sexta-feira, 31 de julho de 2009

Cuento No. 1

COINCIDENCIAS DE LA VIDA o

LA ESPERANZA SE ME CONVIRTIO EN SUEÑO

"Soy vecino de este mundo por un rato

y hoy coincide que también tú estás aquí.

Coincidencias tan extrañas de la vida.

Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio

y coincidir."

Amanece y estoy solo en la cama después de haber vivido una turbulenta noche de goce y placer elevado a la n potencia. Pero a la vez que me encuentro relajado de mente y cuerpo, en mi cabeza una idea flota.

Tratando de entender un poquito lo que pasó, intento hacer un recuento de lo que ha sido mi vida, como para aclararme la mente. Nací hace 19 años y crecí solamente bajo la protección y amparo de mi señora madre (ahora ya descansando en santa paz, como le corresponde) pues no tuve ningun contacto con el que fue mi padre. Viendo las cosas en perspectiva, puedo decir que he tenido una vida satisfactoriamente feliz, con sus vaivenes, en ocasiones difíciles de enfrentar, pero con un final exitoso.

Me desarrollé como cualquier niño de una colonia popular: ir a la escuela, jugar futbol con mis amigos, hacer una que otra travesura, regaños e incluso en ocasiones golpes de mi madre pero todo de lo más normal. Concluí la escuela primaria por obra y gracia de Jesucristo. La escuela secundaria estuvo mejor pero, definitivamente, mi bachillerato fue lo que me trajo mejores logros académicos.

Fue después de concluir este período que empezaron las verdaderas dificultades. Mi madre empezó a mostrar señales de deterioro y se inició un largo peregrinar entre la casa y el hospital. En conclusión, se le había detectado un cáncer terminal en el hígado y entre que se ponía mal y en ocasiones estaba bien, transcurrieron 8 meses hasta que finalmente, una noche de domingo, después de largas horas de sufrimiento sin que la morfina le aliviara mínimamente, sucumbió después de haberme dado su santa bendición.

Por supuesto que durante su enfermedad tuve que empezar a trabajar, ya que había terminado la escuela. Afortunadamente no tuve que buscar mucho pues un amigo de mi madre me ofreció un empleo como dependiente en una tienda de accesorios electrodomésticos. Ganaba lo suficiente para mantener a mi madre y la casa. Los gastos aumentaron con la enfermedad y la familia de mi madre tuvo que echarme una mano para solventar algunos. Fue en ese proceso que entré en contacto directo con una de las hermanas de mi madre quien comenzó a preguntarme que si no extrañaba a mi padre. “¿Yo? –le dije- ¡para nada!” Después de mi comentario y sin que eso le obstruyera su propósito, inició un discurso donde me comentó que ella sabía quién era y dónde se encontraba; que si yo quería, ella podría averiguar dónde se encontraba y, en fin, reunir todos los datos para que yo tuviera acceso a él. Yo no objeté nada y solamente pensé: “¡Esta vieja chismosa!”.

Pasó un tiempo y una mañana se presentó en la tienda extendiéndome un papel diciendo: “¡Ahí se encuentra toda la información, tú sabrás lo que haces!”. Yo no hice mucho caso pues tenía la tienda con varios clientes por atender y estaba solo. Así que lo guardé en la bolsa del pantalón y continué con mis labores. No fue sino hasta que llegué a casa en la noche y estaba por acostarme, sacando antes todas mis pertenencias del usado pantalón pues al día siguiente usaría otro limpio, cuando me encontré el mentado papel. Leí: Gustavo Villarreal. 5630 Mission St. San Francisco, CA. Al principio no entendí que era, de repente, el recuerdo me vino a la memoria y todo me quedó claro. Lo dejé en la mesa de noche y desnudo me recoste, con la idea bailando en mi mente.

