestí y me duché con agua caliente para relajarme y cuando salí, agarré el libro y lo abrí exactamente donde está el poema “Todo verdor” y leo:

“Todo verdor perecerá

dijo la voz de la escritura

como siempre

implacable

pero también es cierto

que cualquier verdor

nuevo no podría existir

si no hubiera cumplido su ciclo

el verdor perecido…”

Cuando me despierto, estoy sobre la cama únicamente cubierto con la toalla en mi cintura. Me estiro y brinco de la cama con una energía que no había tenido en días. Me visto y corro a la cocina a prepararme un nescafé (¡no hay de otra!) y hago la lista de las cosas que debo comprar. Me desayuno y salgo de la casa silbando la canción “Tirana” que canta Eugenia León. Regreso y acomodo todo en su lugar y me siento en su sofá a leer un libro que tomo de uno de los numerosos estantes llenos de libros. Y ¡Oh, sorpresa! Resulta que es un libro de Oscar Wilde “De profundis”. “¡Qué liberal mi Viejo!”, pienso. Me lo pongo a leer y paso buena parte del día disfrutando la lectura (y reflexionándola también, por supuesto). Hago de comer, termino y salgo a la calle para ver si veo algo interesante en los cines. Caminando llego al cine Latino que exhibe “Volver” de Almodóvar. Me entusiasma la idea sin tener una pizca de información de la película y como estoy a tiempo, decido entrar a verla. Al final digo: ¡Guau, que peliculón! Y como que me llegó en un momento en que también vuelvo un poco sobre mis pasos. De regreso me voy chiflando la canción tema.

Al día siguiente, vuelvo a levantarme con mucha energía y entusiasmo. Me pregunto: “¿pues no que estaba muy depre por el rompimiento?” Y me contesto que tal ves sea por el reencuentro con la mejor época de mi vida y con todas esas buenas vibras que mi Viejo dejó tras de sí, las que me han llenado de vida otra vez. En ese tenor, decido hacerle en la tarde una visita al desván pues, como mi bisabuelo, mi curiosidad se despierta por saber el por qué un lugar de esa naturaleza se encuentra tan limpio y arreglado, ¿Qué encontraba el Viejo en él, para dedicarle tiempo y esfuerzo?

Abro la puerta del desván y me siento como la princesa que abre el cofre del tesoro, esperando encontrar miles de diamantes, perlas, rubíes, zafiros y esmeraldas. Enciendo la luz y me encuentro con estantes a la derecha, al fondo y a la izquierda. En el medio queda un espacio vacío que el Viejo aprovechó para poner una mecedora. Me tumbo en la mecedora y me tomo mi tiempo para decidir por donde empezar. Como la organización es uno de mis defectos (o cualidades, como se vea), decido empezar por la derecha. Parece que este era el estante de las chucherias o baratijas, según yo, porque encuentro llenos los tres niveles de figurillas y otros objetos de diferentes materiales y orígenes.

Agarro una pieza que llama mi atención y es una figurilla hecha de barro donde una pareja está haciendo el amor en la posición que todos conocemos como “el perrito” y pienso “¡Caray! El Viejo tenía su corazoncito” y me fijo en la fecha de la etiqueta que está adherida en la parte de abajo y leo: 15 de marzo de 1948. Me sorprende un poco el hecho de que haya adquirido esta pieza un año después de casarse. Tomo un rollo que parece un códice y lo extiendo, veo una figura con un dibujo que parece azteca y no tengo ni la más remota idea de lo que es. Le doy vuelta y leo “Ometeotl. Dios de la dualidad” y su fecha de adquisición es 20 de febrero de 1947. Y así cojo y dejo en su lugar piezas como un anillo con incrustaciones de marfil, un perro de barro de Colima, un dragón de jade, una mariposa en lapislázuli, una cuchara de madreperla, y otros muchos objetos más hasta que llego al final. Miro el reloj y todavía es temprano para comer así que decido empezar a revisar el segundo estante.

Y ¡oh, sorpresa! En el segundo nivel y delante de mis ojos se encuentra el cuadernillo donde escribía mi bisabuelo la tarde en que lo sorprendí. Lo tomo y como si el tiempo no hubiera pasado por él, sigue conservando su suave y tersa superficie. Tal y como si fuera un libro antiquísimo, como un códice o algo parecido, lo abro con sumo cuidado y caen al suelo algunas fotos viejas en color sepia, como se hacían hace años. Veo una donde están unos jóvenes abrazados y uno parece mi hermano pues tiene muchos rasgos que me son familiares. Veo varias de paisajes y otras donde varios niños asoman sus cabezas a través de vagones de ferrocarril, otra donde aparecen otros niños rodeando al Presidente Lázaro Cárdenas y otra donde solamente están muchos niños y algunos levantan el brazo izquierdo con el puño cerrado. Todas están fechadas y son de entre los años 1937 y 1940. Después de saciada mi curiosidad y preguntándome si alguno de esos chamaquitos era mi bisabuelo, comencé a hojear el cuaderno y en su primera hoja estaba escrita una dedicatoria que decía: “En memoria de un gran amor que la vida se encargo de separar para nunca más volver a reunir” Estaba fechada el 1 de diciembre de 1970, cinco años después de que falleció mi bisabuela, recordé. Después se dejaron dos hojas en blanco y a continuación un acróstico:

Me parece que nunca dejaré de

A ñorar tu recia figura

N i podré olvidar

U n rato vivido contigo pues

E l destino se encargará de poner

L ápida en mi cabeza antes de ello.

Mi pregunta inmediata fue ¿quién es Manuel? El Viejo se llamaba José María pero todos le decíamos “Chema” o “Chemita” de cariño. Ya estaba picada mi curiosidad así que me aplasté en la mecedora con el cuaderno en mis manos y sentado en unos cómodos cojines con los que contaba ésta, di lectura de lo que a continuación sabrán:

“Manuel, Manolo, Manolete como te gustaba que te dijera. ¿Hasta cuando tendré tu nombre en mis labios y en mi memoria todos los recuerdos vividos a tu lado? Miro hacia atrás y tu ausencia se agiganta cuando mi memoria comienza a traer aquellos momentos en que los dos, entre otros muchos, huíamos, sin saberlo y sin quererlo, de una guerra que llegó a ser tan desastrosa para nuestro pueblo y que nos alejó de nuestra tierra natal. Quisiera decirte tantas y tantas cosas que si pudiera expresarlas verbalmente me quedaría mudo al no poder decirlas todas a la vez. Tu sabor, tu olor, tu fuerza, tu risa, tu coraje, tu nostalgia, todo tú siempre han estado y estarán el resto del tiempo en que mi destino me alcance y tu y yo nos uniremos en el inframundo, en el infierno o en el cielo, en el shibalbá o en cualquier otro lugar propicio para compensar todo el tiempo que gastamos el uno lejos del otro, recuperar esos pedazos de nosotros mismos que perdimos al separarnos, en fin, lograr estar juntos aunque solo sea en espíritu.” Paro un momento y doy una respiración profunda, el Viejo ¿homosexual?, no doy crédito a ese pensamiento y decido continuar, aunque nace en mí la sensación de estar profanando algo, me siento como si estuviera entrando a la tumba de Pacal o algo por el estilo. Además, mis conocimientos de historia, en relación con las fechas de las fotos, me indican que tal vez el Viejo huía de la Alemania Nazi. ¿Gay y judío? ¡Amolado estaba! Continuo.

“Solamente a estas alturas comienzo a exteriorizar mis pensamientos. Me encuentro viejo y sólo pues la compañera que logró llenar algunos huecos que dejaste ha muerto y la presencia de tu ausencia se agranda pues mis hijos, nietos y bisnietos se encuentran lejos de mí. Este cuaderno lo inicio como una especie de catarsis donde intento conjurar mis demonios, una especie de oasis en medio de mi desierta vida y una forma de homenajear este amor que he sentido por ti desde el momento en que te conocí en el tren que abordamos hacia Burdeos, Francia, en Valencia el año de 1937. Ocupamos tú y yo, solos, el mismo camarote y nos pusimos a platicar y supe que venías de Andalucía y tú supiste que yo de Madrid. Que habías dejado a tu padre, pues eras hijo único, quien trabajaba como soldador en una fábrica y que por temor a perder al hijo querido, prefería enviarlo a un país amigo sin saber cuando se volverían a ver. Yo había dejado a mis padres y dos hermanos más grandes y me embarqué con mi hermana menor con el cuento de mis padres que iríamos a un campamento por poco tiempo.

Además, supe que tu padre había mentido al inscribirte pues dijo que tenías 15 años, la edad límite para inscribirse en aquel programa, cuando en realidad tenías 17 y que yo acababa de cumplir 15. Juntos hicimos el viaje contándonos mutuamente nuestras cortas historias. Cuando llegamos a Burdeos nos separamos, aunque ese breve tiempo estuviste en mi mente pues tu fuerte presencia ya había dejado huella en mí, alojándonos en un hotel para esperar a embarcar un buque que nos conduciría a México, país que todos pensábamos que quedaba “a la vuelta de la esquina” y nunca imaginamos que íbamos a trasladarnos por mar para llegar a él, ni que serían varias semanas para alcanzar sus costas. Esa separación entre nosotros fue temporal pues nuevamente quedamos juntos en el camarote del buque Mexique que nos llevaría a nuestro destino. Esta vez compartimos el espacio con unos gemelos que venían de Barcelona.

Fuimos a cenar las viandas que los buenos franceses nos habían donado y te desapareciste de la fila donde nos entregaban pequeños envoltorios con pan, queso y una botellita de vino (¡esos franceses!). Tiempo después llegaste al camarote con unas veinte botellitas de vino y dijiste: “Ahora si, ¡con esto podemos empezar a hacer la América!” y acto seguido empezaste a descorchar una botella y nos la pasaste. Nuestros compañeros no quisieron más y tú y yo empezamos a vaciarlas hasta quedar completamente borrachos. El sentimiento de la lejanía de mis padres me entristeció y empecé a llorar. Intentaste consolarme con palabras de ánimo y palmaditas en la espalda pero yo estaba inconsolable y me tire a la cama para llorar a rienda suelta sobre mi almohada. Te echaste junto a mi y me volteaste para que te mirara y dijiste: “Mira Chema, desde este momento te prometo, por el alma de mi padre, que siempre estaré contigo cuando me necesites y si algún mala sangre te intenta hacer algo, estaré ahí a defenderte”, acabaste de decir la última palabra y con los brazos y piernas me diste un fuerte abrazo y tus labios, por primera vez, se posaron en los míos y te quedaste dormido y poco después, al calor que producías y al acompasado ritmo de tu respirar, me quedé yo también dormido, sintiéndome muy seguro entre tus brazos y sin cuestionarme nada respecto de ese beso.” ¡Guau, me dije, así que desde chavito el Viejo ya hacia sus pinitos! Reflexiono y acepto que en la ingenuidad de sus quince años, el Viejo no tenía ni la remota idea de que eso era bien condenable en esa época.

La curiosidad fue más intensa que la sorpresa del ingenuo beso que había leído, pues no tenía ni la remota idea de que el Viejo era español ya que no tenía ningún acento extranjero cuando hablaba, así es que me dirigí a su vasto repertorio de libros que tenía y busqué algo sobre España. No encontré nada sobre ese país en particular pero hallé diez títulos sobre la Guerra Civil Española. Me puse a leer uno donde me enteré que dicha guerra tuvo lugar desde mediados de 1936 a mediados de 1939 y que por ese motivo habían emigrado miles de españoles. Como me interesaba lo de la emigración y el libro le dedicaba un capítulo entero al tema, leí que mucha gente huyó hacia todo el mundo desde aquel lugar pero especialmente a la URSS, Francia, Bélgica, Inglaterra y México (¡ahora caigo! Exclamé), pero a esos países de destino, primero fueron enviados niños y en 1937 se constituyo un grupo especial de infantes que se dirigieron a México con invitación y apoyo del Presidente de la República Mexicana de aquel entonces, Lázaro Cárdenas que, supe a continuación, de hecho fue el país del que España recibió más ayuda en ese tiempo. Cuando llegaron a México fueron recibidos con bombos y platillos, hubo verbenas populares y ceremonias oficiales pues fue un gran acontecimiento pues en México se vivía una etapa cercana a los ideales que movían a los revolucionarios de España. Y como su destino final fue la ciudad de Morelia, Michoacán, se les puso como sobrenombre “Los niños de Morelia”. La luz llegó a mi mente y ahora entendía todo lo que estaba leyendo, hasta comprendí el motivo de las fotos en ese cuadernillo, todo hacia sentido y me dio pesar el hecho de que el Viejo haya tenido que vivir esa experiencia de desarraigo de su familia pero también me encantó la idea de que hubiera encontrado a una persona en la cual apoyarse para sobrevivir y, sobre todo, que en ella encontró su verdadera personalidad y el amor, ese primer amor que siempre sera recordado por todos nosotros el resto de nuestras vidas.

Satisfecha, por el momento, mi curiosidad, volví al cuaderno y leí: “Al día siguiente nos despertamos y como si nada nos levantamos y fuimos a explorar el barco. Encontramos a mucha gente en el bordo vomitando, ‘el viaje está haciendo sus estragos’, dijimos. Días después llegamos a La Habana, Cuba, donde no nos bajaron pero si una multitud de gente nos esperaba en el Puerto y en nuestra inocencia, agitábamos las manos y nosotros, por ser los más grandecitos, levantamos el puño izquierdo y gritábamos “¡Viva la República!” y la gente nos vitoreaba. En ese puerto solamente permanecimos poco tiempo y después zarpamos. La llegada al Puerto de Veracruz fue apoteósica, cientos, si no miles, de gentes congregadas en el lugar gritando lo mismo que en La Habana, mucha gente nos agarraba de las manos o de nuestras ropas, nos gritaban hurras y nos enviaban besos con las manos, nos regalaban flores y dulces pero nunca tocamos el suelo de Veracruz, por una pasarela subimos al tren que nos conduciría a la capital.