Masticando por varios días el mismo pensamiento, finalmente me decidí a solicitar un préstamo a mi patrón, además de pedirle ayuda para conseguir la visa, la que con dificultad conseguí. Así es que vine a los EUA por un período de 15 días. Todo estaba de lo más exitante hasta que pise suelo Americano, cuando salía del aeropuerto empecé a inquietarme, no tengo ni la remota idea qué paso por mi cabeza, pero mi inquietud se inició. Esta se fue incrementando conforme me registré en un hotel cerca del área donde él vivía. Mi nerviosismo iba creciendo y después de dejar mis maletas salí a caminar un rato para relajarme, pero solamente un rato pues sabía que las calles de San Francisco eran peligrosas. Esa noche no pude ni dormir pues estaba sumamente inquieto, piense y piense cuáles serían mis palabras, mis reacciones, mis emociones cuando estuviera frente al desconocido que es mi padre.

Al siguiente día me levanté temprano y fui a desayunar. Mi nerviosismo estaba al máximo y caminando por la calle Mission, me metí a una tienda de discos para distraerme. Estaba distraído cuando de repente, sentí que alguien me estaba mirando y tras dos filas de discos estaba un hombre de tez muy morena, pelo chinísimo y bigote espeso. Estaba bien guapo y se me quedó viendo hasta que le sonreí y me contestó la sonrisa. Ni tardo ni perezoso se acercó y extendiéndome la mano me dijo “¡Hola!”. Yo, nerviosamente, le conteste: “¡Qué tal!”. Ahí continuamos platicando sobre diversos tópicos hasta que después de una hora parados, me invitó a su departamento para tomar un refresco. Caminamos hasta su edificio y nos metimos a uno con departamentos medio feos pero cuando ingresamos al de él, “¡Guau!”, me dije, pues el depa estaba muy bien conservado y decorado muy a la mexicana. Me preguntó: “¿Quieres algo de tomar?” Le contesté: “¡Si tienes cerveza, prefiero una!” Y de ¡ahí pa’l real!, como dicen mis paisanos. Nos pusimos muy contentos pues el ambiente estaba cálido y la música invitaba a disfrutarla. Todo iba bien, es decir, todo estaba calmado hasta que en un cambio de música me invito a bailar. Eso me sacó de onda (otra vez dicho de mis paisanos) pero con mis copetines encima, no lo dude ni un tantito. Bailábamos y sentí su cuerpo rozando el mío, eso me puso nervioso pues no quería creer que era a propósito pero después de varias veces que lo hizo, procedí a pegármele también.

La intensidad fue creciendo, así como el tamaño de nuestros miembros, hasta que su boca se juntó a la mía y su lengua jugó un rato dentro de mi boca. Paramos de bailar y nos prodigamos superficialmente caricias con ahínco y nos fuimos despojando una por una la ropa que traíamos. Me fue conduciendo hasta la recamara donde en la cama caímos como dos gotas de agua, fundiéndose nuestros cuerpos. Hicimos el amor buena parte de la noche hasta que nos quedamos totalmente dormidos. Me desperté primero y fui al baño, cuando regresé me dí cuenta que su cartera estaba en el piso en medio del cuarto. La recogí y cuando se abrió pude ver su licencia de conducir. Fue cuando en mí, se inició la sensación que al principio relaté. Me volví a meter a la cama y cuando él se levantó, me hice el dormido y se despidió besándome en la cabeza. A continuación, empezaron a girar varias preguntas en mi cabeza, una de ellas, la más importante era y es: “¿Será o no?”

Después de bañarme me dispuse a salir, aún bulléndome la cabeza de preguntas, no sin antes dejarle un papel donde escribí el lugar donde me hospedaba. Una vez ya en mi habitación y un poco más sereno, después de mascarlo y remascarlo, concluí: “Sea o no sea, en la recámara seremos amantes y ante la sociedad padre e hijo”.

(Continuará)

DE COMO UNO SE PUEDE CONVERTIR EN MOUNSTRUO

Después de haber llegado a la conclusión de que entre nosotros seríamos amantes y ante la sociedad una ejemplar familia, compuesta de padre e hijo y tras de cavilar por un buen rato la conveniencia de decirle la verdad a él o mantener el secreto, tomé la resolución de no decírsela inmediatamente (¡si es que me venía a buscar luego!) pues ni yo mismo estaba totalmente seguro y además de que quería prolongar el placer que nos habíamos proporcionado el día anterior.

Antes de cualquier cosa, fuí a la recepción del hotel a solicitar, a ver si tenían, un diccionario en español para ver si en realidad era esto un incesto o no. La recepcionista, muy amable, me dijo: “¡Por supuesto que tenemos uno!” y me lo extendió. La definición del diccionario me confundió pues textualmente decía: “Relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio”. Me dije: “¡Carajo, estoy (o estamos) de suerte!. Como dos hombres no se pueden casar, la conclusión es que no estamos cometiendo ningún pecadillo.” Eso me tranquilizó por el momento pues finalmente, en el concepto de la Real Academia de la Lengua Española, no estábamos cometiendo ninguna “anormalidad”.

Con mi conciencia tranquila me fui a desayunar y caminando después, encontré una librería en la Mission la cual tenía libros en español y, por si las moscas que no viera nuevamente a mi nuevo ligue, me compré un libro que siempre había querido leer de un escritor argentino llamado Julio Cortázar, “Rayuela”. Con mi nueva adquisición bajo el brazo caminé toda la calle de ida y vuelta hasta que se llegó la hora de comer y fui a un restaurante que tenía comida mexicana. Posteriormente me dirigí a mi hotel y me encontré con un recado dejado por él. “¡Llámame!” y decía su nombre con número telefónico. Me fui a mi habitación, me duché e inmediatamente le hablé.

- Hola, habla Porfirio, el chavo que conociste ayer en la discoteca.

- ¡Qué tal! ¿Cómo estás? Pasé a buscarte después de mi trabajo y no te encontré. Por eso deje el recado. ¿Te gustaría que nos volvieramos a ver hoy?

- ¡No tengo ningún inconveniente!

Quedamos que me pasaría a recojer para dar la vuelta. Una hora más tarde pasó y me invitó a tomar un café. Me preguntó: “¿Conoces la famosa Calle Castro? Es decir, ¿la zona gay de San Francisco?”. ¡Claro que no!, contesté, es mi primer visita a esta ciudad y desconozco todo de ella. Nos dirijimos a ese lugar y nos metimos a un restaurante que parecía italiano. Ordenamos cada quien y comenzamos a platicar. Supe que era de México también, chilango para ser exacto, y que tenía viviendo en este país 19 años. Se vino con sus padres un poco a la fuerza pues él era muy amiguero en México y no quería perder a sus amigos. Como quiera se tuvo que venir y desde entonces vive aquí. Actualmente trabaja en una compañía de computadoras cerca de San José y se encuentra de lo más a gusto con su vida. Llegó mi turno y le dije que eramos paisanos y que como había perdido al único ser que tenía (mi madre) me decidí a realizar este viaje y que disponía de 15 días para pasear y permanecer en el país pues migración “¡Está de la chingada!”, le dije.

El amablemente se ofreció a ser mi guía en cuanto tuviera tiempo y me extendió la invitación para una reunión el sábado siguiente “Con un grupo de amigos”, dijo. Le contesté que me encantaría tener un guía tan guapo y a mi disposición todo el tiempo. Así que después de recorrer la Castro, fuimos a la calle Lombart, famosa por ser serpenteada y aparecer en muchas películas y series. Se nos hizo tarde y tuvimos que regresar. Me invitó a permanecer en su casa el resto de mis vacaciones “Para que ahorres esa lana”, dijo. Por supuesto que acepté la oferta y pasamos al hotel a recojer mis pertenencias y nos fuimos a su casa.