El recorrido del tren fue fantástico pues en todas las estaciones había gente esperándonos y eran igual de expresivas que las de Veracruz. Cuando llegamos a la capital de México, el Presidente Cárdenas nos dio la bienvenida y visitamos algunas escuelas y fotos por aquí y fotos por allá, todo era algarabía a nuestro alrededor y mucha gente se tomaba fotos con nosotros y más flores y dulces y nos embarcamos en otro tren a Morelia, Michoacán, nuestro destino final. Nuestra relación fue creciendo y estrechándose, para todos lados ibamos juntos y nos abrazábamos como antiguos camaradas pasando mucho tiempo platicando acerca de los sucesos que no entendiamos completamente pero nos daba una importancia inmensa y en esas disquisiciones nos pasábamos horas conversando.

El Presidente había ordenado remodelar y acondicionar dos caserones en Morelia para albergar en uno a las chicas y en el otro a los chicos, ambos con el nombre de Escuela Industrial España-México, aunque en realidad eran internados. Nos dividieron por edades y mi cama quedó cerca a la tuya pero mi cama me encanto porque tenía un gran ventanal a la cabeza. Y a adaptarse a las nuevas condiciones, adaptación que estuvo llena de raspones y heridas con los maestros y autoridades del plantel, hasta que nos empezamos a calmar pues veníamos de un país en guerra y con el gran dolor del desarraigo, así que veníamos como potrillos salvajes. Nuestros contactos, tuyos y míos, eran frecuentes pues estábamos juntos en el grado de educación que nos asignaron y además, como parte de la educación que nos preparaba para ser hombres de bien, escogimos el mismo taller: mecánica. Cuando caminábamos de una clase a otra, tú solías pasar por mi espalda tu musculoso brazo que habías creado cuando trabajabas con tu padre y de repente rozabas con tus labios mis mejillas sin que los demás lo notaran. Yo me sonrojaba pero disfrutaba mucho de tus caricias y expresiones de afecto y en mi ingenuidad, no pensaba llegar a más.

Así transcurrió un año y recuerdo bien que era junio, uno de los meses más calurosos en Morelia, no recuerdo por qué no tuvimos que ir al taller y teníamos toda la tarde libre. Rápidamente y sin comentarlo con nadie más, decidiste que fuéramos al río cercano a la ciudad. Llegamos caminando pues no encontramos ningún transporte para ir al lugar conocido por “La Poza”. Cuando llegamos, estábamos todos sudorosos así que inmediatamente nos quitamos la ropa y desnudos, saltando, gritando y riendo nos tiramos al agua. Recuerdo que el agua estaba deliciosa, nadamos y jugamos un buen rato y en ese tono festivo nos salimos del agua para tirarnos en una roca plana que estaba a la orilla. Nuestros cuerpos quedaron cerca y no recuerdo el motivo (tal ves fue el Diablo o Dios el que lo provocó, ¡a saber!) pero empezamos a luchar cuerpo a cuerpo, forcejeamos por un buen rato y otra vez estábamos sudorosos pero de repente paraste la lucha y me miraste fijamente a los ojos, con esa mirada tuya que a todos podía convencer y que no se dejaba amilanar por nada, yo también te veía (no recuerdo si enamorado o expectante) y en ese momento nuestros rostros se empezaron a acercar hasta que nuestros labios se unieron comenzándonos a besar; primero de una manera lenta introdujiste tu lengua en mi boca y aquella intrusa provocó un sobresalto en mí pero enseguida me defendí introduciendo la mía en tu boca.

Los besos fueron tomando intensidad y nuestros respectivos miembros entraron en actividad, el tuyo principalmente tomando un tamaño bastante considerable pues eras mayor que yo. Como éramos dos neófitos en esas lides no supimos qué hacer y lo mejor que hicimos fue restregarnos uno contra el otro, frotando nuestros miembros en una lucha sin cuartel nuestros miembros se encontraban haciendo las veces de sables pero en una contienda no sangrienta sino excitante y placentera. Nuestras bocas, manos, vientres, piernas, todos ellos formaban una bola de fuego que amenazaba con quemarnos. En esos menesteres duramos unos quince minutos, el tiempo más placentero que recuerdo de mi vida, hasta que finalmente terminamos al mismo tiempo y las caricias y besos tomaron un ritmo suave. Como tú habías estado encima de mí, te tiraste a lado sobre tu espalda pero agarrándome la mano. Preguntaste: “¿Qué piensas? ¿Estás enojado?”. Y yo te contesté: “No, estoy feliz”. Me diste un beso lleno de ternura en la boca y me dijiste que tú también lo eras, que esperabas estuviéramos juntos por mucho tiempo. En ese momento pasó una carreta con un campesino llevando maíz en la parte de atrás y nos dijo: “¡Buenas tardes!” Y le contestamos, perdiéndose la magia que nos envolvía y regresándonos a la tierra y a la realidad. Nos levantamos y vestimos. Camino de regreso, a través de la campiña con el sol en su ocaso y una brisa que traía un olor combinado de vegetación y humo, tan característico del campo, me tomaste de la mano hasta la ciudad donde nos paramos a tomar un Titán de naranja que nos fió Don Goyo, el dueño del estanquillo de la esquina de la escuela. Estábamos tomando el refresco, compartiéndolo y en la radio se escuchaba:

“La juventud se va y se va deprisa como el viento.

Hay que gozarla más y después vivir de sus recuerdos

Hay que tener valor y darnos una vez sin miedo

Amar es un dolor que esconde la felicidad.

Los juramentos son, en amor, tan falsos como ciertos

tener una ilusión que más da, si luego la perdemos

podemos fracasar lo mismo que encontrar un cielo.

Juguemos el albur, juventud hay una nada mas…”

Era una canción que empezaba a tomar fuerza en 1938 y que en ese momento la guardé en mi cabeza sin pensar ni reflexionar en ella pero que ahora que la recuerdo me produce un agridulce sabor de boca pues contigo viví experiencias nunca antes ni después vividas con esa intensidad, tu recuerdo me ha sostenido todo este trecho que he andado sin tí. Pero en aquel momento yo era el adolescente más feliz del mundo y éste se me hacia chico en comparación de lo que estaba sintiendo en esos momentos. Tú también te veías radiante y eso me confirmaba que mis sentimientos eran compartidos por tí. Nunca pasó una duda o un rechazo hacia lo que habíamos hecho. No existía ningún cuestionamiento interno por nuestra actitud.” Tome otra respiración profunda y me dije: “¡que intenso el Viejo!” No podía dejar de leer, mi curiosidad y el deseo de saber más y más fueron incrementándose y seguí leyendo. “Nuestros encuentros, después de la primera experiencia, cobraron entonces un carácter más sexual y crecían en atrevimiento. La siguiente vez (¡cómo la recuerdo! Y si estuviera menos enfermo yo creo que me volvería a excitar), tuvo lugar en las duchas. Como si nos leyéramos el pensamiento nos hicimos tontos hasta que todos terminaron por irse y nos quedamos solos. Antes de quedarnos totalmente solos, tú me dabas la espalda y volteabas la cabeza haciéndome un guiño, aún en presencia de los otros. Yo, cuando nos encontramos completamente solos, ya estaba excitadísimo y tenía una erección que si pronto no tenía atención iba a provocarme dolor (eso lo pensé fugazmente aunque no tenía una experiencia previa). Ese fue el momento cuando tú te volteaste, viéndome de frente y cuando bajé la mirada a tu vientre, también tenías una fuerte erección pero la tuya se veía más provocativa pues tu miembro era bastante más grande que el mío. De mutuo acuerdo, no sé cómo ni con qué pretexto, te acercaste a mí dándome un beso húmedo que me dejó sin habla por un momento pues me agarró sorpresivamente. Inmediatamente nuestros brazos cobraron vida junto a nuestros vientres y con el agua que escurría entre nuestros cuerpos, nos restregábamos furiosamente cuando de repente, y sin decir “¡agua va!” Me volteaste y con el jabón como lubricante (ahora que lo pienso, no sé de dónde tomaste la idea), introdujiste tu pene dentro de mí. Mi cuerpo reaccionó tratando de safarse pero tú me abrazaste con tus brazos como tenazas a la altura del pecho y no me soltaste.

El dolor del primer embate fue muy doloroso pero conforme fuiste moviéndote dentro de mí, aquel se fue convirtiendo en placer. La acción que tomaste y la cogida me sorprendieron brevemente pues no tenía la remota idea de que eso se pudiera hacer entre dos personas. Recuerdo esos momentos y todavía mi esfínter palpita al recordarte dentro de mí. El proceso duró unos diez minutos, los más excitantes de mi corta vida y terminaste gimiendo, pues no podías gritar ya que se oiría y tu cuerpo se aflojo. Dejaste que el agua recorriera tu cuerpo pero no sé cómo y de dónde vino la idea, pero te voltee e hice que te pusieras de rodillas, tu magnífico culo quedó expuesto a mi vista y te contemplé unos instantes, tú no dijiste nada pero sabías (o ¿intuías?) lo que iba a venir. Doble mis piernas hasta que mi verga alcanzo tu culo y utilizando de la misma forma el jabón, la introduje toda y volviste a dar un pequeño gemido, para mí fue como abrir las puertas del paraíso pues nunca antes había tenido esa sensación de goce, de poder, de compartir y estar con alguien a quien amas (por supuesto que en ese momento no me importaron estos razonamientos). El proceso no duro mucho pero yo no pude contener las ganas y grite como solo un animal salvaje podría hacerlo. Dándome cuenta de lo que hice, me levante rápidamente y te ayude a hacer lo mismo, te fuiste a tu regadera y yo me duche con agua fría para que se me bajara la erección que tenía aún. Cuando nos vestíamos bajo la mirada del conserje que había acudido por mi grito, me hallaba sorprendido de haber vivido y disfrutado cosas totalmente nuevas y que anteriormente no sabía que se podían hacer pero que sin embargo, no sé cómo, intuía que no estaba bien hecho pues en Morelia, sociedad conservadora, la pareja era hombre-mujer y nada más. Esa idea no estaba muy bien delineada en mi cabeza pero ahí estaba, no con vergüenza pero sí con algo de incomodidad. En mi mente no estaba totalmente clara la idea de algo prohibido pero si de algo extraño”

“¡No es posible!”, me dije, ¡el Viejo si era gay! La lectura me excito demasiado que tuve que detenerla, bajarme el cierre y con ayuda de mi saliva, hacerme una santa masturbada hasta que no quede completamente satisfecho. Ya después de haberme calmado reflexione. Me dije: “Ahora resulta que es de familia. ¿Cuánto le habrá costado al Viejo guardar este secreto? De hecho fue ¡toda su vida! Nunca me pasó por la cabeza que hubiera habido otros homosexuales dentro de la familia, me consideraba el único y resulta que no, que ya hay antecedentes. Bien guardadito que estaba en el closet pero fue valiente al enfrentar las condiciones que la sociedad le imponía: casarse y tener hijos. Este pensamiento me enorgulleció al saber que el Viejo rompió una tradición impuesta por la sociedad dominante de aquel entonces y reflexione que aunque actualmente ya no se estila mucho el casarse para “taparle el ojo al macho”, aunque todavía hay gente que lo hace, continúa habiendo mucho hostigamiento para las personas con otras preferencias sexuales.

Deje mis cavilaciones a un lado y continué leyendo. “Ese descubrimiento de nuestra sexualidad totalmente abierta, nos expandió el universo y de “¡ahí pa’l real!” como dicen los mexicanos, nuestros encuentros fueron convirtiéndose en algo frecuente, sorpresivo y candente. Recuerdo la primera vez que me asaltaste en mi cama. Estaba yo tranquilamente durmiendo cuando sentí una mano sobre mi boca. Desperté sobresaltado pero reconocí casi de inmediato tu mano pues ya todo mi cuerpo la conocía como era, rasposa y con dedos cortos gruesos. Me quede quieto esperando alguna indicación tuya pero el empujón de algo duro que sentí en mis nalgas, me hicieron comprender lo que vendría a continuación. Comenzaste a besarme el cuello y acariciarme el cuerpo con las dos manos cuando entendiste que te había reconocido. Junto con tus manos, tu pelvis se movía a un ritmo que empezó lento pero fue creciendo en rapidez y fuerza. Pero el inconveniente fue la cama pues como era de metal hacia ruido por lo que te detuve y te susurré al oído “mejor bajémonos”.

Nos levantamos y coloqué mi sábana sobre las baldosas frías, nos recostamos e iniciamos una serie de besos, caricias, apretones de nalgas y jaladas de verga. Me puse boca abajo y te pusiste saliva en tu mano (otro hallazgo del que no tenía ninguna idea), me la pusiste en el culo y volviste a hacerlo lo mismo pero en esta ocasión fue en tu verga. Lentamente, para no lastimarme, fuiste clavándome tu considerable mascota y una vez que sentiste tus testículos sobre mis nalgas, la fuiste sacando muy despacito hasta que solamente dejaste su punta dentro de mí. Una vez que te enteraste que no había dolor en ello, procediste a meterla, pero esta vez con gran fuerza que hasta puje, quedito, por supuesto, y con grandes estocadas lo dejaste ir y venir a su antojo hasta que terminaste calladamente. Te separaste, he inmediatamente de volteaste para que llegara mi turno. Otra vez te tenía a mi merced y con mis manos acaricié como pude tu ancha espalda, pues el hecho de estar bajo la cama nos daba poco espacio de maniobra y fui besándote desde el cuello hasta que llegue a la raya donde se dividían tus nalgas. Dudé por un momento el continuar pero ya estaba encarrerado y besándote una a una tus magníficas nalgas, fui llegando al centro de tú, en ese momento, frágil humanidad y puse mi lengua en tu ano, no entiendo cómo se me ocurrió pero lo hice, primero lamiéndolo y después introduciéndola lo más que pude. En ese momento, cuando te introducía, lanzaste un gemido que me atemorizó, pensando que eso podría despertar a los compañeros. Me quedé quieto y atento el oído, como no escuché ni sentí ningún movimiento, continué haciendo lo que hacía. Me tome mi tiempo explorando esa zona tan tuya hasta que la dejé bien humectada. Procedí a untar saliva en mi verga y sin decir ¡agua va! la metí de un solo golpe hasta el fondo y volviste a gemir, pero esta vez no me detuve, continué cabalgando por un buen rato hasta que en esta ocasión si pude reprimir el grito y solamente salió de mi garganta un ¡hum! de satisfacción y de placer. Te volteaste y te bese en la boca, recostándome a tu lado. Nos relajamos y estuvimos quietos, solamente agarrándonos de las manos, por un rato.

Tiempo después, nos volvimos a besar y nuestros miembros se volvieron a poner duros, en esa ocasión nuestra exploración fue mutua y descubrimos el sabor de nuestras vergas al mismo tiempo. El descubrimiento de poder agarrar con nuestras bocas nuestras correspondientes vergas nos hicieron explorar detenidamente nuestros miembros junto con sus respectivos compañeros, tu contabas con mayor vello púbico que yo y al introducir tu verga en mi boca hasta el fondo, que no era una cosa fácil pero que con práctica lo fui haciendo mejor, mis labios lo rozaban produciéndome un cosquilleo en ellos. Al sentir mi verga en tu boca fue como entrar a la cueva de Ali Baba pues con tu lengua jugando con mi glande (¡gracias a dios que nuestros padres no nos circuncidaron!) me hacías sentir que el miembro era tocado por las más ricas y tersas telas mientras tu lengua jugaba con mi prepucio. Mientras yo hacia lo mismo con la tuya y jugaba también con la punta de tu verga y con mi lengua recorría palmo a palmo tu estaca dura como el granito y suavemente metía tus testículos en mi boca, ora uno, ora el otro, ora los dos y tu lanzabas pequeños gemidos de placer. En ese trabajo nos llevamos un buen tiempo pues entre que explorábamos la zona genital y nos desviábamos a la zona anal, eyaculamos en nuestras bocas a la vez, volviendo nuestros cuerpos a reposar después. En aquella época éramos los dos muy jóvenes, tu 18, yo 16, por eso teníamos esa energía que se derrochaba a nuestros costados.

Nuevamente nos quedamos relajados por un rato pero esta vez reiniciamos caricias que íbamos descubriendo, como dicen que dijo el que lo dijo. Supe que tenías cosquillas en las plantas de los pies y tú supiste que me producías escalofrío cuando me besabas atrás de las orejas. Cuando llegamos a la parte genital, ya estábamos ambos duros como rocas y nos empezamos a subir y a bajar el glande primero, con extremo cuidado como si fuera un tesoro que teníamos en la mano, como decía, primero delicadamente pero después, con fuerza y cerrando el puño alrededor de la verga del otro, nos masturbamos mutuamente hasta terminar mientras con la otra mano y con las piernas creabamos otras caricias. Descansamos y a continuación te levantaste, no sin antes darme un beso y dijiste “buenas noches” y te dirigiste a tu cama. Me levanté y volví a mi cama sin poderme dormir porque aún continuaba excitado, tanto física como mentalmente pues cada experiencia que vivíamos era algo sorprendentemente nueva y placentera pero además me maravillaba las múltiples formas en que podían gozarse dos personas y cómo, el contacto continuo de nuestros cuerpos iba descubriendo maneras de hacer sexo sin tener la remota idea de que podrían existir. Además, ¡santa ingenuidad!, pensaba que no había nada prohibido en lo que hacíamos pues existía un mutuo consentimiento de ambas partes.” Vaya con los “modernos” de esos tiempos, pensé. Haciendo esa reflexión recordé que mi primer contacto con algo homosexual fue a través de la TV cuando alguien amanerado era objeto de burlas, chistes y en ocasiones hasta agresiones físicas de la gente a su alrededor. Me solidaricé un poco con el Viejo pues también en mi época de descubrimiento tuve que esconderme e incluso hasta hoy en día, para que la gente no me rechazara por ser un hombre que gusta de otros. Recordé con nostalgia el primer ligue de mi vida a los catorce años en la secundaria. Por supuesto que no fue tan intenso como el del Viejo pero fue en verdad mi primer amor y siempre lo conservo como uno de mis mejores recuerdos.

Continuo leyendo: “A la mañana siguiente nos enteramos que en la noche anterior uno de nuestros compañeros había muerto electrocutado. Fue un shock el enterarme pues mientras yo gozaba contigo, otra persona moría. En mi naciente juventud, cuando uno se piensa fuerte e invencible, este hecho me hizo reflexionar acerca de lo corta que es la vida y lo fugaz que pueden ser los momentos placenteros. Esta muerte causó mucho revuelo en el plantel y los problemas duraron hasta que hubo un cambio de director. Al mismo tiempo empezaste a dar muestras de ese indomable o testarudo carácter que te caracterizaba. No ibas a clase, faltabas al taller, salías por las noches a escondidas y regresabas por la madrugada para que no te sorprendieran. Nuestros encuentros empezaron a escasear pero eran intensos. Intentaba reflexionar y platicar contigo pero decías que eras hombre y que tenías derecho de hacerlo. Los problemas para ti empezaron a aparecer pero nada te importaba y a fines de 1940 fuiste removido para el Internado España-México No. 2 que se encontraba en la capital de México. Cuando me comunicaste lo que iba a pasar, prometimos escribirnos siempre y la última noche que pasaste en nuestro lugar marcó un final apoteósico.

Fuiste hacia mi cama y sigilosamente me despertaste y quedito me indicaste que me vistiera pues te tenía que acompañar. La invitación me sorprendió pues nunca me habías hecho participe en tus correrías. Intrigado te seguí y por el lado de los talleres nos brincamos la barda. Caminamos en las semioscuras calles de Morelia hasta que llegamos a un área desconocida por mí pero que te resultaba cómoda por lo que pude apreciar. Nos metimos en un portal grande de gruesa madera y llegamos a un patio central, a un lugar que parecía ser una vecindad. Tocaste en una puerta algo que parecía ser una clave y abrieron. Una persona que claramente era un hombre con ropas de mujer nos sonrió y nos dijo “bienvenidos”. En el interior había algunas mesas que eran ocupadas por hombres y al centro había una pista que parecía ser de baile (lo que comprobé tiempo después). Nos dirigimos a la barra improvisada al fondo del cuarto y pediste dos mezcales. Nos lo sirvieron y me diste uno. Brindaste por el tiempo en que permanecimos juntos y en el cual nos conocimos y entregamos en alma y cuerpo. De un jalón bebiste el tuyo y pediste otro. En ese momento la sinfonola comenzó una canción bailable y todos los hombres se pusieron a bailar entre ellos. Eso me sorprendió pues estaba acostumbrado a lo que pasaba entre nosotros pero no tenía ninguna idea de que pudiera haber gente y sitios como aquellos. Me pediste bailara contigo y sin esperar contestación me agarraste de la mano y la cintura e iniciamos el baile, no sin una sensación de pena de mi parte pues como ya dije, estaba acostumbrado a tu cuerpo pero no a exhibirme delante de otros. El roce de nuestros cuerpos era estrecho a pesar de que la música era muy movida y eso nos excitó pues nuestros miembros brincaban en nuestros pantalones, pidiéndonos a gritos atención y luchando por salirse de esa prisión que para ellos representaban los pantalones. Terminó la pieza y volvimos a la barra. Acabamos nuestras bebidas y entraron dos muchachos del pueblo morenos de buena estatura, atractivos, sombrero y bigotes. Te saludaron con mucha confianza y me presentaste. Pediste una ronda para todos e iniciamos una plática entre todos. Sonó otra canción en el aparato y sacaste a uno de ellos a bailar. El otro hizo lo mismo conmigo y otra vez sucedió lo que contigo. Nuestros cuerpos se rozaban, primero ocasionalmente pero después con intención de hacerlo, provocándonos la erección consabida. Así, entre rondas de copas y bailes, fuimos intercambiando parejas, sucediendo siempre el cachondeo entre todos. Serían las dos o tres de la mañana, yo estaba muy mareado ya igual que todos pero me percate que uno de los muchachos se acercó al que atendía el bar y le introdujo un billete en la mano.

Momentos después nos invitó a ponernos ‘cómodos’, dijo. Acto seguido te levantaste y me ayudaste a hacerlo pues ya estaba mareado y de la cintura me condujiste a un pasillo donde abriste una puerta y entramos a una recamara (lo que deduje por la cama que estaba en medio). Todos nos metimos y uno de los muchachos llevaba una botella en la mano que puso en el buró y todos nos sentamos en la cama. Tu comenzaste a besarme mientras que los otros hacían lo mismo, lo que vi con su imagen reflejada en el espejo, sorprendido por el beso en público que me estabas dando. Con la desinhibición producida por las copas, correspondí a tu beso estrechando el espacio que quedaba entre nosotros abrazándote con mis brazos. Estuvimos un rato besándonos, cuando de repente sentí que alguien me agarraba la nalga, abrí nuevamente los ojos y me fijé que tenías tu brazo extendido y alcanzando la verga de uno de ellos. Vuelvo a insistir en que yo estaba ya mareado y no tenía mucho control de mis reacciones por lo que apercibido de que tu hacías lo mismo que el otro, te solté del abrazo que te estaba dando y tomé del cinturón al que más me había llamado la atención, le pasé la mano por la cintura, lo jalé hacia mi y con la otra mano agarré su cabeza y le planté un gran beso. De lo que sucedió a continuación, no tengo un recuerdo exacto. La imagen que recuerdo es que todos nos fuimos quitando la ropa, con un pequeño dejo de agresividad e impulsividad. Desnudos ya, todos estábamos formando un grupo compacto de brazos, piernas, manos, culos y vergas. Todos mamábamos, cogíamos, agarrábamos, besábamos, chupábamos, arañábamos, metíamos, sacábamos, mordíamos, lamíamos, succionábamos y nos entregábamos a los placeres del cuerpo y del sexo con agresividad, con gran ahínco e ímpetu, a veces en parejas y en ocasiones en grupo. Dos o tres horas después de idas y venidas, descansamos un rato y nos vestimos para regresar a la escuela. Nos metimos por el mismo lugar y nos tiramos a nuestras camas respectivas. A la mañana siguiente, con los estragos del alcohol y del exceso, me fui a la escuela y tú te quedaste reuniendo tus pocas pertenencias para el viaje. Regresé a tiempo para abrazarte e intercambiar nuevamente las promesas de escribir y visitarnos lo más que pudiéramos. Después, el adiós. No me pude contener y me solté en un llanto amargo al verte subir al camión. Ver partir tu figura fuerte y pensar que nunca más te volveria a ver y nunca te tendría dentro de mí y yo de ti, fue algo que no pude soportar, corrí detrás del camión hasta que mis fuerzas se agotaron. Te asomaste a la ventana trasera del autobús y me enviaste un beso con la mano. Te regresé el beso y me paré, exhausto, arrodillándome instantes después, desfalleciente de dolor y al punto del agotamiento emocional.

Los días que continuaron a tu partida fueron tristes y desolados. No tuve ánimo de hacer nada y todo perdió interés. Tiempo después recibí una carta brevísima de tu parte pero que para mí representó agua en el desierto. Había pasado días sin comer ni dormir, desganado de hacer cualquier cosa y perdidas las ganas de continuar viviendo, sin ninguna esperanza, atormentándome con escenas que podrías tener con otros, loco de celos. Pero tus palabras me regresaron la vida. Bebí una a una tus palabras escritas como si fueran maná del cielo. Por supuesto que inmediatamente, al terminar de leer la carta, te escribí, página tras página, una larga carta que inmediatamente te envié. Por supuesto que no pude compartir con nadie la emoción que me embargaba el enviarte una carta, ni tampoco el infierno que hasta entonces había vivido. Nadie supo lo que había habido entre tú y yo y mucho menos después de un evento que marcaría mi vida e influiría mis decisiones futuras.

Corría el año 1942. Recuerdo que estábamos trabajando en el taller de mecánica cuando oímos una fuerte algarabía que provenía de la calle. Una multitud de cerca de 50 personas perseguían a un hombre de aproximadamente veinticinco años. Todos llevaban garrotes y cuerdas principalmente, aunque uno que otro llevaba machete. Le gritaban “puto”, “marica”, “joto”, “florecita”, “mariposón” y junto a esos epítetos decían “¡Te vamos a quitar las ganas de seguir cogiendo con hombres!”, el hombre iba ya desangrándose e iba trastabillando intentando salvarse de la multitud pero en su carrera loca caía y se levantaba hasta que en una de esas cayó y todos lo molieron a golpes en el suelo e incluso observé que entre la gente agolpada se alzaba un machete y después todo fue silencio. La gente dejó de gritar y fueron retirándose de poco a poco hasta dejar la calle solamente con el cuerpo inerte del hombre. El maestro corrió para tratar de auxiliarlo pero ya era demasiado tarde, la ambulancia llegó dos horas después, igual que la policía, y solamente se llevaron el cadáver sin hacer ninguna pregunta, como si ya supieran y/o estuvieran de acuerdo con lo que había pasado. El hecho me afectó tanto que tuve que pedir permiso para retirarme y una vez que llegue al dormitorio solté el llanto y no supe por quién lloraba, si por el hombre o por mi, al saber que podría pasarme lo mismo.” ¡Guau! Dije, tal vez las cosas han cambiado un poquito desde aquel entonces en que la sociedad era más cerrada pues hoy en día no se ven casos así o por lo menos no son frecuentes, tan violentos y a la luz del día pero los periódicos frecuentemente publican historias de gentes gay que son asesinadas sin que se hagan las investigaciones necesarias para esclarecer las muertes. Tal vez el día de hoy somos más visibles porque generalmente somos personas con un gran nivel de consumo y por que no, gracias a las luchas de que muchos homosexuales, lesbianas, trasvestis y transgeneros han realizado para hacer que nuestra realidad sea respetada por el resto de la comunidad en donde vivamos. Ante lo que acababa de leer reaccioné con mucho coraje al ver que las cosas han cambiado pero solamente de forma y de intensidad ya que siguen subsistiendo practicas homofóbicas a todos los niveles y en todos lados. Fui a la cocina por un vaso de agua y ya tranquilo proseguí con mi lectura.