Preparó una deliciosa cena que me sorprendió pues tenía el sazón muy mexicano pero ¡comida que nunca antes había probado!. La sorpresa fue que todavía conservara costumbres mexicanas, después de tanto tiempo de vivir lejos de allá. Le pregunté al respecto y dijo: “Lo que pasa es que mi madre nos enseñó, a mis hermanos y hermanas, a cocinar con estilo mexicano, entre muchas otras cosas, y aprendí muy bien pues tenía muy buena maestra”. De repente, se paró a la cocina que quedaba a mis espaldas, y sin darme cuenta, de repente sentí sus manos sobre mis hombros. Preguntó: “¿No quieres que te dé un masaje? Te siento mucha tensión en los hombros”. “Esta bien”, conteste. Me quité la camisa y me pidió que me quitara todo, excepto mis calzones “Pues el masaje es más efectivo si te lo hago de cuerpo entero”, dijo. Hice lo que me sugirió, puso música de Enya para irme relajando y encendió unas velas que colocó por pares arriba de mi cabeza y abajo de mis pies. Suave, pero firmemente, comenzó por la parte trasera de mi cuerpo el masaje y me pidió que me volviera de espaldas. Lo hice e inició un delicioso toqueteo, que no masaje, lo que hizo que me excitara y no pude hacer nada para evitar que se notara. Me vio y entre los toques con una mano, se fue despojando de la ropa con la otra, hasta que quedó completamente desnudo. Fue despojándome lentamente de mi truza y comenzó, literalmente, a sobarme el miembro y los testículos, con una delicadeza impresionante. Lentamente me fue volteando y después de untarse las manos con el aceite aromático que estaba usando, inició un masaje en mis nalgas, ¡riquísimo! Terminó con las manos y comenzó a usar la lengua por donde no había tocado con aceite. Yo estaba que gritaba del placer pero se detuvo y me regresó a mis espaldas, iniciando un juego delicioso con su boca en mi miembro. Y ¡hasta ahí paro de contar! Pero no sin antes establecer que sin lugar a dudas, nos la pasamos super esa noche.

Al día siguiente se fue a trabajar y me quedé en casa haciendo cosas y leyendo un poco. Cuando regresó traía comida china que comimos. Después me llevó a conocer el Golden Gate y lo caminamos a lo largo, una vez finalizado ese paseo, dimos una vuelta por el Bay Bridge y regresamos a casa, por supuesto, teniendo otra noche con excelente sexo del que ya me estaba habituando.

El sábado lo pasamos todo el tiempo juntos y pude ir indagando algo sobre su pasado (lo que me interesaba mucho para saber si teníamos o no algo en común, sanguíneo, quiero decir). Le pregunté dónde había vivido y pasado su niñez y parte de su juventud. Fue diciéndome cosas, fechas y lugares que coincidian con el pasado de mi madre. Sorpresivamente le pregunté: “¿Y cuándo te declaraste homosexual?” Me respondió que fue hasta que cumplió 20 años cuando tuvo relaciones con un amigo y que ese fue el descubrimiento de ser gay, aunque siempre lo supo de alguna u otra manera pero hasta entonces se convenció. A continuación le pregunté: “¿Alguna vez tuviste relaciones con mujeres?”. La respuesta me dejó frío, “Solamente fue una vez y eso cuando tenía 16 años y estaba explorando lo que quería. Fue con una noviecita que tuve en México pero uno o dos meses después me vine con mis padres y nunca la volví a ver. Se llamaba Esperanza”. ¡Zas! Me dije, si es mi padre.

Como me quedé pensativo, preguntó qué pasaba y le dije que así se llamaba mi madre y su recuerdo me hizo distanciarme. No le dió mucha importancia y continuó haciendo la comida. Más tarde nos arreglamos para ir a la reunión. Llegamos un poco tarde, así es que ya estaban todos en ella. Fue una reunión sin mucha gente, eramos 8 personas de diferentes nacionalidades pero todos latinos. Hicimos las presentaciones correspondientes y nos empezamos a integrar. En ese ir y venir me quedé platicando con un cuate que era argentino y, además, sicólogo. Entre plática y plática, inteligentemente lo fuí llevando a donde me interesaba, ¿el incesto puede ser entre dos hombres? y me explicó que, para la sicología, no importaba si los padres eran consanguíneos o no, incluso si eran del mismo sexo o de diferente y me dio toda una cátedra sobre el asunto. Ya era como la una de la mañana cuando nos retiramos y después del consabido ritual sexual, nos echamos a dormir.