“Como un eterno vigilante estuve esperando tu contestación rondando la oficina que recibía el correo, pero esta nunca llegó. Mis sentimientos en aquel tiempo eran contradictorios pues anhelaba tus palabras pero también apareció por primera vez el miedo a la posibilidad de que la gente supiera qué hubo entre tú y yo. Día tras día fui consumiéndome en vida entre estas dos aguas. Fui perdiendo kilo tras kilo y esperanza tras esperanza aferrado a la idea de que tal ves te volvería a ver pronto y ante la idea, delirante a veces, de enfrentar el juicio de otra gente.

Así pasó un año y al recibir una invitación de una familia de emigrantes españoles radicados en el D.F., brinqué de gusto pues había llegado el momento de buscarte y volver a hacer las mismas cosas que hicimos juntos, tuve la esperanza de que pudiéramos tener nuevamente esa relación que alguna vez nos unió tanto, de construir nuevamente ese puente que había entre nosotros. Llegó el esperado día y estaba muy ansioso. Inmediatamente que llegué a la ciudad les pedí permiso para ir a la escuela donde habías sido enviado. Llegué a buena hora y pregunté en las oficinas por ti. La noticia fue un mazazo en mi cabeza pues me dijeron que, efectivamente, habías llegado en la fecha convenida pero que quince días después te desapareciste del lugar y no sabían nada de ti desde entonces. Con el corazón roto y el alma por el suelo, regresé a la casa donde me hospedaba y fui un maestro del fingimiento pues hacía y decía cosas que no sentía. Los quince días que duraron las vacaciones se me hicieron meses pero al final regresé a Morelia. Tiempo después, invitado otra vez por la misma familia pero esta vez para quedarme con ellos, regresé a la capital del país y me inscribí en una escuela con el fin de estudiar ingeniería, tenía ya veinte años. Terminé la carrera e inmediatamente me casé a los 23. En aquel tiempo nunca tuve relaciones con otros hombres aunque no me faltaron oportunidades, pero después de ver la forma en que la sociedad reaccionaba ante esa situación, me reprimía el deseo y continuaba adelante. Sólo con el corazón destrozado, tuve que continuar lo que la gente esperaba y hasta me obligaba a seguir: casarme y tener familia, ser un hombre de provecho como muchos me decían” ¡Que triste! Suspiré y me pregunté: “¿Cuál es la diferencia entre el ayer y el hoy?”. Me puse a reflexionar acerca de los avances que en materia de derechos habíamos adquirido los homosexuales y realmente no fueron de gran ayuda mis resultados:

  • Somos más visibles, es decir, tolerados pero solamente en lugares específicos.
  • Se tolera más a una persona gay aunque se prefiere que no sea de la familia, ni muy afeminado
  • Existen más lugares (tanto bares y discotecas, como sitios por Internet y revistas) abiertamente homosexuales pero son caros pues la comunidad gay tiene para gastar dinero, es decir que el marketing nos ha vencido.
  • Se han realizado películas donde se plasma una homosexualidad diferente del estereotipo, aunque en muchas otras se continúa utilizando el mismo para el ridículo.
  • En algunos países se admite el casamiento de personas del mismo sexo aunque en otros se asesine a gente por su condición homosexual (y hay países en donde estas dos características coexisten, por ejemplo, México)
  • Somos estigmatizados por la enfermedad del siglo XX, el SIDA, a pesar que las estadísticas dicen que no somos los únicos.
  • Tal vez un avance y a mi juicio el más importante, es que hemos ganado la posibilidad de vernos como una comunidad. Somos un ente multifacético pues vamos de las locas vestidas hasta empresarios, escritores y políticos (hasta curas ¡carajo!). Una comunidad que es capaz de verse a sí misma, auto criticarse y levantar la testa para seguir adelante.

Después de hacer mi brevísimo análisis, continué con la lectura. “Pero a pesar de mis deseos, volví a caer en la tentación. Recuerdo que era el año 1958, época antes de la navidad para ser precisos y ya para mí eras un mero recuerdo que me dolía pero solamente de manera sorda. Iba yo caminando sólo por la avenida San Juan de Letrán (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas) buscando los regalos de navidad para mis hijos y esposa cuando, viendo un escaparate, vi al otro lado a una persona que se parecía mucho a ti, el mismo pelo ensortijado, la misma piel aceitunada y la misma mirada decidida. Mi corazón dio un vuelco y mi ritmo cardiaco se intensificó tanto que temí me fuera a desmayar. Al estar mirando tan intensamente al sujeto, este terminó por darse cuenta y se me quedó viendo también. Nervioso, desvié la vista y lo miraba de soslayo percatándome que continuaba viéndome. Caminé a otra tienda esperando que el tipo se alejara en otro sentido pero continuó tras de mí. Estaba llegando a la Calle de Madero huyendo de mí, ahora, perseguidor y voltee para ver si continuaba ahí y me tranquilicé al no verlo pero al momento de voltear lo tenía enfrente de mí diciéndome “Buenas noches”. Comencé a sudar frío y contesté “Buenas noches tenga usted”. A continuación me espetó: “Me he dado cuenta que se me ha quedado viendo por un buen rato y me pregunto el por qué de su acción” Las palabras se agolparon en mi boca pero le explique que me recordaba a alguien del pasado.

Él dijo llamarse Adrián y tenía la misma edad que tú hubieras tenido, era maestro en una preparatoria y estaba también buscando regalos para su esposa e hijos. Como su voz sonaba tranquila y no agresiva, regresó mi confianza y platicamos un rato hasta que me invitó un café a la Casa de los Azulejos. Tomamos asiento y comenzamos a platicar de nuestras historias y profesiones, yo no me había percatado que sus ojos eran café oscuro pero de mirar profundo, enmarcados con unas gruesas cejas que le oscurecían un poco el tono de la piel, sus labios eran más carnosos que los tuyos, muy besables por cierto, y la sonoridad de su voz era seductora. En esas observaciones andaba cuando sentí que su pierna rozaba insistentemente la mía y yo no tuve a donde moverla y como no la quite continuó haciendo lo mismo a intervalos. Había pasado ya una hora y me dijo: “todavía es temprano, te invito al cine que esta en la otra calle” Me di cuenta del tuteo y un hormigueo en mi estómago me hizo aceptar. Fuimos y tomamos asiento. No transcurrieron ni quince minutos cuando empezó con su pierna a rozar la mía y cuando su mano se posó en mi pierna, mi miembro saltó de manera inmediata. Yo estaba nerviosísimo y excitadísimo a la vez, miraba a todos lados creyendo que los demás nos estaban observando. Adrián fue subiendo su mano sobre mi pierna hasta que llegó donde mi verga estaba durisísima y empezó a sobármela y con pases de maestro me desabrochó la bragueta y me la sacó iniciando un movimiento de arriba abajo, primero con la mano y a continuación con su boca, alternándose. Yo por supuesto que no me quede a la zaga y seguí sus pasos. Estábamos masturbándonos de lo más lindo cuando acercó su cabeza a la mía y me plantó un profundo beso húmedo que duró una eternidad y que me transportó a tiempos remotos, después de ti no había vuelto a besar a un hombre. Me fue recorriendo con su boca la mejilla, la oreja y cuando llegó al cuello me estremecí de placer. Se dio cuenta de ello y sin que yo me diera cuenta, con la otra mano se empezó a desabrocharse el pantalón. Una vez quitado el cinturón, se bajó el pantalón y untándose saliva, se sentó en mi verga. Yo estaba escandalizado pero al observar a mi alrededor me percate que había solamente dos o tres parejas más que estaban también haciendo lo suyo aunque nunca supe a ciencia cierta de qué sexo eran y Adrián se estuvo sentado sobre mi verga largo rato. Después, magistralmente se quitó los zapatos y tras de ellos los pantalones también. Sin zafarse de mi verga se dio la vuelta plantándome un gran beso, continuamos por algunos minutos y en esa posición terminé. Lentamente regresamos a nuestras posiciones originales, vistiéndonos a la vez, terminó él y sin más me dijó “¿Nos vamos?” Se levantó y yo tras él. A la salida solamente me dio la mano y dijo “Fue un placer”, se dio la media vuelta y se fue. Nunca más me lo volví a encontrar ni a saber de él.”

¡Caray, me digo, por qué habrán desaparecido esos cines! Y pareciera que la cosa no ha variado mucho en el ambiente gay. Los encuentros casuales en cualquier lugar, sexo y después ¡Chao! Si te he visto, no me acuerdo. Miro el reloj y me doy cuenta que no he comido y que son las dos de la mañana. Ya encarrerado el ratón... dice el dicho, así que me entero de todo el periplo del Viejo durante el resto de su vida y su lucha contra su homosexualidad que alguna vez disfrutó y cierra el cuaderno escribiendo “Adios amor mío, estas letras han servido para mantenerte fresco en mi memoria, tanto mental como física. Espero que tu vida haya sido más fácil que la mía y tengo el pleno convencimiento de que fue de esa manera por tu fuerte carácter y sólidos principios. Pero creo que no debo decir adiós sino hasta luego pues algún día nos volveremos a encontrar. Y termino como dijo Pedro Paramo

‘Hace mucho tiempo que te fuiste... La luz era igual entonces que ahora, no tan bermeja; pero era la misma pobre luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina que hay ahora... Yo aquí, junto a la puerta mirando el amanecer y mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo; por donde el cielo comenzaba a abrirse en luces, alejándote, cada vez más desteñida entre las sombras de la tierra.’

Dejo el cuaderno en su lugar de origen y salgo del desván con un raro sabor de boca pero también descubro que el dolor que sentía por mi amor perdido al empezar a leer el cuadernillo se ha esfumado y mi cerebro quedó sumamente excitado, honrado y orgulloso pues me enteré de algo más grande y profundo que lo viivido por mí, pero preocupado a la vez pues me quedó bullendo en la cabeza la idea de que los homosexuales no hemos evolucionado mucho que digamos, aunque incuestionablemente ha habido avances.

En general, parece que en una época el Viejo y yo compartimos el hecho de tener nuestros corazones rotos pero su camino fue más tormentoso que el mío pues a pesar de que nadie en mi familia saben que soy gay, tampoco siento esa presión que él sintió cuando se descrubrió diferente. Yo no creo que me vaya a casar por presiones de la sociedad y aunque todavía sigo en el clóset, gozo de la libertad de ir y venir, con restricciones por supuesto, pero tengo un chance mejor que el Viejo de poder realizarme completamente como persona entera, no vivir en una mentira como vivió, aunque le admiro su capacidad de adaptación y su fortaleza para sobrevivir al amor roto que tuvo, además de que no se convirtió en un ser amargado y queriéndole hacer la vida imposible a otros, sino al contrario, fue un ser que supo querer (aunque quien sabe si la llegó a amar) a la mujer con quien vivió, engendró hijos y los supo educar, sabía disfrutar de la vida y compartir lo mejor de su existencia con otros. De esa parte estoy orgulloso por provenir de una familia así, aunque por otro lado veo que el ambiente gay no ha cambiado en mucho sustancialmente hablando, seguimos cogiendo con uno y otro sin importarnos nada, tal vez tengamos ya algunos derechos en algunos paises pero seguimos siendo ciudadanos devaluados en muchas parte de este mundo. Tal vez la libertad sexual que tenemos sea una cosa buena, pero como dijo mi bisabuelo “Quien sabe quien hizo eso, dios o el diablo” y tal vez esa sea tema para otra historia. Asi es que cerre la puerta, me fui a la sala, me serví un tequila, me senté en el sofá y me dije a manera de consolación, como nuestra celebérrima poetisa, por el amor que se me fue: “¿quién en amor ha sido más dichoso”.

EL TERCO

Cuento No. 3

TODA UNA VIDA

"Prolija Memoria, permite siquiera

que por un instante sosieguen mis penas.

Afloja el cordel que, según aprietas

temo que reviente si das otra vuelta..."

Endechas Sor Juna Inés de la Cruz

Con esta endecha de la ilustrísima Décima Musa quiero empezar el ensayo final de mi clase de inglés pues faltando una semana para entregarlo y con el tema libre a elegir, me he decido a escribir sobre las experiencias que he vivido en el transcurso de mi vida. Y empiezo con ella, no porque me sienta abrumado por mi pasado, sino porque pensando en el pasado puedo proyectarme hacia el futuro.

Bien. Empezaré diciendo que soy originario de un pueblito del municipio de Angangueo, Michoacán. Fui el tercero de siete hermanos, el tercer hombre de una familia de nueve miembros. Mi padre tenía la única tienda del pueblo y por esa razón, no tuve ninguna necesidad de trabajar directamente en el campo, aunque si tuve relaciones con los campesinos y sus familias pues ellos venían cada sábado a comprar a nuestra tienda.

Desde los cinco o seis años de edad, tuve la sensación de que era diferente. En ese entonces no tenía muy claro del por qué no era igual a los demás chicos pero definitivamente, esa sensación prevaleció por mucho tiempo en mi vida. Recuerdo que cuando tenía diez u once años de edad, ya sabía que había hombres muy amanerados y algunos incluso se vestían con ropas de mujer, pero yo no creía ser así, no me identificaba con ellos. Pero la gente de mi pueblo se encargó de hacerme sentir como un excluido y rechazado en mi propia comunidad, diciéndome los nombres que les decían a los otros sin yo saber el por qué. Todos en el pueblo me gritaban nombres que en aquella época no entendí su significado e incluso mi mismo padre se encargarba de disciplinarme muy duramente en lo que para él significaba ser “un hombrecito”, lo cual en ocasiones me tumbó a la cama por las golpizas que me propinaba.

Un hecho vino a marcarme para siempre y a querer salir de ese pueblo que, como diría Cervantes “de cuyo nombre no quiero acordarme”. Era la graduación del sexto grado y yo había sacado altas calificaciones por lo que otro niño del grupo se acercó para felicitarme y me estaba dando un abrazo cuando su madre, quien estaba unos dos o tres metros lejos de nosotros, gritó “¡No hagas eso! Retirate porque se te puede pegar también” Mi compañero, no supe si sabía a lo que se refería su madre o no, pero se apartó de mi como si estuviera yo apestado. Eso me marcó para mi próxima juventud y muchos años más de mi vida. En la secundaria me convertí en el adolescente más aislado del mundo pero encontré consuelo en los libros. Descubrí en la lectura una forma de irme lejos, muy lejos del lugar donde habitaba y a los doce años me puse el propósito de salir del pueblo, tarde o temprano.

Terminé la secundaria con honores pero totalmente solo. No podia continuar en el pueblo mi educación pues no teniamos preparatoria, a la cual tendría que ir a Angangueo, si mi padre lo deseaba. Pero no, mi padre me negó esa oportunidad al decir que con que mis dos hermanos mayores estudiaran era suficiente y que le tendría que ayudar en la tienda. Mi madre, como era la costumbre, nunca opinó lo contrario, a pesar que en nuestras pláticas se mostraba muy solidaria para conmigo. De ella guardo un dulce recuerdo pues era mi oasis en ese desierto en que se había convertido el pueblo para mí y en ocasiones también el ambiente hogareño.

Como ya había decidido salir de ese lugar, ahorre centavo por centavo los tres años que trabajé para mi padre hasta juntar lo suficiente para pagar mi viaje hacia los Estados Unidos pues era un lugar atrayente y misterioso. Lugar al que muchos de mis paisanos iban y venían, del que hablaban mucho entre ellos y yo paraba la oreja cuando iban a tomarse una cerveza a la tienda. Mi curiosidad y mi imaginación hicieron que me creara un mundo maravilloso en ese país.

Mi madre había fallecido un año antes, así es que el día que decidí irme, a los dieciocho años cumplidos, cogí dos mudas de ropa y todo el dinero ahorrado, del cual no quedaba mucho pues ya le había pagado a la persona que me llevaría al Norte y sin despedirme de mi padre ni de mis hermanos, salí de mi casa para no volver nunca (o por lo menos hasta hoy) pues ya no había nada que me atara al lugar.

La persona que nos conduciría al Norte nos esperaba en la plaza del pueblo con una camionetita donde ibamos diez personas. La ruta era llegar a Angangueo, después Morelia y de ahí tomar un autobus hacia Tijuana.

La emoción que sentía por lo que me esperaba fue tan fuerte, que casi no comí durante la travesia. Solamente tomaba mucha agua y alguna que otra fruta hasta que llegamos a Tijuana. Ahí nos quedamos en varias casas donde nos dividio la persona que, después supe, se le decía “pollero”. Yo y un matrimonio jóven con un niño en brazos, nos quedamos en una de las casas. Nos dejó ahí para pasar la noche y al siguiente día nos iría a buscar. Dormimos y al día siguiente lo estuvimos esperando inutilmente pues nunca llegó, la dueña de la casa nos dijo que era muy frecuente que eso pasara y que ahora tendríamos que arreglarnos para cruzar solos pero que teníamos que dejar la casa pues el pollero solamente le había pagado por una noche.

Salimos los tres preguntándonos “Y ahora, ¿qué?” El marido, que ya habia tenido previas experiencias nos dijo que nos fueramos al zócalo para conseguir a un “coyote” que nos cruzaría pero que eso nos iba a costar una lana. Yo hice cuentas mentales y apenas traía cinco mil pesos y le pregunté que cuanto él creía nos cobraría “Pos como tres mil dolares”, dijo. ¡Chin! Y ora que hago, me dije. Nos fuimos caminando a la plaza y cuando llegamos la gente que había en el lugar nos fue separando y nunca más los volví a ver.

Solamente una idea tenía en la cabeza: cómo conseguir lo que me falta. El mundo casi se me vino encima pero como decía mi madre “Dios aprieta, pero no ahorca”.

Me senté en una banca de la plaza para pensar mejor y un chavo, como de unos veinte años se me acercó y me empezó a hacer plática. Entre plática y plática, le fui contando lo que me pasaba y lo que estaba apurado. El se sonrió y me preguntó “¿cuánto ajustas?”. Le contesté, cinco mil. Me dijó, “si confias en mí, yo por esa cantidad te pasó”. Yo no podría creer en mi suerte y le dije que no tenía otra opción pero que si el tenía experiencia, me pondría en sus manos pero con la condición de que le entregaría el dinero hasta que estuviera del otro lado. “¡Juega!”, dijo. Nos pusimos de acuerdo de esperar la noche y mientras nos fuimos acercando a la barda que divide los dos paises pero antes de llegar me señaló un pequeño arbol y dijo: “Aquí descansaremos un rato pues la caminada va a estar dura del otro lado”. Dicho y hecho, se sentó y yo junto a él.

Estaba yo durmiendo cuando me zarandeó y me dijo “¿listo?” Me desperté por completo y le dije “A la hora que digas”. Las sombras, los escazos matorrales y el calorsísimo que se sentía, fueron los mudos testigos de como iba a dejar mi patria. Pasamos por un claro y me metió a una alcantarilla. A gatas nos fuimos introduciendo al territorio estadounidense, el viaje duró como media hora, no mucho. Como él iba adelante, sacó primero medio cuerpo de la alcantarilla y me dijo “parece que están por otro lado, así es que apurate y sigueme”. Se paró y echó a correr hacia unos matorrales. No habíamos avanzado ni cincuenta metros cuando escuchamos muy cerca el ruido de un helicóptero. “¡Aguas! El mosquito”, gritó.

Me empujó y nos fuimos rodando juntos hasta que nos estrellamos con unos matorrales que nos cubrian. El se quedó abrazándome por la espalda y estaba muy pegado a mí. Por encima de nosotros el dichoso “mosquito” sobrevolaba y con un potente reflector pasaba una y otra vez en su búsqueda pero afortunadamente el arbusto nos cubría lo suficiente para ocultarnos.

El ruido cesó pero él no me soltaba. Le pregunté: “¿tendremos que esperar mucho?” Y contestó: “no, solamente unos momentos para asegurarnos de que se haya ido completamente”. En la misma posición estabamos, el abrazándome por la espalda pegadito a mi, yo sentía su aliento en mi oreja que pasó, de agitado a quieto y nuevamente empezó a agitarse. Comenzó a acariciarme el pecho y a besarme la nuca. Eran mis primeras caricias y yo estaba temblando ante lo desconocido. Acercó más su pelvis y mis nalgas pudieron sentir su verga parada, la cual sentí a pesar de sus y mis pantalones. Yo me quede inmóvil, no sabía qué hacer y comencé a temblar. El fue bajando un brazo diciéndome al oído “Shu, shu, no te espantes que te va a gustar, su mano alcanzó mi entrepierna y empezó a sobar mi verga la que para ese momento ya estaba paradísima. Se estuvo frotando contra mi cuerpo un rato y con su mano comenzó a desabrocharme el cinturón. Me desabrochó el pantalón y me fue bajando lentamente el cierre. Yo, inmóvil, titiritando, frío y hasta creo que sudando a pesar de que a esa hora ya empezaba a sentirse frío. Sacó mi verga y me dijo: “La tienes gordita como a mi me gustan” y comenzó a masturbarme. ¡No atinaba a hacer absolutamente nada! Era mi primera vez y yo como un idiota. Ahora me acuerdo y sé lo que pudiera haber hecho.

Dejó de masturbarme para poder bajarse sus propios pantalones, por supuesto después de haberme bajado los mios. Como me tenia bien agarrado de la espalda, empezó a frotar su miembro contra mis nalgas intentando penetrarme pero como la posición no era muy adecuada, me puso boca abajo y subiéndome la camisa y la chamarra, así como las de él también, oí como se escupia en una mano y se unto su saliva en su verga, volvió a escupir y ahora fue mi culo el que recibió la saliva. Una vez ya lubricado, empujó su verga dentro de mi cuerpo produciéndome un dolor de los mil demonios, intenté safarme pero el puso todo su peso sobre mí y solamente me pude mover a los lados. Me dijo: “Afloja, no aprietes tanto porque te dolerá más. El chiste es que podamos gozar tanto tu como yo” Después de oir su consejo, lo seguí y dejé la tensión a un lado pues mi cabeza voló hacia mi pueblo y me dije “¡Así es que por esto me despreciaban tanto!” solamente alcancé a decirle, “¡es mi primera vez!” A continuación me afloje todo y su verga lo sintió. El procedió a salirse y fui sintiendo como su verga iba saliendo completamente de mi culo, centímetro a centímetro. El hizo gala de maestría al hacerlo porque después de la primera vez que salió, solamente placer sentí. Una vez casi afuera pues su cabeza la dejó adentro, volvió a la carga y nuevamente sentí como su pedazo de carne me perforaba nuevamente pero ahora con mucho placer para ambos.

Así continuo por varios minutos y una vez que se dió cuenta del placer que me estaba proporcionando empezó un movimiento fuerte de cadera y sentía sus huevos chocando contra mis nalgas, lo que en mi inexperiencia me pareció muy cachondo, erótico y sensacional. Después de comenzar la fuerte cogida, sin salirse de mí, me agarro de las caderas y me levantó poniéndome de rodillas, él se medio incorporó con las rodillas dobladas y comenzó la gran primera cogida que me dieron en este mundo. Pasaron algunos otros minutos y terminó con un gran grito de satisfacción y con convulsiones que creí le iba a pasar algo. Pero no, acabó y se dejó caer a mi lado. Dijo: “esta ha sido una muy buena cogida y ¡nunca me había tocado un virgencito! Dame unos minutos y ahorita podemos volver a jugar”

De rodillas había quedado yo con mi esfinter palpitando de gusto al aire pues había sido estrenado. Por primera vez vi su cara detenidamente. No era exactamente guapo pero el bigote que usaba lo hacía ver mayor de lo que era. Su piel era morena clara y según me dijo, era originario de Tijuana. Tenía unos labios carnosos y con los ojos cerrados, sus pestañas eran muy largas lo que cuando abrió sus ojos, le dieron una dimensión diferente a su mirada. Mi corazón latía aceleradamente y todavía no atinaba a qué hacer. Estaba descubriedo el sexo por primera vez, con un tipo al que no conocía, en una zona desértica pero el único sentimiento que sobresalía de los muchos que tenía era el de alegría, me sentía totalmente liberado de una carga que venía cargando desde que tenía uso de razón.

En esas cavilaciones estaba cuando se incorpora y me agarra de los hombros acercándome su cara y me dio el mejor y más delicioso de los besos con esos labios carnosos que tenía. Hasta ese momento pude reaccionar y también lo agarre de la cara y correspondí al beso (según mi leal saber y entender que tenía por esos días ya que no tenía ninguna experiencia previa de nada). Me acarició el cabello y continuaba besándome, sin separarnos nos fuimos levantando hasta quedar completamente parados y frente a frente. Con una de sus manos comenzo a jugar con mi verga y con la otra me fue deshabrochando la camisa. Una vez que la desabotonó, fue besando mis mejillas, mis orejas, mi cuello, mi pecho, se detuvo un rato jugando con mis tetillas y con el vello de mi pecho, fue besándome el abdomen hasta llegar a la zona genital donde se detuvo oliendo la zona hasta que, satisfecha su curiosidad, empezo a mamarme la verga, lentamente, primero la cabeza jugando con su lengua con ella. Se separó y me dijo: “como ya te había dicho, ¡tienes una gordita verga que me encanta!” Volvió a ponérsela en la boca y se la fue introduciendo en la boca hasta que sus labios tocaron mis vellos púbicos. La sensación era simplemente gloriosa, era la primera vez que me lo hacían y estaba fascinado por las sensaciones. Mi verga entraba y salía de su boca a su conveniencia y luego su atención comenzó a jugar con mis huevos. ¡Yo estaba que aullaba!

Regresó a mi verga y me masturbó con su boca hasta que no pude más y terminé en su boca. Como no sabía cómo expresar la satisfacción que sentía solamente di un tremendo resoplido y caí de rodillas porque no podia sostenerme en pie. Nuevamente me tomó entre sus brazos y comenzamos a besarnos. Primero muy inocentemente con besos en la boca, en los ojos, en las mejillas, en el pelo y todo eso, después fueron besos profundos de lengüita. Comenzamos a excitarnos de nuevo, nos incorporamos y estuvimos abrazándonos y besándonos efusivamente fuerte. Mi verga se percató que su verga también estaba parada y empezamos a restregarnos los cuerpos con frenesí hasta que el paró, se agacho y me dio unas buenas mamadas en la verga. Acto seguido, se incorporó, se dio la vuelta, se puso saliva en la mano y se la unto en su culo y me dijo “¡es tu turno!” Como yo no tenía ni la menor noción de qué hacer, me fue pegando su culo a mi verga y se la fue acomodando hasta que la punta entró, con un grito de satisfacción de su parte. Se detuvo un segundo y dijo “creo que la subestime de primera vista”. Mi verga se fue metiendo en su culo lenta pero segura. En ese momento sentí una gran presión en las sienes y creí que mi corazón estallaría de la emoción que eso me produjo. Una vez que sintio mi verga adentro preguntó “¿Ya sabes lo que tienes que hacer o te lo tengo que demostrar otra vez?” En seguida lo tome de la cintura y por primera vez me percate de que su piel era muy tersa y comencé a entrar y salir de él con mucha torpeza y fiereza al principio pero después ya le agarré el gusto y lo hice de maravillas, bueno, eso creo pues lo dijo asi. Mientras yo estaba en lo mio, el se agarró la verga y comenzó a masturbarse. Esta vez los dos terminamos juntos con un gran grito de ambos (pues ya había aprendido).

Se separó hasta que su esfínter se dió cuenta que mi verga había regresado a su tamaño original. Se volteó y me dio un gran y profundo beso otra vez y dijo: “¡Carajo! Nunca había cogido con alguien como contigo”. Me dio un fuerte abrazo y otro beso en la mejilla, se subió los pantalones y dijo “Ahora si, en chinga porque el camino es largo”. Procedí a subirme los pantalones y agarre la pequeña maleta donde traía mis escasas pertenencias y a caminar se ha dicho.