Fueron pasando los días y entre las idas y venidas de los paseos, mi cabeza era un hervidero de ideas sobre el asunto. Unos dos días antes de que se acercara mi partida, estábamos caminando en el Parque Golden Gate y nos quedamos callados por unos segundos. Inmediatamente después, le pedí que nos sentaramos en el pasto y mirándolo directamente a los ojos le pregunté: ¿Quieres saber la verdadera razón por la que vine a este país?. Riéndose, me contestó: ¡¿A hacerte rico?!. Y se carcarjeó. No, en serio, le dije. “A ver, ¿por qué?”, me preguntó. Para buscar a mi padre que nos abandono a mí y a mi madre antes de que yo naciera. “Y ¿entonces? ¿por qué no me has pedido que te ayude a localizarlo?”. Silencio. Porque ya lo encontré, contesté. “¿Dónde?”, preguntó. Mi padre eres tú, le dije, y mi voz era muy emotiva, cargada de una mezcla de sentimientos que me envolvía en esos momentos. ¡¿¡¿Qué, qué?!?!, me dijo. Si, le dije, casi desde nuestro primer encuentro lo sospeche al ver tu licencia pero no te quise decir nada antes pues no estaba totalmente seguro. Ahora ya tengo toda la información y estoy completamente seguro de ello. Le comencé a narrar como fueron coincidiendo los datos que él me proporcionaba, con los que ya traía.

Se quedó pasmado ante los hechos contundentes. Minutos después expresó: “¡esto es incesto y por lo tanto pecado!”. Le comencé a explicar que esa era una noción religiosa pero que era contradictoria pues la iglesia condenaba el incesto entre padre e hija, madre e hijo y otros familiares cercanos pero no decía nada de padre e hijo. Dubitativo me contestó: “¡aunque no lo exprese, de cualquier forma lo es!”. ¡No!, le dije, ¡ellos condenan esa relación con personas que se pueden casar, pero tú y yo sabemos que dos hombres no lo pueden hacer!. Es más, si pusieras como excusa el hecho de que llevamos la misma sangre, eso no importa en este caso pues no podremos tener hijos nunca. Recuerda, le expliqué, que este último ha sido el argumento de peso de muchos teóricos y científicos. Pero lo que hay entre nosotros es amor, es una relación consentida entre dos personas adultas. Generalmente se asocia el incesto con abuso de poder, con estupro, con violación, con violencia, la mayoría de las veces llevado a cabo por hombres, pero este no es el caso. Tú ni sabías que yo existía y yo tampoco te conocía. Piensa que el incesto, como pecado, en este caso no aplica pues ni me has abusado, nunca vivimos juntos ni conociamos la existencia del otro hasta ahora y que nunca podremos tener hijos, ¡aunque nos esforcemos en ello! ¡Vamos!, convéncete de que ésta es una unión amorosa sin ningún dolo, sin ningún daño para nadie. Dos personas que se aman y que quieren pasar el resto de la vida juntos. Sólo eso.

Con un gesto de rechazo, casi de repugnancia, dijo: ‘Pero, ¡cómo te atreves! Yo fuí educado bajo el sagrado manto de la iglesia y para mí constituye un pecado que ofendería la memoria de mi madrecita muerta. ¡No!. Tendremos que detener esto. Más que un gusto de haberte conocido, ahora me arrepiento de ello y hubiera deseado no haberte visto nunca, de no haber tocado tu pecaminosa piel, ni mucho menos tus labios. ¡No!. Olvida que tienes un padre y haz de cuenta que nunca me has conocido. Regresa a México y quédate por allá. Yo trataré de limpiar esta vil acción que cometimos”.

Traté de razonar con él de muchas maneras pero fue imposible. Lo único que logré fue que se aferrara más a su idea y que me dejara estar en su departamento dos días más.

Hoy es mi último día aquí, en este país y me voy un poco amargado por la testarudez humana y frustrado porque había creído haber encontrado al amor de mi vida y en qué quedo todo, en decepción y enojo. Estoy tomándome un café antes de la salida de mi avión y de un restaurante latino se escucha la radio sonar diciendo:

“Hace como el humo de los cigarillos

que un recuerdo pleno me viene a clavar.

Hace como llama que se vuelve olvido

por el crucigrama de mi soledad.

Hace muchas camas que te necesito

y mucho el aroma que no se extinguió…”

El Terco

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