Caminamos toda la noche y llegamos en la madrugada a un ranchito. Dijo: “Yo conozco a alguien aqui que te puede ayudar a encontrar un trabajo. Esperame aquí que ahorita vuelvo” Me dejó parado en la entrada del rancho y se fue detrás de la casa grande. Lo mire alejarse y viendo su esbelta figura lancé un gran suspiro y dije: “A ese hombre lo voy a amar toda la vida”. Regresó momentos después con otro cuate que parecía tener la misma edad, más o menos. Me presentó y dijo “Soy Melquiades y vengo de Jalisco, mucho gusto. Llegas a buena hora porque nos falta gente pa’l trabajo. ¿Tienes experiencia en la cosecha de fresa?” Le dije que si, pos no tenia de otra. “¡Aceptado!”, dijo. Entonces se dió media vuelta y nos dejó solos, al hombre de mi vida (pensé) y a mí. El me dijo: “Bueno, yo ya cumplí mi parte. Ahi te quedas porque yo me regreso. ¡Que tengas mucha suerte!” Y me dio un fuerte abrazo ¡como los hombres, caray!. Me quedé petrificado, no sabía qué decir, las palabras se fueron dejándome abandonado, como él lo estaba haciendo. Se dió media vuelta y se fue alejando. Las lágrimas corrieron por mis mejillas pero de mi boca no salió ni una exclamación. Perdía al hombre de mi vida y lo estoy dejando ir (pensé). Enojado conmigo mismo me limpie furiosamente las lagrimas con la manga de la chamarra y me dirigí a la parte trasera.

Ahí descubrí que la casa cubría un cobertizo. Melquiades estaba parado en la puerta y me dijo: “Este será tu cuarto que compartiras con otros quince jornaleros. La jornada empieza a las cuatro de la mañana y se termina alrededor de las cinco, depende. Ganarás tres cincuenta la hora que comenzará a contar desde que empieces a trabajar hasta que se termine. Unas muchachas nos llevan al campo para almorzar y disponemos de treinta minutos. ¿Tienes alguna pregunta?” Como yo no tenía ni la remota idea de lo que iba a hacer, le dije que no. “Entonces –dijo- toma una colchoneta y una cobija, acomódala cerca de la ventana del cuarto pues los demás espacios ya están ocupados. Hoy, después de la jornada, podrás conocer a tus compañeros” Hice lo que me indicó y me acosté, como había caminado toda la noche y las emociones vividas la víspera estaban frescas, me quedé profundamente dormido.

Me desperté cuando fueron entrando los demás habitantes del cuarto, como estaba desorientado porque no me dí cuenta de inmediato donde estaba, ellos fueron ocupando sus lugares, se arropaban con sus cobijas y se tiraban en sus respectivos colchones. A mi lado quedó José María, a quien después supe le decían Chema. Me saludo y dijo que era de Michoacán también pero de un lugar cerca de Patzcuaro. Dijo que tenía algunas semanas de estar ahí y que se sentía muy a gusto porque estaba acostumbrado a trabajar en el campo y se veía que no se agotaba mucho como los otros pues después de un rato, casi todos empezaron a roncar y él continuó platicando. Contó que venía buscando nuevos horizontes, que sus padres ya habían fallecido y que él estaba solo en el mundo pues aunque tenía otros hermanos, ellos eran más grandes que él y tenían sus propias vidas ya hechas, que tenía veinte años y que le gustaría formarse un futuro en este país porque ya no tenía para qué regresar a México.

Le conté mi historia, obviamente omitiendo detalles, y estuvimos como una hora platicando. Nos dormimos y al día siguiente, aunque me consideraba tempranero, cuando me levanté, él ya se había levantado, lavado la cara y estaba echándose un pan con café en el comedor común. Me saludó inmediatamente que me vió, ofreciéndome café. Acepté y me pegué con él para saber que sucedería después. Eran casi las cinco cuando varias camionetas pasaron a recojernos para llevarnos al campo. Nos sentamos juntos Chema y yo, le expuse que no tenía experiencia previa y se propuso para enseñarme cómo hacerlo. Bajamos de la camioneta y ¡empezó la chinga! Chema me mostró la manera de hacerlo e iba adelante mio. Yo iba una línea paralela a él siguiéndolo y haciendo todo lo que hacía. Como a la una nos trajeron la comida y a regresar al campo. Terminamos a las seis porque era verano pero yo acabé muerto, la espalda deshecha que ni siquiera podia caminar bien.

Chema se ofreció a darme un masaje “porque si no ¡no te paras, canijo!”, dijo. Acepté el ofrecimiento y nos fuimos a nuestro rincón, pasando por el botiquín para recojer alcohol. Ordeno me quitara la camisa, que traía empapada, y me acostara. Lo hice y se puso alcohol en las manos. Sus manos eran de verdad muy buenas, anchas, rasposas, fuertes y ágiles que el masaje me sentó a las mil maravillas. Su comentario fue: “tienes piel como de mujer, muy fina y suavecita”, pero no más. Así pasaron los meses y me pegué a Chema, pues el tenía más experiencia en esos trotes. Ibamos como la temporada, ahora era la fresa, después la lechuga y así, como las estaciones pasaron, nosotros cambiabamos de campo.

Una ocasión, habíamos tenido una dura semana en una tarea que yo no había realizado previamente, cortar manzana. En ese trajeteo terminamos la semana y todos se organizaron para irse de farra los dos días de descanso. Yo, que estaba molidísimo, preferí quedarme porque no tenía ganas de nada, excepto de echarme en mi colchón y dormir todo el fin de semana. Todos se bañaron en unas regaderas portatiles que había y se pusieron muy cucos para ir al pueblo cercano pues irían a un concierto de una banda primero y después ¡lo que aparezca!

Llegó la noche del sábado y Chema todavía insistió que debería ir. “¡Hay buenas viejas, ya he ido otras veces!”, dijo. Ofrecí mis disculpas pero no es que no quisiera, no podia. Llegó el camión por ellos y absolutamente todos al pueblo. No quedó ni un alma de los trabajadores en el rancho. Me quedé absolutamente solo. Recosté mi molido cuerpo en mi colchón y como tenía vista panorámica, divise el atardecer y esperé el anochecer, pensando todavía en el hombre que había dejado partir y que me había hecho experimentar tantas y tantas cosas maravillosas en solo una noche, a pesar de que había pasado ya un año. La primera persona que me ha puesto atención en este jodido mundo y la dejo ir, no tengo ni madre, me dije. En esas cabilaciones estaba y el sueño reparador llegó.

Serían las tres de la mañana cuando todos regresaron haciendo una bulla tremenda que hicieron me despertara. Me volví hacia la pared para volver a dormirme pero todos llegaron echando desmadre, cantando y embriagándose más de lo que estaban. Solamente les pedí que apagaran la luz y que no habría ningun inconveniente. Intenté conciliar el sueño nuevamente pero era casi imposible. De pronto escuche que Chema se tumbaba en su colchón, cerca de mi, él también había tomado aunque creo que no mucho pues era el que menos ruido hacía. Las voces y los ruidos se fueron apagando, quedando los ronquidos de algunos y podía escuchar a los grillos cuando de repente sentí una pierna y un brazo de Chema sobre mí. Pausadamente lo retire y me volví a acostar aunque nuevamente, ahora no tan violentamente como la vez anterior, volví a tener ambas partes del cuerpo de Chema sobre mi pero esta vez él comenzó a acariciarme la cara y como nunca me he rasudaro desde que el bigote apareció en mi cara, no puedo creer que el haya creído era una mujer. Delicadamente fue pasando sus gruesos y toscos dedos sobre mi cara, acariciaba parte por parte toda la extension de ella. Poco a poco fue acercando su cuerpo al mio hasta que literalmente quedo pegado detras de mi y únicamente nos separaba la cobija y nuestra ropa.

Fue retirando lentamente la cobija y agarrándome de la cintura me pegó totalmente a su cuerpo. A mi memoria volvieron recuerdos de la noche en el desierto y mi verga automáticamente, saltó excitada dentro de mi truza, pues los fines de semana me quedaba en calzones ya que al otro día no iriamos a trabajar. Mis nalgas sintieron la dureza de la verga de Chema que a pesar de los pantalones de él, se sentía fuerte y poderosa intentando salir de su carcel. Yo sentí que nuestras respiraciones nos iban a delatar y levante la cabeza para ver si alguien podría estar mirándonos. Todos roncando, sonreí satisfecho. Una vez tranquilo al saber que no había nadie para enterarse, procedí a pegar mis nalgas a la verga de Chema pues esta vez no me quedaria a la espera. Con mis manos desabroche su cinturon con la gran hebilla que tenía, le desabotoné el pantalón y le bajé el cierre. Puse mi mano en su verga sobre sus calzoncillos y se la comencé a sobar. Una vez que sintió mi mano en su verga, descaradamente me empezó a besar la cabeza, el cuello, las orejas e incluso volteó mi cabeza para darme un beso. La sensación fue extraña para mi pues el también usaba bigote pero el suyo era más espeso y grueso.

Volteó mi cabeza y yo me volví completamente, quedando frente a frente. Fui desabrochando su camisa lentamente hasta descubrir el pecho velludo que tenia y que tantas fantasias me había provocado con esos fuertes pectorales que tenía. Agarré sus tetillas y las exprimí con gran placer, gimió de placer. Me separe de su dulce boca y fui recorriendo su fuerte y velludo pecho, frotando mi cara y disfrutando el delicioso contacto de ella con sus vellos. Le agarré ahora las tetillas con mi boca y jugué con ellas un rato con la lengua. Recorrí su vientre musculoso y procedí a darle mordizcos a su verga sobre sus calzones. Su respiración me indicaba que le gustaba. Con mis manos libres lo descalce y le fui bajando los calzones junto con los pantalones hasta que quedaron a mi vista, la luna era una buena linterna esa noche, sus poderosas, membrudas y velludas piernas. Chema contaba con un cuerpo precioso, de hombre acostumbrado al trabajo, pero coronaba su impresionante belleza masculina la poderosa tranca que se alzaba palpitante a mitad de su vientre.

El tenia cerrados los ojos pero disfrutaba mucho el momento, sus gemidos y respiraciones entrecortadas decían eso. Puse su estaca dentro de mi boca, produciéndo que mis ojos lloraran por el tamaño que tenía. Se la fui mamando lentamente, ora solamente la cabeza, ora todo el cuerpo de ella. Después me dirigí a sus huevos, velludos y colgantes en su majestuosidad. Chema abrió las piernas como diciendo “ve más allá”, eso no lo había hecho nunca pero no me iba a poner mis moños en ese momento. Fui bajando de sus huevos hasta lamer la separación de sus nalgas. Levanté sus piernas lamiéndole su velludo y precioso culito. Gemía y suspiraba de placer. Introduje mi lengua dentro de su culo hasta donde pude, una y otra vez, hasta que no pude mas y procedí a untarme saliva en mi verga y poniendo sus piernas en mis hombros lo fui penetrando lentamente pues no sabía cual iba a ser su reacción cuando me sintiera adentro. Solamente lanzó un hondo suspiro así que tranquila y pausadamente fui entrando y saliendo dentro de ese rico culito que Chema tenía. Mire a mi alrededor y todos seguían roncando por lo que apresuré la marcha y terminé dentro de Chema exclamando un ¡hum! de satisfacción.

Baje sus piernas y me puse encima de él. Me gustaba la sensación de su vello corporal pegado a mi cuerpo con la gran asta que se erguía, como reclamando atención. Tomé unos minutos para recuperarme y le dí un beso largo y profundo al que correspondió sin inmutarse en lo más mínimo. Le bese toda su cara y volvi a hacer el recorrido que ya tenía en mi memoria hasta que llegue al mástil que brincaba reclamando ser atendido. Lo puse en mi boca poco a poquito y un rato jugue con su pellejo que le cubría la cabeza y después lo introduje completamente hasta que me lastimó la garganta, aguanté las ganas de arquear y repetí la operación. Me dí una vuelta por sus grandes testículos y los puse uno a uno en mi boca. Su gemido me hizo saber que le gusto. Procedí a untarme saliva en mi culo que ya estaba palpitante, queria tener esa barra candente dentro de mí. Me levante colocando a Chema y el bulbo palpitante debajo mio y lentamente me fui sentando en esa barra encendida. Lo hice despacio, haciendo memoria de la lección aprendida en el desierto. Una vez que entró toda, ahí la deje por un momento y empecé a subir y a bajar. Chema simulaba estar muy dormido, pero dormido y todo me agarró de la cintura y me ayudo al sube y baja que hacía. En esa posición estaba y con una mano me estaba masturbando hasta que las rápidas respiraciones de Chema me avisaron que estaba a punto de terminar y terminé vaciándome en su velludo pecho. Terminamos y me saqué esa hermosura de verga. Con mi playera le limpie el pecho y él, todavía con los ojos cerrados, me agarró de la cabeza y me plantó un besote, después se dió la vuelta, se tapó con su cobija y se durmió. Procedí a ser lo mismo.

Al despertar, me dí la vuelta y Chema ya no estaba en el colchon. Me vestí y salí a buscarlo para ver que era lo que decía sobre lo que había pasado. Lo encontré en el comedor tomando un café, me invitó para que me sirviera uno y me sentara junto a él. Dijo: “¡Que nochecita, no?” Acepté el comentario y no dije nada pero desde ese día las cosas cambiaron entre Chema y yo. Nos quedabamos detrás del grupo para darnos unos besotes, marca diablo. De repente nos perdiamos en el campo y cogiamos como desesperados. Entre él y yo nunca conversamos sobre la relación que teníamos pero parecía que estabamos sincronizados pues un pequeño gesto era suficiente para hacer algo.

Un día en que todos habían salido y nosotros nos quedamos para hacer la limpieza del cuarto, pues nos tocaba hacerla, me puse a platicar con Chema y le dije que por que no mejor ahorrabamos lo poco que podíamos juntar y nos ibamos hacia San Francisco. Tal vez ahi podremos lograr algo, le dije. El me miro serio y me dijo: “Mira, lo que pasa entre tu y yo es muy rico, muy sabroso y muy satisfactorio pero no somos hombre y mujer o marido y esposa, así es que cada quien su vida y si te quieres ir, pues vete, pues yo prefiero quedarme aquí haciendo algo que sé hacer pues en una ciudad me sentiría absolutamente perdido, solamente te pido que me avises cuando lo piensas hacer, ¿hecho? Además he conocido a una chava y pienso casarme con ella pronto” Entonces, pensé, si era eso lo que pensaba de lo que teníamos y me traicionaba teniendo a otra persona además de mi pues yo creía que eramos como amantes, me dio coraje y le dije que ya tenía ahorrado suficiente dinero y que el día siguiente me iría. Dijo: “esta bien, ¡así sea! Ha sido mucho el gusto de haberte conocido y ve con dios.” Se dio la vuelta y se alejó, dejándome llorando de rabia y frustración. No volvimos a cruzar palabra.

Ese fue mi segundo amante perdido. Iba dos a cero, pero yo queria estudiar, hacer algo en esta vida y no nada más trabajar para otros aunque también el tener un amante a mi lado me gustaba. Así es que el día siguiente, amaneciendo, me levanté y como siempre Chema ya no estaba. Fui al comedor y como estábamos solos, le dije que había sido muy feliz con él y que lo iba a extrañar pero tomó su decision y yo tomaría la mía. El patrón ordenó al capataz me llevara al pueblo y ahí tomé el Greyhound que me llevaria a San Francisco, mi destino (¿final? No lo sabía).

Llegamos ya bien noche a San Francisco. Yo nunca había estado en ninguna gran ciudad por lo que me impresionó ver tanta iluminación y tantos edificios tan altos. Bajé del autobus y me senté en una banca. Inmediatamente aparecieron las comparaciones sobre lo distinto que se ve el cielo en el campo y en la ciudad pero dije “La suerte esta hechada y ¡a rajarse, a su pueblo!”. Fui a los baños pues tenía necesidad de orinar y me percaté que los inodoros no tenían puertas y que las personas que estaban sentadas en ellos jugaban con sus penes. Pueblerino que soy, aparte la vista y oriné. Me cerré el cierre y me volví y le eche un vistazo a los cubículos, contenían personas de todas las razas y edades. Salí y me volví a sentar en la misma banca “¿Y ahora?”, me pregunté. Traía dinero pero como no hablaba inglés no podría alquilar un cuarto, además no conocía la ciudad y no sabía pa’donde jalar. En esas elucubraciones me encontraba cuando me percaté que un hombre de unos cuarenta años de edad daba vueltas alrededor mio. Parecía gringo y cuando se dio cuenta que le había visto, me hizo señas para que lo siguiera. Curioso, lo seguí. Entró a los baños y antes de entrar meneo la cabeza en señal de que fuera con él. Ya picado, continue. Dentro de los baños se metió a un cubículo desocupado y ahora con la mano me dijo “ven”. Fuí e inmediatamente que me tuvo al alcancé, me agarró la verga y me la empezó a acariciar. Yo era joven y con la excitación del lugar, mi verga se paró. El tipo me bajó el cierre, me la sacó y comenzó a mamármela. Excitado, le tome la cabeza, que tenía pocos cabellos, e inicié el movimiento de caderas, no dejé que se separara hasta que termine dentro de su boca. Se levantó, se limpió la boca y sacando unos billetes de su bolso los metió en uno de los míos. Eso me sorprendió e hice el intento por devolvérselos pero me agarró el brazo y dijo “Thank you” y me dejó estupefacto.

Me subí el cierre del pantalón y volví a salir. La anterior experiencia me dejó pensativo y en esas andaba cuando un afroamericano se me acercó pidiéndome cerillos. Por supuesto que sus palabras no las entendí pero con sus gestos comprendí. Cuando se alejaba, ante mi negativa, volteaba a verme. Yo le sostuve la mirada y otra vez, señas para seguirlo. Hicimos el mismo rito que anteriormente con el otro pero ahora el fue el que se sacó la verga, que por cierto estaba muy grande y gorda, y me agarró de los hombros, indicando que se la mamara. Como en mi vida había visto una verga negra y de esas proporciones, mi curiosidad me dijo “¡Hazlo!” y lo hice. Era imposible que su descomunal verga entrara en mi boca, así es que me metía lo que podía y con mis dos manos tomaba el sobrante. No tardó mucho en venirse en mi boca y tuve que tragarme sus mecos que eran los primeros en mi vida y su sabor saladito no me desagradó del todo. Se metió su verga, se subió el cierre, sacó un puñado de billetes y los puso dentro de mi chamarra. ¡Había descubierto la prostitución! (¿o ella me había encontrado a mí?).

Pero la última persona que conocí esa noche, y fueron varias, sería la más importante por un buen tiempo en mi vida. Serían como las tres de la mañana y las personas en los baños ya eran escasas. Estaba yo lavándome las manos cuando por el espejo veo que entra un gringo jóven como de unos veinticinco años, con unos pantalones muy ajustados que resaltaban el gran paquete que contenían. Se paró en un minguitorio y se sacó la verga. En eso momento no se la pude ver porque me quedaba de espaldas por lo que proseguí a ir al minguitorio de al lado y cuando me estaba bajando el cierre se la vi y no pude contener la exclamación “¡Guau!” pues era una verga verdaderamente impresionante. El se sonrió y me dijo en un español mocho “¿Cómo llamarte? Me, Steve” y me tendió su mano. Le dí la mía y nos dimos el saludo. Me preguntó: “¿Tú también cobrar?”, le expliqué que no, relatándole mi periplo hasta San Francisco y le pregunté que si no sabía dónde podría hospedarme. Me dijo “Venir conmigo. Mi edificio ser barato”.

Nos cerramos nuestros pantalones y dejamos la estación. No habremos caminado ni cinco cuadras cuando el me dijo “Aquí ser. Esperar un momento que yo hablar con manager” Se metió y yo pensé: “Este cuate ha debe estar medio zafado. Mira que levantar al dueño a estas horas”. No se habrá tardado más de treinta minutos cuando salió y me dice: “Manager estar de acuerdo. Tu cuarto ser el 205 y el mío ser 203. Vas a pagar cien dólares a la semana” Me introdujó al edificio y mientras me explicaba subimos al piso donde estaban nuestros cuartos, que realmente lo eran pues no había cocina ni baño privado, el único que había estaba al fondo del corredor y en cada piso había quince cuartos. Abrió la puerta de mi cuarto, encendió la luz y ésta iluminó una habitación chica que tenía una cama, una mesa con una silla, un espejo chico en una de las paredes y un espacio donde deduje estaría la ropa.

Steve tomó asiento y sacó de su chamarra una botella de licor. Me ofreció pero dije que yo no tomaba. Se encogió de hombros y le dió un gran trago. Preguntó: “¿Tener empleo?” No, contesté, lo voy a ir a buscar a partir de mañana. Explicó que la cosa estaba dura con los trabajos porque si no tenía papeles iba a ser difícil. “Tu ser guapo”, dijo, “Poder hacer dinero sin cansarte. ¿Tuvistes experiencias en baños?” Le dije que sí. “A eso referirme”, indicó “pero no querer pusharte a algo que tu no querer. Buscar trabajo mañana y cuando te canses de buscar y no encontrar, poder pensar esa opción. Tu saber que mi cuarto es el 203 y si tener dudas, visitarme. But no antes de mediodía” Agarró su botella y se fue a su cuarto. Me tire en la cama pensando en lo que había dicho, en lo que viví en la terminal y saqué los billetes que tenía en las bolsas. Los conté y eran más de cien dólares “¡Caramba! Ni lo que ganaba en una semana de jornalero y eso que fueron solamente unas horas”, exclamé. Pero como traía muy inculcadas las costumbres de mis padres, solamente consideré que había tenido suerte y no le dí mucha importancia ni me pasó por la cabeza hacer dinero por ese medio “Mañana iré a buscar trabajo”, me dije. Me desvestí y me acurruqué en la cama pensando en mis amores idos.

Al día siguiente me levanté y quise darme un regaderazo pero como no tenía toalla ni nada, desistí por lo que me fui a desayunar y a ver si podia conseguir chamba. Pasaron los días y entre comidas y cosas que compraba, el dinero se iba agotando y yo no encontraba trabajo “Porque no tienes papeles. Porque no hablas inglés. Porque no tienes experiencia…” fueron las excusas que una y otra vez iba oyendo cada vez que preguntaba por algo. A punto estaban de acabarse mis reservas, cuando me acordé de Steve. Ya hacía un mes que había llegado y nunca me lo había vuelto a encontrar, pero recordé su advertencia de no buscarlo antes del mediodía. Era un jueves y me levanté creyendo que ese sería mi día. Desayuné fui a dar una vuelta por el embarcadero y ver las focas, ese día no me molesté en buscar trabajo. Solamente disfruté. Como queria que Steve estuviera en su cuarto, a la una regresé y le toque a su puerta. “Who is it?”, preguntó. “Yo, tu vecino”, contesté. En ropa interior todavía, abrió la puerta y preguntó: “¿Cómo estar?” Le empecé a contar mi viacrucis y en la situación angustiante en la que me encontraba, solamente una sonrisa apareció en su cara y me dijo: “quitarte la ropa, quiero ver tu cuerpo desnudo”

Di un brinco y empecé a pensar que no había sido una buena idea haber venido. El soltó una carcajada y exclamó: “No preocuparte. No querer sexo contigo porque no tener para pagarme. Querer evaluar si tener condiciones para el trabajo” No muy seguro de que estaba haciendo bien, me quite la camisa, los zapatos y el pantalón, quedándome en calzoncillos. “¡No, todo! En la profesión que empezar lo primero que perder es vergüenza”. Procedí a quitarme lo que me restaba de pudor junto con los calzones. El miraba como todo un conocedor y fue dando vueltas alrededor mio hasta que una vez detrás de mí, pellizco una de mis nalgas, “¡Ay!”, exclamé. Sin ningún rubor me agarró de los huevos, me cogió la verga y descubrió la cabeza de la piel que la rodea, revisó mi boca y mis dientes y dijo: “¡Perfecto! Ser un buen ejemplar y pareces limpio. Bien, empezar con decir que no voy a cobrar lecciones. Ser contribución a la humanidad. Como decir, debes desechar pudor y vergüenza porque en este trabajo no las necesitas y en ocasiones hasta estorbar…” Siguió hable y hable explicándome con detalle todos los pormenores de ser un prostituto, donde ir y donde no, que vestir y que no, que decir y que no y otras muchas lindezas y ayuda que habría de necesitar en el futuro. Lamentablemente y eso lo digo ahora, nunca me dijo nada sobre drogas. Terminada la lección, me vi comprometido a invitarle la comida, la que aceptó gustosamente. Comimos y me dijo “Bueno, irme a trabajar. Ahora ya sabes qué hacer y tu serás el dueño de tu tiempo y de tu dinero. Darte mi bendición aunque no ser religioso” Me dejó en el restaurante y me regresé al cuarto. Ahora tenía una idea de lo que hay que hacer y lo primero era renovar mi guardarropa y con mi último dinero fui a comprarme una nueva muda apropiada.

Fui a Goodwill a dejar la ropa que desechaba y por algo más apropiado con mi nueva profesión diciéndome “Madre, esta actividad que empezaré a realizar no es por fornicio sino por que no tengo de otra y debo sobrevivir. Perdóname” Me compré una botas vaqueras de buen ver, unos jeans de una talla más chica, una camisa a cuadros y un sombrero, esa sería mi indumentaria de trabajo (y a la que acabé acostumbrándome). Regresé al cuarto e inmediatamente me puse lo recién adquirido. Me vi en el espejo y tuve que descolgarlo para ver si se me notaba la verga y cómo se verían mis nalgas. Satisfecho con lo que vi, salí dispuesto a comerme al mundo. Pero, ¿por dónde empezar? Sonreí al recordar la estación de autobuses y dije: “Ahí donde empecé sin querer, me rebautizaré ahí también”.

Esos fueron mis principios como prostituto, era jóven y esta dotado físicamente (aunque amolado por otra parte) y empezó la caminata que duraría exactamente cinco años. Había días buenos, regulares y malos, clientes guapos y clientes feos, tuve relaciones con gente de todas las razas y condiciones sociales y económicas, tuve cogidas esplendorosas y otras que ni valen la pena acordarse. Vi penes negros, blancos, cafes, amarillos, rojos, largos, medianos, chicos y muy chiquitos, flacos, robustos y gordos. Vi nalgas redondas, planas, abundantes, escasas. Hice de todo y me hicieron de todo pero de lo que nunca me previno Steve fue de las drogas, como dije.

Empecé a usarlas cuando un cliente habitual me ofreció poppers a los que me hice un usuario cotidiano, aunque no lo necesitaba porque, en mi profesión, yo parecía niño en dulcería, todo lo quería cojer, tomar y saborear en mi boca. Después en una fiesta a la que fui invitado me ofrecieron marihuana a la que prontamente me hice adicto hasta fumarme varios porros en un día, trabajando o no. Un cliente me llevó a visitar a unos amigos a Long Beach y ellos consumían cocaína a la que también me acostumbre aunque esta costaba más cara y había que talonearle para que saliera pa’pagarla. Un compañero de oficio, en un bar, me ofreció anfetaminas que me hicieron olvidar totalmente de la otra. Este círculo que empezó como algo casual, se fue haciendo una espiral que en lugar de ir para arriba, iba para abajo. Me fui hundiendo más y más en el vicio de las drogas hasta que deje de ir a trabajar para quedarme a consumirlas. Mi degradación y mis futuros problemas empezaron cuando salí a la calle, no a venderme y conseguir dinero, sino a solicitarlo de la gente y cuando no lo obtenía de manera voluntaria, lo hacía a la fuerza, es decir, robando. Cada vez me sentía más solo y hundido, la droga la necesitaba como el agua o el oxígeno hasta que me llegó el tiempo de pagar.

Ese día había conseguido realizar algunos robos de relojes y joyería, fui a un lugar para cambiarlas por dinero y conseguir droga. Estaba quedando con el comprador cuánto me iba a dar, cuando dos policias me agarraron de los brazos y dijeron “¡Queda detenido por robo!”. Sentí que la tierra me tragaba, mi degradación era mucha pero todavía me quedaban resquicios de vergüenza y los colores se subieron a mi cara. No puse resistencia pues me sabía culpable. Me esposaron y me condujeron a la patrulla. De ahí a la carcel donde permanecí preso. Como a las personas que había despojado tenían dinero, pusieron todos los cargos posibles en mi contra y me hundieron sentenciándome a cinco años de prisión en Folsom.

Fui conducido ahí sin tomar en cuenta que estaba empezando a sentir los efectos de la abstinencia de la droga. Afortunadamente para los demás reclusos, estuve solo en una celda por tres o cuatro meses, el tiempo en que duro mi desintoxicación que fue terrible, en esos momentos creía y quería morir, sudaba copiosamente, el frío que sentí era inmenso, los huesos todos me dolian y eran frecuentes las alucinaciones que padecía. No comía y raramente dormía, era frecuentemente conducido a una celda de castigo o a la enfermeria por los alaridos que daba y los daños que me hacia a mí mismo. A la distancia considero que fueron meses de mucha angustia, dolor y desesperación, pero definitivamente de crecimiento. Una vez que superé la crisis, mi mente tuvo un acceso de increíble claridad y me propuse por objetivo el no volver a caer y a la fecha tengo casi diez años de cumplir mi palabra. Una vez tranquilo y en franca recuperación, el gusto por la lectura que había dejado al olvido regresó, fui un ávido visitante de la biblioteca de la prisión, aprendí el oficio de electricista, terminé mi GED y me involucré en la alfabetización de los compañeros latinos que no sabían leer ni escribir. Físicamente mi cuerpo embarneció por el ejercicio que hacia, me fui volviendo más duro de carácter, mis facciones se hicieron más seguras y un poco duras pero mis maneras se hicieron pausadas. Cumplí los cinco largos años que me asignaron y salí a la calle.

La pregunta lógica era: “Y ahora ¿qué?” Temía regresar a San Francisco por los muchos malos recuerdos que tenía de la ciudad pero un compañero me mencionó en la prisión que había una ciudad en el Condado de San Mateo, cerca de San Francisco, que se llamaba Redwood City, donde habían muchos paisanos míos viviendo, por lo que decidí, no sé si por nostalgia de oir a mi gente o porque era el destino, ¡a saber!, dirigír mi camino hacía allá, pero ya desde que estaba dentro de la prisión tenía una tos persistente y los doctores no descubrieron que era y llegando a una pequeña plaza comercial, ya en la ciudad, me faltó la respiración y caí inconsiente.

Desperté en la cama de un hospital lleno de tubos. Mi cerebro trabajaba al máximo para explicarme por qué estaba yo ahí hasta que poco a poco fui recordando los últimos acontecimientos. Ya había comprendido lo que pasó cuando entro un doctor. Dijo: “¡Hola! ¿Cómo te sientes?” Raro, contesté. “¿Sabes por qué perdiste el conocimiento?” No tengo ni la remota idea, dije. “Te hemos detectado una fuerte neumonía, te estamos dando ya medicamentos pero queremos saber algo mas de tí por lo que vendrá un trabajador social a recabar información, ¿esta bien?”, preguntó. No hay problema, contesté. Como ya era tarde, una enfermera trajo comida y estaba comiendo cuando una trabajadora social se presentó y dijo: “¡Hola! Mi nombre es Aurora y soy la trabajadora social. Deseo saber alguna información acerca de ti. ¿Te parece bien?” Si, dije.

Bueno, a continuación vino toda una serie de preguntas que más bien parecia un interrogatorio policiaco sin las luces en tu cara, o al menos a mi me lo pareció. Cuando llegó a la pregunta sobre sexualidad, pegué un brinco y me puse a la defensiva. No estaba preparado todavía para discutir esa clase de temas con una extraña. Ella me tranquilizo y me hizo saber el por qué era importante. Con vergüenza y sin mirarle directamente a la cara, fui lo más honesto que pude con ella. Al terminar de recabar todos los datos que necesitaba me informó que harían la prueba de VIH, solamente para descartar posibilidades, informó. Bien.

Cual no sería mi sorpresa cuando tres o cuatro días después llegó el medico, que por cierto estaba de rechupete, me dio toda una cátedra de lo que era el VIH y todo lo que le rodeaba, y que desafortunadamente las pruebas arrojaron un exámen positivo, es decir, lo tenía. Me hubiera ido de espaldas de no estar acostado. Por supuesto que ya había escuchado del mentado virus pero nunca me imagine que me pudiera dar a mí, no daba crédito de que esto me estuviera pasando a mí. Las lagrimas brotaron espontáneas y el doctor, con esas manos tan grandes que tenía (o tiene, no lo sé) me comenzó a consolar. Ya una vez tranquilo le pregunté ¿cuánto más tengo de vida?. Se sonrió y me dijo que eso no me preocupara que hoy en día no era una sentencia de muerte el saber que lo tenía y que podría durar muchos, muchos años más si me cuidaba y tomaba medicamentos, porque eso si, tendría que empezarlos a tomar lo más pronto posible porque la carga viral era mucha y mis defensas estaban muy bajas.

Me dejo abatido y pensando en que no tenía familia ni conocido alguno en este país, ni perro que me ladre. Si salia por mi pie del hospital qué haría, es mas, cómo voy a pagar los gastos generados en el hospital, las medicinas, las consultas futuras, en fin, cómo sobrevivir. Con ese pensamiento me dormí y al día siguiente, a temprana hora, tenía al pie de mi cama a Aurora. Me dio el pésame por la noticia pero me dijo que había muchas ayudas en el Condado para alguien con mi condición y me las fue enumerando una a una, explicando el por qué no había de preocuparse, que lo importante era yo, que me cuidara tanto física como mentalmente y cosas por el estilo. Diez días después de mi ingreso, salí del hospital con muchas herramientas para empezar una nueva vida, con la notica que había recibido había vuelto a nacer pero me sentía muy esperanzado por las cosas que el doctor y Aurora me habían dicho.

Un taxi me llevó a una agencia que me ayudó a conseguir casa y a pagar el depósito y la renta. Ya totalmente reestablecido fui a buscar empleo el que afortunadamente encontré gracias a una persona que me encontré en el centro de la comunidad. Empecé a trabajar en la limpieza de oficinas porque sin papeles y con mis antecedentes, nadie me iba a dar trabajo como electricista. Acudía regularmente a las citas con el médico que me asignaron, el cual, lamentablemente no era el mismo que vi cuando estaba hospitalizado y en una ocasión, en la sala de espera, comencé a platicar con otro paciente que me vió leyendo un libro y preguntó que si me gustaba la lectura y le dije que si, efectivamente. Después de un rato de platica me preguntó que si no me interesaba continuar en la escuela. Le contesté que si. Me dijo que habia un colegio comunitario llamado Cañada College y que ahí podría retomar mi educación. Me dió la ubicación y casi le doy un beso por la valiosa información que me había proporcionado pero ese día era de mi suerte. Mi trabajadora social me informó de algunos abogados que podrían ayudarme a legalizar mi estancia en el país y por supuesto que estaba interesado pues el hecho de no contar con los papeles de legalización, me iba a ser imposible alcanzar mis metas.

Fui a la escuela primero para ver que opciones tenía para seguir estudiando. Me enviaron con un consejero y platiqué con él. Me indicó que pues tenía terminado mi GED y la escuela contaba con un programa para ayudar a las personas de escasos recursos, podría empezar para el siguiente semestre, el de otoño. Señaló qué pasos tenía que dar para iniciar y que era importante, mientras terminaba los cursos de inglés como segunda lengua, fuera pensando sobre los objetivos que queria lograr, si es que quería ir a la universidad después, entre ellos. Cuando terminé en la escuela y recabé las fechas de inicio y el exámen de colocación, me fui a San Francisco para asistir a una cita que tenía con los abogados y que había hecho el día anterior. Las oficinas quedaban en un barrio que había sido mi lugar de trabajo en el pasado y recordé las buenas cosas que tuve en ese lugar, procurando no recordar el pasado difícil. La reunión fue un éxito pues me ofrecieron muchas esperanzas para lograr mi legalización pero había un pequeño problema tenia que salir y volver a entrar al país pues para aplicar tenía que ser un año después de la última entrada al país.

Estuve piense y piense y aunque no me agrado mucho la idea, tenía que mentir sobre ese dato, solamente. Hice todo lo que me pidieron y ellos recabaron la información necesaria por lo que en menos de tres meses, los papeles estaban en proceso. La abogada me dio la noticia el día que fui a realizar los exámenes de colocación que iniciaron mi retorno a la escuela.

Han pasado ya cuatro años de esa primera vez y estoy adentro del sistema aunque todavía no se decide mi caso, asimismo me faltan solamente algunas materias para terminar los créditos necesarios para ir a la universidad pues no he podido dedicarme solamente a la escuela en virtud de que tengo que pagar mi renta y algunas otras cosas. Me siento muy orgulloso de mi mismo y me digo que si mi madre pudiera verme, estaría también muy orgullosa de su hijo que en algún tiempo fue despreciado, vilipendiado, humillado y golpeado por los demás. Pero debo dejar constancia que vino a ser una ayuda incomparable un grupo de apoyo para personas en mi condición que existe en el Hospital en donde me atiendo, pues he logrado superar muchos miedos y rencores que guardaba en mi alma, me siento cada vez más seguro de mi mismo y estoy consciente de que el tiempo que viva seguire luchando contra ese alien que traigo en mi interior y me refiero tanto al físico como al mental.

¿El sexo? Por supuesto que mis actividades sexuales han variado aunque no han disminuido en intensidad y frecuencia. Cuando tengo necesidad de sentir el contacto humano, piel con piel me refiero, voy a los video clubs, a los lugares de ligue, al parque Golden Gate y a otros lugares donde puedo encontrarme con otros hombres y mis prácticas se han hecho seguras para mi y para otros. Ahorita me acuerdo de un hecho que en esos momentos fueron angustiosos pero que después le tome la gracia y me llena de alegría.

Recuerdo que fui solo a la playa nudista de San Gregorio. Estaba en un lugar cercado y procedí a quitarme toda la ropa para tomar el sol, me puse el bronceador y me acomode para leer el libro que estaba leyendo. Habrán pasado unas dos horas cuando un tipo de unos cuarenta años se acercó a mi lugar y se asomó por arriba de la barda que me rodeaba. Preguntó que si era un intelectual porque estaba leyendo en un lugar donde comúnmente se va a cojer. Me dió risa y le dije que no, que ambas actividades me gustaban mucho pero cada una en su momento. Pidió permiso para meterse y le hice espacio en mi toalla para que se sentara no sin antes tomar nota del buen miembro que se cargaba. Platicamos un rato y le ofrecí de la fruta que llevaba, tomó una fresa y muy sensualmente se la llevó a la boca, le dio un mordisco y succiono con sus bellos labios el jugo que soltó.

La imagen de ver como se la introducía a la boca y el chupar el jugo me exito y mi verga se paró de inmediato, de lo que se percató inmediatamente. Se terminó la fresa y tomándome de la cabeza, me plantó un beso de forma lenta y profunda que con el sabor de la fresa me parecio riquísimo. Me empujó suavemente para que me recostara y me comenzó a mamar la verga y me acomodé para hacer un 69 pues ya su verga estaba totalmente parada. Fue un momento delicioso pues el sol caía directamente sobre nosotros y nuestros cuerpos morenos, sudorosos y totalmente excitados, se frotaban con suma facilidad. Antes de que continuara le dije que tenía que decirle algo. Se puso serio y me miró a los ojos como queriendo adivinar a lo que me refería. Era la primera vez que iba a decirle a una pareja sexual que era seropositivo y al principio no me quedó muy claro el por qué lo estaba haciendo, el hecho me causo miedo pues temía que fuera a rechazarme, como mínimo. Tragué saliva y lo dije. Por un momento pareció enojarse pero soltó la carcajada y me dijo “¡creí que me ibas a decir algo mas horroroso!” y me dió un fuerte abrazo y a continuación exclamó que mientras nos cuidaramos, por él no habría problema alguno. Sellamos el compromiso con un gran beso y reanudamos el faje que habiamos suspendido. Ya a punto, saqué un condón de mi bolsa junto con el lubricante, lo abrí y me lo puse en la boca pues me había hecho todo en experto en ponerlo con ella. Puse lubricante en su verga y así él recostado y recordando mis viejos primeros tiempos, me fui sentando en esa gorda y larga verga. Una vez que terminó su miembro de entrar en mí, él se incorporó, me abrazó y me dió un beso y dijo “¡estás bien rico, morenito!” Y así, mientras yo subia y bajaba, nos besábamos y nos dabamos caricias, yo tome su verga para sentir como entraba y salia de mi culo. Terminanos juntos y nos tiramos en la toalla, yo sobre él teniéndolo a mi merced lo cubrí de besos y él correspondió completamente. Me preguntó si podría traer sus pertenencias a mi lugar y le dije que si. Vino y se acomodó, como venía mejor equipado que yo, sacó unas cervezas de su heladera y brindamos por el hecho de encontrarnos en este amplio mundo. Nos contamos nuestras respectivas historias y desde entonces nos vemos lo más frecuentemente que podemos pues tenemos muchas actividades en la semana pero nos desquitamos los fines de semana en que nos vemos, vemos peliculas en el cine o en la casa, cualquiera de los dos hace una comida, leemos juntos, cojemos y tratamos de ser el uno para el otro.

Concluyo el ensayo diciendo que me siento satisfecho de mi mismo porque he sobrevivido muchas cosas negativas que la vida me ha presentado, pero como dicen que dijo quien lo dijo “Nada le pasa a nadie que no sea capaz de lidiar con ello” y eso creo que me ha convertido en un luchador en este campo de batalla que es la vida pues en estos momentos estoy cumpliendo muchos de mis sueños, pero el más importante es la sensación de libertad que he alcanzado.

EL TERCO